Para que un remedio tan activo como el agua agria de Puertollano lograse el efecto deseado en la salud del enfermo, el doctor Felipe Vinzani del Águila diseñó un riguroso manual de instrucciones que no admitía improvisaciones. El tratamiento debía comenzar obligatoriamente con el cuerpo bien purgado y habiendo minorado la plétora en caso de que existiese.
La ciencia de la medida: un riguroso ascenso de onzas
Cumplido este requisito, el paciente iniciaba un camino de dosificación de precisión casi matemática. Durante el primer día, la toma debía ser muy moderada, de tan solo diez o quince onzas consumidas por la mañana en ayunas, ya fuese en una o dos veces. Tras ingerirla, se recomendaba pasear un poco y retirarse a casa. Al segundo día, la dosis se duplicaba hasta alcanzar las veinte o treinta onzas, repitiendo el mismo ejercicio físico. Durante los días siguientes, el volumen continuaba en un aumento paulatino, sumando cada jornada la cantidad inicial de diez o quince onzas para dar tiempo al estómago a adaptarse.
Este ascenso constante culminaba al alcanzar la fase de mantenimiento o cúspide, donde el enfermo debía ingerir un máximo de entre cien y ciento cincuenta onzas diarias, prolongando esta cantidad durante quince o veinte días según la rebeldía del achaque. Vinzani advertía con severidad que bajo ningún concepto debía beberse esta enorme cantidad de un solo golpe, pues causaría un daño notable en el ventrículo; por ello, la toma se distribuía de forma proporcional en varios vasos de vidrio con una distancia de tiempo prudencial entre ellos. Finalmente, tras experimentar la mejoría, se iniciaba la fase de retirada, menguando la dosis día a día durante otros ocho o quince días siguiendo la misma proporción con la que se había aumentado.
Señales de alarma y remedios de urgencia en el lecho
Sin embargo, el tratamiento con estas aguas no estaba exento de alarmantes crisis en el tránsito digestivo que el médico debía saber interpretar y atajar a tiempo. La señal inequívoca de que el agua operaba con éxito era que la orina fuese evacuada tan clara y cristalina como en el momento de beberla. No obstante, debido a obstrucciones antiguas e inveteradas, era muy común que el agua se estancase en el estómago durante los primeros tres o cuatro días. Ante este alarmante síntoma, el enfermo debía mantener la calma y no desayunar ningún alimento sólido hasta que las vías se despejasen.
Otro de los grandes contratiempos descritos por Vinzani ocurría en aquellos pacientes de poros abiertos y constitución propensa a sudar con facilidad. En estos cuerpos, la naturaleza tendía a desviar la fuerza del remedio hacia la piel, evaporando los espíritus del agua a través del sudor en lugar de limpiar los riñones, lo que entorpecía gravemente la cura. Para reconducir el proceso, se suspendía todo ejercicio físico, obligando al enfermo a tomar el agua directamente en la cama mientras se le aplicaban servilletas calientes o fomentos sobre el estómago y el vientre cada media hora, logrando así que el agua volviese a pasar a la vía urinaria. Asimismo, si las obstrucciones fuesen tan persistentes que cortasen la operación del agua por completo, se prescribía la aplicación de una ayuda o enema. Si esto no bastaba, al día siguiente se suspendía la toma mineral para administrar un purgante laxante y ligero —como cuatro onzas de Jarabe Áureo, Leche de Mechoacán o Agua Angélica—, permitiendo al enfermo descansar un día antes de reanudar el tratamiento.
El riguroso orden de la mesa barroca: sin fruta y sin siesta
El éxito definitivo de esta terapia dependía de una disciplina dietética y conductual extraordinariamente estricta. Mientras durase la cura, el desayuno exclusivo debía ser el agua agria, prohibiéndose la ingesta de cualquier alimento hasta que el cuerpo la hubiese devuelto por completo y la orina recuperase su color de orina natural. A mediodía, el almuerzo debía ser sumamente escaso, limitado a una escudilla de caldo migado, un principio ligero y un poco de carne asada. El paciente podía acompañar la comida con vino mezclado con agua, pero nunca puro, a menos que sintiese el estómago excesivamente relajado; en ese caso excepcional, se le autorizaba a iniciar la comida consumiendo cuatro bizcochos empapados en vino puro.
La cena debía ser aún más ligera y, si el enfermo se había excedido en el almuerzo, tenía la obligación de ayunar por completo a la noche. Vinzani impuso una prohibición absoluta sobre el consumo de frutas, verduras o cualquier otro género de comida cruda, pues su digestión arruinaría la acción de las aguas. Por último, se condenaba de manera categórica la costumbre de dormir la siesta, ya que el sueño ralentizaba el metabolismo y detenía la función desobstruyente del manantial. Para evitar que el enfermo cayese dormido y retuviese el agua hasta la noche, se le recomendaba encarecidamente combatir el letargo participando en paseos y honestas recreaciones.
Así concluye este célebre e histórico tratado de 1685, un testimonio del rigor científico del barroco que demostró que el beneficio práctico y empírico de la salud humana siempre estará muy por encima de las meras discusiones teóricas de la época.