Cultura

Lecturas para quedarse en casa en inusitados tiempos de crisis sanitaria

Recordando a María Luisa Menchón, 'La Bruja Micomenchona' de Puertollano

Robé del arco iris los colores, hoy de amor presos en mi tálamo con argollas, collar de fantasía por milagros del arte renacido. Acerqué la paleta de los sueños a tubos duros de metal, preñados, que escupieron su entraña dolorida al pie de los pinceles temblorosos.

“Paz en las armas fundidas”, poema de María Luisa Menchón editado en el nº1 de Alforja de Estaribel, otoño 1991

Isabel J. Romero

24/03/2020

(Última actualización: 24/03/2020 21:10)

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«Solía sentarse en esa mesa —me indica el camarero—. Y ahora, ya ve, los niños acuden como moscas... En vez de ir a los columpios vienen aquí mientras los padres toman algo».

Justo en ese momento un grupo de niños entorpeció mi camino, llegaban en bandada. Y para mi asombro, se colocaron alrededor, como si escuchasen a alguien. Sonreían y parecían del todo felices. «Niños, qué hacéis», les pregunté. «Venimos a ver a MICOMENCHONA». «¡¿Michomenchona, decís...!? ¿La bruja Michomenchona?». «Sí, claro». «¿Y dónde está ella?». «¡¿Estás ciega?!». Me restregué los ojos..., o los niños me mentían o yo andaba mal.

He tomado la costumbre de ir al Habana Club. Contemplo la mesa vacía y espero la señal. En los días claros, cuando la mañana dobla la esquina, ella, la bruja Micomenchona llega en su oca (recordé su libro de cuentos LA OCA VOLANDO LIBREMENTE) y posándose en el suelo entra al Habana Club, uno de los lugares, entre otros bares y cafeterías de nuestra ciudad, que tiene reservado en la tierra y que no ha abandonado del todo.

Que María Luisa Menchón Garrido, abogada, pintora, escritora, nacida en el sur de Andalucía, en Sorbas, Almería, e incrustada con amor en La Mancha, también en el sur, en Puertollano, como tocón de olivo y sarmiento, injertados y rebrotados. Poeta, pintora, escritora, y, buena persona. Lleva mochila, gorro de bruja y marionetas. Y en su corazón, a los niños, que la buscan como pajarillos que vienen a picotear alrededor de la mesa de los bares, donde ella hace parada, siempre preguntando.

Los bares, mis alberos de manteles blancos, donde sueño mis mejores metáforas, filosofan conmigo mis amigos, los niños, descaradamente picotean los pájaros a mis pies, y los perros lamen mis pantorrillas...

Mujer menuda y fuerte de espíritu, lápiz, pincel, pluma siempre a mano, y una sonrisa a punto para quienes, mayores o niños, nos topábamos con ella. Fueras donde fueses, ella aparecía. Era un placer escuchar su vida, como un libro de páginas abiertas, sus ilusiones renovadas hasta el último instante de su vida. Las calles, los bares que frecuentaba, los colegios donde contaba cuentos... atesoran su voz de poeta. Los niños que la conocían, los amigos del taller literario... las personas que hemos tenido la suerte de compartir con ella aficiones y sueños..., la llevamos en la memoria y en el corazón. Porque a María Luisa, la bruja Micomenchona, le gustaba relacionarse con personas sencillas, con gente de su Puertollano. Quería y se hacía querer. Se marchó un día no señalado, sin multitud que la acompañase en su último viaje, prefirió irse sin honores, en su oca volando libremente, y en el cielo se uniría a alguna bandada que la acogería de buen grado. Su oca pasará a la historia de los ánades como la única oca que voló alto, hasta alcanzar el cielo, a modo de Juan Salvador Gaviota. Y desde allí baja cuando María Luisa siente necesidad de ver a sus niños, a sus amigos, aquí en la tierra.

Ella tiene que seguir… porque así se lo pedían sus amigos discapacitados, como Paco, un hombretón con más de veinte años que le suplicaba: «¡No te caigas! ¡No te rompas, María Luisa!».

María Luisa no es mujer que se conforme con permanecer en el cielo mano sobre mano entre laúdes y querubines. Ella necesita a sus niños para seguir narrándoles las aventuras de PATASDEALAMBRE, el quijote niño; y entre andanza y andanza, ella, el ángel que ya es, recita versos. «Tengo miedo de no encontrar la barca, ciega la fe, marchita la esperanza, y el corazón perdido en las orillas. A que llueva polvo gris de mis adentros cuando suba a la nube de puntillas, plateando de añil las gaviotas».

Y continúa... «La del alba sería... ¡Despierta, zagal, que te esperan! ¡Muchacho, que amanece! Y ya le han puesto aguaderas a tu MANCHALICO, y el tío Doroteo tiene preparada la carreta en la Puerta del Sol. ¡Vamos, arriba! Mojó el chico dos dedos en la jofaina, se dio en los ojos, chapoteó las mejillas rubicundas, colocose jubón, chambra, pañuelo de yerbas, gorra y pantalón de pana, y a la luz mortecina del candil en un cristal, atusó el cabello, tocó barba y bocio y masculló «Ni un cochino pelo todavía, y ya tengo doce años».

«Tan desigual balance de mis luchas me hizo cauto, prudente, sufrido y hasta estudioso. Porque procuraba aislarme para evitar aquellas, hallé seguro refugio en la lectura y con ella un deleite espiritual que el trato social me negaba».

«Hidalgo noble y desinteresado, luchador en los combates, sin más premio que la burla, sin más recompensa que el desprecio. Pero ¡sigue adelante! Y va enderezando entuertos aunque sean cien contra uno, aunque sean gigantes, aunque sean genios. Y vela noche y día, ama, sueña...».

María Luisa nunca faltaba a la cita. Allí acudía la primera a la presentación de tu libro, se interesaba, se alegraba de tus éxitos..., era una buena amiga, una compañera que te hacía crecer. Siempre tenía una palabra amable a punto, te miraba a los ojos, sabía leer en lo más profundo de tu corazón. El Taller Literario de la Casa de Cultura le debe mucho a nuestra poetisa. Y la revista literaria Alforja de Estaribel era su aliada. No se publicaba un solo número sin que no llevase su sello ilustrando portadas, dejando sus versos impresos para gozo de poetas y soñadores. Cervantina, amante de la tierra que la cobijó.

Cabalgadora de sueños, con ansia busqué molinos, aspas de ilusiones rotas por un triste visionario. (...) Campo terso de La Mancha como el mar ¡sin caracolas!, cardos firmes, vigilantes, ecos de campanas broncas. (...). Vino y pan, campo manchego; tu verdad, vida y camino. (De su poemario “Corazón Varado”).

«Tengo un nudo en la garganta; he de seguir para que los otros no noten mi emoción. Mientras, voy recorriendo estos recuerdos...».

Y bueno, a la hora de recitar, María Luisa se hacía de rogar. Subía sin prisa al escenario, desgranaba palabras como el prestidigitador sus fórmulas mágicas. Y todos esperábamos que, de un momento a otro, sacara pajarillos, no conejos, del envés de su falda o del ancho de su manga. Ella hacía que el tiempo se detuviera, encantaba al público con sus historias, hablaba de sí misma igual que una niña habla de sus zapatos nuevos. Terminaba su oratoria recitando uno de sus poemas, lograba que los versos resonaran en el espacio del salón de actos de la Casa de Cultura de la calle Calzada para ser eco:

«Gitanillo de ojos grandes, almendrados, con verde piel de aceituna. Chiquillo de risa nueva, pies descalzos, acólito de la luna. (...). El eco de un trote corto surge alegre por los encajes de espuma.

(...). Sueña un regazo caliente el zagalillo, abrazado a su montura. Croar de ranas, las olas, y un rebuzno fueron su canción de cuna. Reyes de la noche, duermen bajo estrellas coronando la ternura. (De Corazón Varado).

«¿Sabéis lo que es el sol? ¿Y un árbol? ¿Un perro? ¿Una bellota? ¿Un niño? ¿Un borriquillo?...», preguntaba Micomenchona. «¡SÍ, sí, sí...!», respondían los niños. «Entonces, vamos a dibujar y a ponerle nombres a todo con la varita mágica en la pizarra encantada». Y les contaba el cuento de LOS DOS AMIGOS, un canto a la amistad entre un niño huérfano y un borriquillo abandonado. Con lágrimas en los ojos terminó su relato MICOMENCHONA, repartió entre los niños dibujos de palomas con ramitas de olivo en el pico, como símbolos de paz.

El alma del escritor habla a través de sus obras, y aquí, en este mundo quedan, como avecillas que revolotean a nuestro alrededor, prestas a abrir sus páginas donde late el corazón de quien con la pluma se empeñó en comprender el misterio de la muerte y de la vida, en dejar un soplo de ternura cuando el estío nos duela.

María Luisa Menchón nos dejó sus obras para que la conozcamos de verdad, para que, como ella hizo, nos detengamos en la magia del paisaje, en las escenas sencillas y puras que nos abren los ojos y nos devuelven la inocencia.

«Un disco de fuego se recorta en el horizonte y pone magia en el paisaje. Trigo limpio, cuajado, ondulante en la inmensa llanura. Un suave olor a heno, a tierra, a flores, me embriaga. A lo lejos,

un rumor apagado..., las figuras graves de los campesinos van marcando en el horizonte la ruta del trabajo».

Atesoro entre mis manos el libro AVENTURAS DE D. QUIJOTE DE LA MANCHA, NIÑO, como una joya preciada que María Luisa tuvo a bien de dedicarme en la última etapa de su vida. Me recibió en su casa, charlatana y vivaracha como siempre. Enseguida pasó a mostrarme sus pinturas, auténtica galería de arte, que decoraban el pasillo. Papeles, archivos, libros... habían encontrado en su casa un verdadero hogar. Ella los mimaba como a los hijos que no tuvo, los alimentaba de recuerdos, se detenía a escucharlos. Y entre sus tesoros, terminó su tiempo material en este mundo. No olvidaré aquel último encuentro. Ahora vuelvo a estar con ella a través de sus libros. Y en sus palabras descubro a la mujer, a la poetisa, a la escritora, a la GRAN MICOMENCHONA, que supo conectar con los niños y hacerlos sonreír. Gracias, María Luisa Menchón.

«¡NIÑOS, MAYORES, ACUDID TODOS A ESCUCHAR LOS CUENTOS DE MICOMENCHONA.

TODOS, TODOS..., los que caminan deprisa y los que caminan despacio o de puntillas por nubes de silencios o como las mariposas con élitros quebrados. ¡ACERCAOS!, que yo os pintaré palomas en mi pizarra blanca, y conejos, niños, ositos, hadas, barquitos, la playa..., el borriquillo, el gitanillo... ¡¿SÍ?! ¡VENID!

Juntas, saboreando el dulce amargor del café, fuimos recordando los momentos vividos, sus momentos de gloria. Aún más niña, aún más poeta..., alegres por el sol que iluminaba el espacio del Habana Club.

«Tras los cristales del Habana Club, uní a la algarabía de los pájaros palabras que cantaban garabatos negros pastoriles, a la sombra humeante del café. No podía ser feliz a solas. Necesitaba extender la mano huérfana, abierta en cinco direcciones. El contacto de vida nueva llenó de ternura mi mano vacía». «Las cosas que hacen los niños nunca son niñerías ni puerilidades».

«Las últimas palabras han tocado las fibras sensibles de mi corazón. El trigo limpio me recuerda los ojos de Isabel, puros, luminosos, con aquella ternura que no supe recoger..., que no me merezco», escucho sus palabras al oído.

Desde el Museo Cristina García Rodero, se anunciaba el mediodía. Puntual llegó la oca. ¡¡A CASA!!!

Subida en aquel pájaro, que los niños dibujaron para ella y que ilustra su libro de cuentos, se perdió coronada de azur. Y desde su atalaya, vela sus amigos puertollanenses...

Vaya desde este rincón literario mi más sincero homenaje a María Luisa Menchón, poetisa, escritora, pintora... de Puertollano, que supo volar alto desde la sencillez. Gracias.

Isabel J. Romero (cuentacuentos, coordinadora del taller de poesía LOS NIÑOS DEL CAPARASOL, colaboradora de la revista Alforja de Estaribel, escritora. Sus obras más recientes, MORIRSE AL SOL y el álbum ilustrado DONNY SAURUS).