Con este nuevo artículo quiero subrayar la relevancia que las aguas ácidulo‑medicinales tuvieron para Puertollano a finales del siglo XIX y comienzos del XX, así como todo lo que ello significó para la localidad. Lo hago con el deseo de que el último vestigio que hoy conservamos —nuestra Fuente Agria— pueda perdurar en el tiempo, pese a los avatares sufridos en las últimas décadas.
LA NOTICIA
El viernes 22 de abril de 1921, el diario “El Pueblo Manchego” publicó una crónica sobre el homenaje que la villa de Puertollano —no sería reconocida oficialmente como ciudad hasta 1925, durante el reinado de Alfonso XIII— había rendido el domingo anterior al doctor Limón. La noticia se abría con estas palabras:
“Los pueblos cultos conmemoran a sus hijos ilustres, y al pueblo de Puertollano le ha llegado la ocasión de homenajear a uno de los suyos: al sabio doctor don Alfonso Limón Montero, que nació en esta villa el domingo 22 de octubre de 1628.”
La crónica continuaba relatando que, con tal motivo, llegó a Puertollano en la noche del sábado 16 de abril, procedente de Madrid, un nutrido grupo compuesto por 42 doctores y alumnos de la cátedra de “Hidrología Médica”, en viaje oficial y presidido por el insigne catedrático don “Hipólito Rodríguez‑Pinilla”.
Fueron recibidos en la estación por la Corporación Municipal, encabezada por el alcalde don Juan Samper Gómez; por los médicos de la localidad, la Cruz Roja, la prensa local, la banda municipal, diversas personalidades y una multitud entusiasta. Desde allí, la comitiva se dirigió al Hotel Castilla, recorriendo las calles de Las Cruces, Calzada, Aduana y Caño.
HIPÓLITO RODRÍGUEZ-PINILLA
La trascendencia del acto no se explica únicamente por la presencia de 42 doctores de la Universidad Central de Madrid —entre ellos, dos mujeres, hecho especialmente destacado en la noticia debido a las enormes dificultades que entonces implicaba el acceso femenino a la universidad—, sino también porque el homenaje estaba presidido por una figura de la talla del doctor Rodríguez‑Pinilla Bartolomé, merecedor de una breve reseña.
Hipólito Rodríguez‑Pinilla fue, desde 1913, el primer profesor que ocupó la cátedra de “Hidrología Médica”, creada como asignatura de libre elección en el doctorado de la Universidad Central de Madrid, la única en España donde podía alcanzarse entonces esta titulación. Miembro del Cuerpo de Médicos de Baños, dirigió diversos balnearios desde 1887 hasta su jubilación en 1933, experiencia que dejó reflejada en memorias y monografías.
Desde la cátedra universitaria y desde la Real Academia Nacional de Medicina —a la que ingresó en 1924— difundió el conocimiento científico sobre las aguas mineromedicinales y la climatología, tanto entre los profesionales de la medicina como en la sociedad en general.
Amigo personal de Miguel de Unamuno, desarrolló una ingente producción escrita que trascendió lo estrictamente científico. Homeopatía, Pediatría, Patología e Hidrología Médica fueron algunas de las disciplinas a las que dedicó numerosos trabajos, aunque no las únicas. Buena parte de la prensa médica de la época contó con su firma, lo que permite considerarlo una figura clave para comprender la ciencia española desde la Restauración hasta la República.
EL HOMENAJE
El acto se celebró al aire libre, en el Pabellón Municipal que el Ayuntamiento tenía en el Paseo de San Gregorio, alrededor del cual se congregó una gran muchedumbre. Comenzó con un breve discurso del alcalde, don Juan Samper, quien agradeció la presencia de los doctores y el homenaje rendido a Limón Montero, hijo ilustre de Puertollano. Aprovechó también para hacer una encendida defensa de la carrera médica, subrayando la vocación y los sacrificios que exigía, así como los beneficios que aportaba a la sociedad.
A continuación tomó la palabra el doctor Rodríguez‑Pinilla, quien antes de intervenir presentó a un joven médico, el doctor Sánchez. Este leyó un estudio biográfico sobre Limón Montero y concluyó con un análisis de su obra más conocida “Espejo cristalino de las aguas de España”
EL DISCURSO DEL DOCTOR RODRÍGUEZ-PINILLA
De nuevo en el uso de la palabra, el doctor Rodríguez‑Pinilla inició su intervención comparando las asambleas y comicios del pueblo griego —que escuchaba a sus oradores y políticos— con aquel “mitin” celebrado en Puertollano en honor de un sabio que había dado gloria y renombre a la villa en el siglo XVII y cuya obra seguía siendo consultada por especialistas de la época.
En su reflexión filosófica afirmó:
“El rendir culto a los muertos, algo habitual en los pueblos antiguos, también debería serlo en los nuestros, pues ello favorece la fraternidad entre los hombres y dulcifica nuestro espíritu, afianzando nuestros sentimientos.”
Seguidamente se centró en el origen y la evolución del Campo de Calatrava y de sus aguas minerales. Insistió en que estas no eran, como hasta entonces se creía, ni freáticas, ni superficiales, ni artesianas, ni siquiera simplemente mineralizadas, pues ninguna de ellas contenía la cantidad de gas carbónico que caracterizaba a las de Puertollano. Reconoció la existencia de aguas similares —como las del Villar del Pozo o los hervideros de Fuensanta y del Emperador—, pero recalcó que, en materia de aguas medicinales, las de Puertollano poseían una personalidad propia, descubierta por Limón Montero y confirmada por la ciencia contemporánea.
Concluyó su discurso con una advertencia clara:
“No atentéis, por lo tanto, contra la vida de esta fuente salutífera con calicatas y drenajes, ni descuidéis lo que es su régimen de aforo.”
EL FINAL DEL ACTO
Al término de su intervención, el doctor Rodríguez‑Pinilla hizo entrega al alcalde y al Ayuntamiento de un álbum encuadernado en “piel de Rusia” —cuero curtido y perfumado con aceite de abedul—, que los visitantes dedicaban a Puertollano en memoria de Limón Montero y de aquella jornada. El alcalde, don Juan Samper, agradeció el obsequio con estas palabras:
“Al entregarnos esta joya inestimable, que acepto en nombre del pueblo como tesoro de valor, los hijos de Puertollano sabrán conservar todo lo que representa y vale el recuerdo a la memoria del que se llamó Alfonso Limón Montero.”
La crónica de “El Pueblo Manchego” concluía relatando que los visitantes recorrieron el Balneario, visitaron posteriormente la mina Asdrúbal y cerraron la jornada con una cena en el Hotel Castilla, seguida de un baile en el Círculo de Recreo.
COROLARIO
Una vez más, el recurso a un pasaje histórico pone de manifiesto la importancia y el valor que tuvo aquel célebre manantial de aguas ferruginosas, durante tanto tiempo una de las señas de identidad de Puertollano.
En esta ocasión fue una autoridad médica como el doctor Rodríguez‑Pinilla quien subrayó la necesidad de cuidar el manantial, insistiendo en la prohibición de drenajes y en la obligación de mantener su aforo. Recordó que Puertollano contaba entonces con dos grandes riquezas: el carbón y su industria extractiva, y aquel otro “filón movible” —expresión literal suya— que era el agua. Mientras la primera, como riqueza material, estaba destinada a agotarse —como finalmente ocurrió—, la segunda no debía considerarse una mera riqueza material, sino la propia Naturaleza, más duradera y perenne.
En este último punto, sin embargo, el doctor Rodríguez‑Pinilla se equivocó, pues aún era pronto para prever hasta dónde podía llegar la acción humana sobre el entorno natural. Un ejemplo evidente es el escaso cuidado que los propios puertollaneros hemos tenido con nuestra Fuente Agria y su entorno.
Desconozco si el presente conmemorativo de aquel acto se conserva todavía en dependencias municipales. Su valor no reside únicamente en estar encuadernado en piel de Rusia, sino en lo que representó —y aún puede representar— para el futuro de nuestra querida Fuente Agria, a cuyo deseo de larga vida se dedica este artículo.