Aunque haya gente que aún lo recuerde, hoy quiero darlo a conocer a quienes lo desconozcan y, al mismo tiempo, poner en valor a este insólito e ilustre personaje de nuestra ciudad. Un hombre que, aun siendo un humilde oficinista de la Calvo Sotelo y no tener nada que ver ni con el cine ni con las artes dramáticas, llegó a encarnar con gran éxito en la gran pantalla la vida del mítico torero Manolete.
Esta es su historia:
La inesperada muerte de Manuel Rodríguez "Manolete" en la plaza de toros de Linares, el 28 de agosto de 1947, provocó —entre otras muchas reacciones— que el mundo del cine se apresurara de manera inevitable a sacar partido de la tragedia. Sin embargo, para levantar el ambicioso proyecto de la productora Hércules Films, "Brindis a Manolete", se requería un milagro casi imposible: encontrar a un hombre capaz de suplantar en el celuloide al ídolo caído. Contra todo pronóstico, ese doble perfecto no emergió de las escuelas de interpretación de Madrid ni de los cortijos andaluces, sino de las oficinas administrativas de la Empresa Nacional Calvo Sotelo en Puertollano.
Pedro Ortega Palomo era, hasta mediados de 1948, un oficinista que desempeñaba sus jornadas entre balances y expedientes en la central de la ciudad minera, inmerso en una rutina absolutamente normal y ajena por completo al bullicio de los focos. No obstante, el destino estaba dispuesto a cambiarlo todo. Una conversación fortuita en una peluquería madrileña de la calle Duque de Sesto —propiedad de Vicente Gutiérrez, marido de una prima hermana de Pedro— sirvió de chispa. Allí acudía con regularidad Ricardo Mazó, guionista de la película dirigida por Florián Rey. Ante la desesperada búsqueda del actor ideal, el peluquero sentenció con rotundidad: "No busque usted más. Yo tengo a Manolete en mi familia. El primo de mi mujer es una copia exacta".
Un calco del mito taurino
Aquel viaje relámpago a Madrid transformó para siempre la vida de Pedro Ortega. Cuando llegó a los estudios, la sorpresa de los productores fue mayúscula. La productora había convocado un multitudinario certamen nacional al que concurrieron veintidós aspirantes; la criba final redujo los candidatos a cinco entre los que, tras una rigurosa prueba de vestuario en la célebre sastrería Casa Cornejo y una lectura de guión ante un exigente jurado de periodistas, cineastas y toreros, el administrativo de Puertollano se alzó con el papel protagonista.
Y no era de extrañar: "No era solo una coincidencia de rasgos faciales; se trataba de una simetría física casi matemática. Manolete medía 1,81 metros de estatura y pesaba 57 kilos y medio; yo medía 1,80 y pesaba 56. Incluso la edad nos unía: él nació el 4 de julio de 1917 y yo el 25 de noviembre del mismo año. Éramos prácticamente la misma persona frente al espejo", recordaría emocionado el propio Pedro décadas después en su hogar.
Para sumergirse en la vorágine de la capital, Pedro Ortega tuvo que negociar primero un permiso extraordinario y prolongado en las oficinas de la Empresa Nacional Calvo Sotelo. Obtenida la licencia, el rodaje comenzó el 1 de julio de 1948 y duró 79 extenuantes jornadas. Dotado de dos trajes camperos, botas finas y camisas rizadas confeccionadas a medida, Ortega asumió el enorme peso de encarnar la cotidianidad del diestro. Para dotar al personaje de una veracidad incontestable, íntimos amigos del califa se desplazaron desde Córdoba para instruir al modesto administrativo en sus ademanes más personales: su particular cadencia al andar, su forma de sostener el cigarrillo, sus silencios y su soberbia apostura sobre el caballo.
Entre la ficción y el escalofrío de la realidad
Uno de los episodios más singulares y sobrecogedores del rodaje se produjo al filmar la icónica escena de la muerte del torero en el hospital de Linares, la cual, curiosamente, fue la primera en registrarse en celuloide. En apenas veinte minutos, en una habitación de atrezzo que replicaba fielmente el escenario real, Pedro Ortega recreó la agonía del mito con un patetismo sobrecogedor. La escena contó con una veracidad ambiental insólita: los médicos que rodeaban la cama eran profesionales de la salud reales; el sacerdote que administraba la extremaunción era el celebérrimo padre Venancio Marcos —estrella de las ondas radiofónicas de la época—; e incluso las monjas de la caridad terminaron siendo religiosas auténticas extraídas de un convento cercano, después de que el director despidiera a las actrices de reparto iniciales debido a unos inoportunos ataques de risa.
La veracidad del parecido de Ortega llegó a conmover hasta las lágrimas a los miembros de la propia cuadrilla del torero. Durante una parada en el cementerio de Nuestra Señora de la Salud en Córdoba, donde reposaban provisionalmente los restos de Manolete, el célebre banderillero "El Pelu" —primo hermano del diestro— rompió a llorar y se fundió en un sentido abrazo con el actor al contemplar la estampa viva de su pariente. La conmoción fue tal que el propio banderillero desaconsejó formalmente que Pedro visitara a Doña Angustias, madre del torero, temiendo que el fortísimo impacto emocional quebrantara la salud de la anciana. Asimismo, este rodaje supuso para Pedro el privilegio de compartir largas jornadas con una jovencísima Paquita Rico, quien hacía su debut absoluto en la pantalla grande antes de convertirse en la gran estrella de la copla andaluza.
El riguroso trabajo de sincronización técnica
El desafío para nuestro ilustre paisano no fue puramente interpretativo, sino de una asombrosa precisión técnica. La productora Hércules Films había adquirido por 83.000 pesetas los derechos de un metraje previo e inconcluso grabado por una productora francesa, y por otras 30.000 pesetas parte del archivo oficial del NO-DO. Esto obligó a Pedro Ortega a ensayar y replicar con milimétrica exactitud sus transiciones corporales, sus giros y sus posturas estáticas de espaldas y de perfil, de manera que los editores pudieran intercalar sus 22 planos interpretados con las imágenes cinematográficas reales de Manolete toreando en las plazas sin que el público apreciara la diferencia.
El regreso al anonimato y un legado de ladrillo
La aventura cinematográfica de Pedro Ortega concluyó con el sonado estreno de la película el 22 de diciembre de 1949 en el Palacio de la Música de Madrid. A pesar de que el célebre torero Carlos Arruza quedó tan de piedra por su estampa en Sevilla que le propuso formalmente viajar a México para protagonizar nuevos proyectos cinematográficos en tierras aztecas, Pedro declinó la oferta. Era, sin duda, un hombre humilde y sin delirios de grandeza, por lo que recogió su jornal, metió en la maleta sus trajes camperos regalados por la productora y regresó inmediatamente a su mesa de contabilidad en Puertollano.
Con las 32.000 pesetas ahorradas gracias a que se hospedó gratuitamente en la residencia madrileña de su prima, Pedro adquirió un solar edificable en nuestra ciudad. Sobre ese terreno levantó con orgullo la casa familiar donde contrajo matrimonio y donde custodió celosamente su intimidad vecinal. Aunque la localización exacta de la vivienda se mantuvo siempre reservada en el ámbito de su privacidad, las paredes de aquel inmueble fueron el refugio donde Pedro pasó su vejez rememorando con una lucidez asombrosa cada secuencia de la película.
En sus últimos años, ya octogenario, Pedro solía guiar con humor a sus familiares ante el televisor: "Ahí soy yo simulando la forma de andar de Manuel" o "Ese plano de perfil es mío". Pedro Ortega Palomo falleció manteniendo intacto su respeto reverencial por el mito, afirmando en muchas ocasiones: "Fue un honor ser Manolete en el cine".
"Yo fui una vez Manolete": el eco contemporáneo en las aulas taurinas
A pesar del paso de las décadas y del lógico distanciamiento temporal de la época dorada del celuloide en blanco y negro, su asombrosa odisea no ha quedado relegada al olvido. En los últimos años, su figura ha cobrado una vigencia renovada en el circuito cultural taurino español gracias al lanzamiento del ciclo de conferencias titulado de manera homónima: "Yo fui una vez Manolete".
Este programa de divulgación histórica, diseñado e impartido por el veterano y reputado periodista cordobés Ladislao Rodríguez Galán —artísticamente conocido como "Ladis"—, se ha consolidado como un éxito de convocatoria indispensable dentro de los ateneos y federaciones de aficionados de la geografía nacional. A través de este ciclo de ponencias, que ha recorrido con gran calado plazas y sedes culturales de localidades de honda tradición como Cabra, Fuente Palmera o Calasparra, se proyecta la memoria y el material gráfico de aquellos 79 días de rodaje. El testimonio que Pedro Ortega legó antes de su fallecimiento sirve hoy como puente cultural, logrando trasladar a las nuevas generaciones de aficionados una lección de humildad y la fascinante demostración de cómo el rostro cotidiano de un vecino de Puertollano prestó su alma para sostener, en la gran pantalla, el peso de una leyenda inmortal.
Fotos: Ladislao Rodríguez Galán (Ladis)
Documentación de referencia: @lamonteraladis.blogspot.com