El cementerio viejo de Puertollano: recuerdos de infancia, leyendas y memoria de un camposanto desaparecido

Un texto de José Arias Mora

Hay recuerdos de infancia que no se desvanecen: se enquistan. Este es uno de ellos.

Una mañana de mediados de la década de los sesenta, mientras paseaba con mi padre por el Camino Corredor, nos detuvimos a la altura del viejo cementerio de la calle Cervantes. Allí presenciamos una escena difícil de olvidar: una excavadora golpeaba sin descanso los muros del camposanto y los empujaba hacia el interior, como si quisiera borrar por la fuerza lo que durante décadas había permanecido en silencio.

Después seguimos nuestro camino.

Pero al regresar, el paisaje había mutado de forma inquietante. Donde antes se alzaban lápidas y tapias, ahora se extendía una explanada cruda, removida, en la que afloraban, sin orden ni descanso, huesos y cráneos. Restos humanos expuestos a la intemperie, como si la tierra hubiera sido incapaz de seguir guardando su secreto.

Después llegaron los camiones. Uno tras otro, descargando escombros sobre aquel terreno alterado, cubriendo a toda prisa lo que ya no podía ocultarse. La superficie fue nivelada de nuevo, como si nada hubiera ocurrido.

Con el tiempo, sobre aquel lugar se levantó una pista deportiva. Hoy, el espacio forma parte del Parque Norte. Pero bajo el cemento, bajo la tierra compactada, permanece latente la memoria de lo que un día emergió a la vista de todos.

La construcción de este “cementerio viejo”, destinado a sustituir al aún más antiguo camposanto situado en el solar que luego ocuparon las escuelas del Palomar —tal como reflejan los planos del Proyecto de la línea de ferrocarril Madrid-Badajoz de 1862—, surgió como respuesta a una preocupación cada vez mayor: la peligrosa cercanía de los enterramientos a las zonas habitadas en una época marcada por el temor a las epidemias, especialmente al cólera. Las autoridades comenzaron entonces a considerar aquel cementerio, tan próximo al casco urbano, como un serio riesgo para la salud pública.

No obstante, el nuevo camposanto no se levantó de manera inmediata. Su puesta en marcha estuvo condicionada por un largo proceso administrativo, impulsado tanto por el miedo a las enfermedades como por el crecimiento demográfico que experimentaba la localidad.

A comienzos de 1885, la Corporación Municipal tomó finalmente la decisión de construir un nuevo cementerio. Se van proponiendo sitios, “El Barranquillo”, “La Alcoba”, “los Olivillos”, incluso don Teodoro Arias Menasalbas propone el sitio de “Las Rinconas”, situado al norte de la población.

Ya en el mes de junio de este mismo año se habla en los plenos del colera y se comenta que el cementerio “está emplazado a poca distancia de las casas del barrio del Duque”, en referencia a la calle del Duque cercana al colegio del Palomar.

Pero no fue hasta 1892, cuando se elige para el nuevo cementerio el sitio de “Las Olivillas”, propiedad de Doña Ana Moreno Vega y cuando comprueban que doña Ana está dispuesta a vender: “Así bien y enterados los deliberantes de que la señora doña Ana Moreno Vega dueña del terreno elegido para la edificación del cementerio, no tiene inconveniente en enajenar la hectárea de tierra que para ello se necesita”, señalan en ese terreno un solar de cien por cien metros para dar cabida al nuevo cementerio. Terrenos que se valoran en 1.100 pesetas.

En la sesión extraordinaria del 18 de octubre de 1892 se dio a conocer a la Corporación el proyecto presentado por el señor Maestro Alarife don Valentín García para la construcción del nuevo cementerio.

La Corporación, “después de una razonada discusión en que todos abundaron en la idea de hallarlo bien hecho y con sujeción a los deseos del Ayuntamiento, necesidades de la población y recurso con que para ello cuentan”, lo aprobó.

En noviembre de 1892, Ana Moreno Vega, que fue la primera suegra de Fulgencio Arias Caballero al haber estado este casado en primeras nupcias con su hija, Ana López-Montenegro Moreno —fallecida apenas seis meses después de la boda—, realizó una significativa aportación económica vinculada al cementerio municipal.

La donante entregó 1.100 pesetas destinadas al importe de los terrenos del camposanto, suma a la que añadió otras 150 pesetas más. Junto a la aportación económica cedió también un lavabo de madera de nogal y mármol, tasado en unas 500 pesetas, objeto que posteriormente sería sorteado el 12 de marzo de 1893.

La corporación acepta “las donaciones referidas, consignando en este acuerdo su más acendrado reconocimiento y el aplauso, que merecen tan relevantes y meritorios actos, deseando con ello quede grabada indeleblemente en la memoria de los presentes y futuras generaciones tan honrosas donaciones y sentimientos caritativos de aquella señora en pro de sus convecinos”.

Aunque hubo una condición: “bien luego como esté levantado su cerco, 10 metros cuadrados de terreno que la donante deberá elegir en el mismo para la colocación de un panteón de familia”.

En julio de 1893 quedaron finalmente concluidas las obras del nuevo cementerio y, apenas un mes después, en agosto de ese mismo año, el recinto recibió la aprobación oficial del señor gobernador y fue bendecido por el señor obispo, quedando preparado para su entrada en funcionamiento.

El 10 de septiembre de 1893 se aprobó el reglamento del cementerio y tan solo cuatro días más tarde, el 14 de septiembre, comenzaron las primeras inhumaciones en el nuevo camposanto.

Fue también durante aquel mes de septiembre cuando Ana Moreno Vega eligió el lugar donde levantaría su panteón familiar dentro del recinto funerario.

Foto aérea tomada el 19 de junio de 1956.

 

Este cementerio permaneció en servicio durante más de tres décadas, acogiendo enterramientos hasta agosto de 1925, fecha en la que se inauguró el nuevo cementerio municipal, situado entonces en la carretera de Calvo Sotelo, s/n.

Mientras tanto, el antiguo cementerio situado en el colegio del Palomar fue cayendo progresivamente en el abandono y el olvido. El deterioro del recinto llegó a ser tan evidente que la propia Corporación Municipal terminó abordando su estado en sesión oficial. Así, en el acta del 6 de noviembre de 1898 ya se hacía referencia a la situación de abandono que presentaba aquel viejo camposanto:

“y finalmente, con el propósito de evitar actos incultos que pudieran ejecutarse en el sagrado recinto del Cementerio viejo, se acordó tabicar sus puertas de entrada al Católico y al Civil del mismo para que no pueda perpetrarse profanación ninguna, que redundaría en descrédito de este vecindario”.

Comencé este relato evocando recuerdos de mi niñez ligados al llamado cementerio viejo, y quizás haya llegado el momento de rescatar otro de aquellos recuerdos sobre cementerios que tanto impresionaban a los niños de entonces. Para ello vuelve a mi memoria la figura de “La Santa de Puertollano”, envuelta durante años en historias y rumores que corrían de boca en boca entre los vecinos.

Se decía por aquellos tiempos que sacaban su cuerpo de la tumba para cortarle el pelo y las uñas. Relatos inquietantes que alimentaban el misterio, la superstición y la fascinación popular.

La llamada “Santa de Puertollano” se llamaba en realidad Sabina Dominga Santos Serrano. Según la información facilitada por uno de sus descendientes, Eduardo Quesada, su propio hijo tenía la costumbre de sacar el cuerpo de la tumba cada Día de Todos los Santos, coincidiendo con la fecha de su fallecimiento, el 1 de noviembre de 1882. Tras asearla y arreglarle el pelo y las vestimentas, el cadáver era expuesto ante las personas que acudían a visitar el cementerio, una práctica que con el paso de los años alimentó la leyenda popular en torno a su figura.

Sabina Dominga fue enterrada inicialmente en el antiguo cementerio situado en el lugar donde años después se levantaría el colegio del Palomar, actual colegio Mireia Belmonte, ya que su fallecimiento se produjo en noviembre de 1882 y el cementerio de la calle Cervantes —al que posteriormente serían trasladados sus restos— no comenzó a utilizarse hasta septiembre de 1893. Décadas más tarde, en 1925, volvería a ser trasladada, esta vez al actual cementerio de Puertollano.

Aquellas escenas y relatos, transmitidos de generación en generación, terminaron por convertir la historia de “La Santa” en una de las leyendas más arraigadas y recordadas de la memoria popular puertollanense.