Llegamos al término de este apasionante viaje en el tiempo a través de las páginas de un documento excepcional. Hoy pongo el broche de oro a nuestra serie de crónicas basadas en la Memoria acerca de las aguas acídulo-ferruginosas de Puertollano, publicada originalmente en 1885 por el eminente Ingeniero Jefe del Cuerpo de Minas, Don Juan Sánchez y Massiá.
Conclusiones numéricas y geológicas
Tras haber desenterrado antiguos misterios mineros, tragedias humanas, pleitos de la Corona de Castilla y desastrosos errores en la cimentación del balneario, esta quinta y última entrega aparca definitivamente la crónica política y social para aplicar el tamiz más frío, inapelable y certero: el de la ciencia. Las conclusiones numéricas y geológicas que Massiá expuso tras su campaña de campo en el verano de 1884 no solo resultaron desoladoras para su época, sino que constituyen una severa advertencia histórica que, siglo y medio después, nos obliga a reflexionar sobre la fragilidad y el valor de nuestro patrimonio hídrico más sagrado.
A continuación, doy paso al quinto y último capítulo de esta serie, el testimonio definitivo de un hombre de ciencia que plantó cara a los mitos populares para intentar salvar el alma de Puertollano.
Los fríos datos de la decadencia, el misterio geológico y la solución de la ciencia
En el capítulo final, Don Juan Sánchez y Massiá aparca la historia y la política para aplicar el frío y riguroso tamiz de la ciencia. Con los números en la mano, el panorama que el ingeniero describe para la Fuente Agria en el verano de 1884 es, sencillamente, desolador y nos obliga a una profunda reflexión sobre el patrimonio hídrico de la comarca.
La sangría matemática del caudal: de 32 a 6 litros por minuto
Sánchez y Massiá realizó un extraordinario ejercicio de cálculo retrospectivo basados en los textos del siglo XVII. En 1677, el doctor Limón Montero afirmaba que el caudal de la Fuente Agria equivalía exactamente al grosor de «la muñeca de un hombre regular». Aplicando fórmulas de contracción hidrodinámica e intensidad de la gravedad, Sánchez y Massiá determinó que el manantial arrojaba hace dos siglos un mínimo de 32 litros de agua por minuto.
Sin embargo, los sucesivos aforos científicos realizados en el siglo XIX demostraron que el tesoro de Puertollano se desangraba de forma subterránea:
- En 1865, el aforo del doctor Carlos Mestre arrojó 12 litros por minuto.
- En 1880, el abogado Don Dionisio Gómez y el exsecretario municipal Don Manuel Gómez midieron una caída hasta los 10 litros por minuto.
- A principios de 1884, las mediciones municipales bajaron la cifra a 8 litros por minuto.
- En junio de 1884, durante la estancia de Sánchez y Massiá, los caños llegaron a dar un mínimo alarmante de 6,50 litros por minuto.
Sumando el gasto medio de la fuente pública y el del pozo del balneario, el ingeniero concluyó que el caudal total diario de la cuenca se había reducido a unos escasos 13.665 litros cada 24 horas. Es decir, en el transcurso de dos siglos, Puertollano había perdido más de las siete décimas partes de su caudal originario.
El misterio geológico: el 'Valo' y el fin del vulcanismo activo
Para explicar esta preocupante decadencia, el ingeniero desmontó las "peregrinas teorías" populares de la época —asentadas por Mestre y los vecinos— que afirmaban de forma errónea que el agua nacía en la cumbre o falda de la vecina Sierra de Santa Ana y que allí se mineralizaba. Sánchez y Massiá aclaró que el fenómeno es el inverso: las aguas no toman minerales de la sierra, sino que los traen de las profundidades y los deponen al salir.
Determinó científicamente que las aguas de Puertollano no son frías, sino termo-minerales. Al brotar a una temperatura constante de entre 18,4°C y 19,2°C (claramente superior a la media anual del lugar en aquella época, que era de unos 14°C, el agua adquiere su calor y mineralización en las entrañas de la tierra, a una profundidad estimada de entre 120 y 140 metros. El nacimiento original es de origen siluriano, atravesando de forma vertical las pizarras carboníferas y el terreno cuaternario.
El agua agria y el vulcanismo
Sánchez y Massiá conecta directamente la Fuente Agria con los estertores del vulcanismo basáltico del Campo de Calatrava. El ácido carbónico libre que hace "hervir" la fuente y que inunda también los pozos de Almagro, Valenzuela y Granátula (gas al que los paisanos llaman mágicamente valo) es el último vestigio de una colosal actividad geiseriana y volcánica del período terciario. El problema es que esta fuerza geológica se está apagando lentamente. Además, al haber aumentado artificialmente la presión en la arqueta (elevando los caños a 1,60 metros para la comodidad de los cántaros y cerrando el kiosco), se ha obligado al gas y al hierro a buscar escapes ocultos o a estrechar los conductos internos debido a las incrustaciones ferruginosas.
La advertencia final: el espejo de Europa
El ingeniero de minas no andaba con rodeos. En el tramo final de su memoria, alerta con severidad de que el manantial de Puertollano «camina a pasos de gigante a su desaparición», a menos que se acometan de forma urgente obras radicales de captación científica. Lamenta profundamente que la fama de la Fuente Agria haya decaído tanto en los circuitos médicos internacionales que el célebre hidrólogo francés Armand Rotureau ni siquiera la mencione en sus tratados europeos, registrándose en el balneario de Puertollano una paupérrima asistencia de apenas 550 bañistas en toda la temporada de 1884.
Sánchez y Massiá propuso mirarse en el espejo de las estaciones termales de Francia y Alemania, como Vichy o Cannstatt, donde la ingeniería moderna de la época era capaz de calentar el agua en el interior de la tierra o variar su nivel de salida sin perder un solo gramo de mineralización ni de ácido carbónico.
Su solución técnica
Para Puertollano fue clara: hacía falta realizar calas profundas y desagües simultáneos una vez concluida la temporada oficial, pero, sobre todo, rebajar drásticamente el nivel de salida de las aguas (bajando la caja de captación actual 1,60 metros o abriendo un gran foso trinchera a su alrededor como el que existía en el siglo XVI) para liberar al manantial de la opresión hidrostática y permitirle brotar con la abundancia, la fuerza y el espíritu indomable de sus mejores tiempos. Una lección de ciencia, geología y amor por el patrimonio hídrico que, 142 años después, seguía resonando con fuerza en la historia de Puertollano.
Palabras de despedida
Una gratitud inmensa y un compromiso con nuestra historia
Con la exposición de esta magistral solución técnica e hidrogeológica, cierro aquí las tapas de la extraordinaria memoria de Don Juan Sánchez y Massiá. Ha sido un verdadero privilegio desgranar, capitulo tras capítulo, los pormenores de un documento que permanecía prácticamente inaccesible para la mayoría de los puertollanenses y que conserva intacto su valor científico y su pulso literario.
No puedo poner fin a esta andadura sin reiterar mi más profundo agradecimiento a mi buen amigo Fernando Molina Ruiz-Zorrilla. Su inmensa generosidad y su pasión infatigable por el estudio de la hidrología y la geología locales han sido el motor fundamental de esta serie. Al facilitarme el documento en formato digital, Fernando no solo me ha permitido ensanchar mis propios conocimientos sobre la villa, sino que ha hecho posible que toda nuestra comunidad de lectores descubra y valore las profundas raíces científicas que sustentan el símbolo más icónico de nuestra ciudad.
La Fuente Agria sobrevivió a las minas cortadas a pico, a los desvíos clandestinos de la picaresca dieciochesca y a los dramáticos errores de los constructores del balneario provincial. Hoy sigue fluyendo, recordándonos discretamente que nuestra historia local es rica, compleja y digna de ser defendida.
Como es nuestra norma inquebrantable, comparto aquí debajo las últimas páginas correspondientes a este capítulo para el disfrute de los estudiosos y de todos aquellos que deseen escudriñar los textos originales de la época. Muchísimas gracias a todos por acompañarme en esta andadura histórica. ¡Nos leemos en las próximas crónicas!