Tras el abandono de los caóticos intentos mineros en el lugar del manantial, de los que hablé en el anterior capítulo, y debido al progresivo deterioro de la primitiva estructura de madera, el entorno de la Fuente Agria se degradó hasta convertirse en una ciénaga descuidada. El agua, debido a la abundancia de ocre y sedimentos de óxido de hierro (el llamado tarquín), presentaba un aspecto permanentemente colorado. En su superficie se formaba una densa nata aceitosa que, al refractar la luz del sol, exhibía destellos dorados y azules tornasolados, descritos por las gentes como un vistoso «cuello de paloma». El manantial brotaba desde el fondo de un risco sumamente duro con un ruido y borbollón tan imponente que podía escucharse a más de treinta pasos de distancia.
1600: Tragedia y refundación civil
Sin embargo, aquella laguna descontrolada constituía un peligro público mortal. El año 1600 marcó un antes y un después en la fisonomía de Puertollano debido a un suceso luctuoso: una persona murió ahogada en el interior de la charca. Este trágico accidente, sumado a otras desgracias y caídas en el lodazal, obligó a las autoridades de la villa a intervenir de forma radical. Se ordenó desecar por completo la laguna y enterrar el peligroso pozo, confinándolo en una nueva arca de madera reforzada exteriormente por muros de piedra, cal y argamasa.
Por aquellos mismos años de luto y reformas, se asentó en la villa el doctor Francisco Ruiz Barcelona. Impresionado por la naturaleza de las aguas, el médico procedió a catarlas y a estudiar sus efectos terapéuticos en los enfermos locales. Su veredicto fue revolucionario: dictaminó que el agua agria no solo era idónea como bebida cotidiana, sino que constituía una medicina eficacísima contra múltiples afecciones y dolencias estomacales. Había nacido oficialmente el uso médico del manantial.
La cesión a los franciscanos y las reformas del siglo XVIII
En 1616 se fundó en la villa el Convento de San Francisco. En aquel momento, la abundancia del manantial era tal y el comercio de aguas tan inexistente, que el municipio cedió gratuitamente todo el remanente del agua a los religiosos. Los frailes instalaron un encañado para llevar el líquido hasta sus dependencias, utilizándolo para beber —acaso como mortificación por su sabor austero— y para regar su fértil huerta. Para el pueblo, los monjes dejaron el arca abierta por su parte superior, permitiendo que los vecinos introdujeran sus vasijas.
Con el paso del tiempo, el valor del agua creció y la estructura continuó evolucionando con lo que, en 1733, se encerró la arqueta en un templete sólido de piedra con puerta de hierro, para evitar que el vandalismo o los vientos arrojasen inmundicias y piedras al depósito público.
El gran debate de 1772 y la escalinata ochavada
Sin embargo, un acta municipal del 2 de febrero del año 1772 desvela un agrio debate entre los regidores. El concejal Don Diego Vicente del Campo denunció con vehemencia que las reformas llevadas a cabo por unos maestros albañiles estaban mal ejecutadas. Al elevar el empedrado al mismo nivel de los dos caños de hierro, se había creado una balsa profunda propensa a acumular la suciedad del suelo. Del Campo advertía con ironía que aquello parecía una «balsa donde... mal podrán llegar los animales a beber como no sean cerdos, que estos es regular se entren a bañar y así infesten el agua». Pese a las quejas y a la intención de consultar a un fraile de Santo Domingo como perito, las obras siguieron adelante, consolidando la escalinata ochavada, o de planta octogonal, que hoy obliga a descender al subsuelo para alcanzar los caños.
En breve, el tercer capítulo, pero entre las fotos de esta publicación vuelvo a publicar páginas de esta memoria para quien quiera ampliar la información.