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Un texto de Chema Torres Fabero

Un tal Luis y una librería de segunda mano

Chema Torres Fabero.- Heme aquí, con un incierto temblor de enamorado, en este ambiente libresco donde uno siempre pretende ver algo de espiritualidad y de materialidad en constante y delicado equilibrio. Otra vez. Es algo –lo del temblor, digo– que suele sucederme en casos así, cuando se me vienen a las manos algunos de estos libros que en su momento pertenecieron a personas que ya nunca estarán entre nosotros, especialmente si se trata de personas a las que un día pude echar el brazo por encima o incluso llegué a besar. Desde luego no siempre ocurre, por fortuna, pero en general me debilita esa presencia suya, que acaba siendo concreta e intangible de manera simultánea. Lejos de cualquier pensamiento que pueda guardar relación con fuese la forma que fuese de extensión personal, me disminuye reconocerme en estos libros. Me temo, y es lógico, que tiene todo que ver con el hecho de saber que también a mí han de sobrevivirme la mayoría de los ejemplares que ahora se alojan en esta habitación. Tal vez cubiertos de polvo, eso sí, heridos tal vez, carcomidos por la humedad y los hongos, roídos por los ratones del futuro, ellos soportarán el paso del tiempo con una dignidad diferente: una dignidad de cosa; algo que a fin de cuentas les hará trascender la memoria que sin embargo encierran. Porque no es preciso crecer mucho más allá para comprender. Ya de niño uno no tarda en advertir que todo cuanto nos rodea anda siempre de camino hacia la nada. Quién sabe si el viejo perro y la flor del geranio, más breves en el sumario de la vida, no están ahí con el casi único cometido de hacérnoslo saber y ponernos sobre aviso.  

Pero los libros, ay, con su continuidad casi sagrada, desde la persistencia en un mismo lugar del objeto apenas sin valor económico y del tesoro que nos conceden, parecen empeñados en tomar más largos trayectos, distintos en gran parte, aunque caminen a nuestro lado. Del mismo modo que ellos nos cortejan en el inicio, acaso y solamente sirviéndose de la vieja estratagema de un título más o menso atractivo, nosotros los amamos, los mecemos entre los dedos, los levantamos hacia el sol en un parque o en una playa, les sonreímos, les lloramos, guarecemos de la lluvia sus frágiles cuerpos introduciéndolos en nuestros bolsillos o apretándolos contra nuestro pecho y, temerosos de que alguna vez puedan perderse, los llevamos de la mano en el viaje, en cada viaje. Sí, igual que a hijos, los acariciamos por dentro y por fuera (en cuerpo y alma, se podría decir) hasta que llegado un momento de nuestra existencia en común, tal vez durante una mañana como esta mañana de junio, comprendemos que en buena medida ellos ya están yendo más lejos de lo que pudiéramos pensar, que se han saltado el camino pavimentado con baldosas amarillas y que se han apoderado de esa parte de nosotros cuya verdad penetra lo meramente abstracto. Y no sabría decir si se trata o no de una cuestión de justa correspondencia en la relación que podamos mantener, pero parece ser así: al tiempo que nos proveen, los libros retienen entre sus páginas materia y material del lector, asuntos que pudiéramos pensar demasiado íntimos, tal vez intransferibles, y que resultan ser no sólo intelectuales, sino también físicos.  

            Viene esto a cuento por la sensación que en tal sentido me sobrevino la última vez que anduve en una librería de viejo. Paseando entre sus colmadas estanterías, donde cada volumen parecía exigido por la historia para defenderse del disparate del tiempo (se diría que todos ellos estaban agazapados en las trincheras abiertas con ese fin en sus respectivos anaqueles), quise sentir el estremecimiento que le fuese propio a los antiguos dueños de aquellos libros. Es decir: partiendo de una idea acaso más apropiada para el adolescente que fui que para el adulto que pretendo ser, se trataba de aplicarme en no sé qué tipo de vibraciones, acaso preservadas en tales páginas, y que en su momento serían las mismas que sacudirían los cuerpos de todos esos lectores desconocidos y presumiblemente desaparecidos, hombres y mujeres que un día abandonaron sus libros a la suerte del establecimiento donde me encontraba, un lugar destinado en definitiva a comerciar con emociones. O eso pensé.  

            La tarea, tan atractiva en un principio como desatinada en cualquiera que pudiera ser su final, no tenía visos de llegar demasiado lejos. En ciertos volúmenes, primordialmente en aquellos en los que el antiguo propietario tuvo la feliz idea de subrayar frases y párrafos donde estimó oportuno, y más aún si se le ocurrió escribir notas a propósito de su puño y letra, ya fuese en los márgenes o a pie de página, uno podía observar ciertas maneras definitorias para de ese modo advertir, o intentar advertir, qué le dolía o emocionaba al viejo lector, por dónde o hacia dónde iban sus ideas cuando se encontraba enfrascado en la lectura, cuál pudiera ser su opinión al respecto de este o aquel tema. Sin embargo, cuando uno tropieza con un libro aséptico (de hojas amarillas y polvorientas, sí, pero no obstante aséptico), en el que es imposible advertir cualquier resto de una vida anterior, la tarea se antoja algo más que solamente absurda. ¿Ni siquiera una mancha de café o de vino o de carmín? ¿Ni siquiera una página doblada en la que apreciar cierto interés, por demás de los restos de una huella digital? ¿Es que de verdad existen lectores capaces de mantener inmaculado durante toda una vida un libro de, por ejemplo, Emil Cioran? ¿Cómo diablos se puede dar, en ese caso, con el tan traído y llevado ácido desoxirribonucleico que ha de distinguirnos? ¿Qué hallar del alma en todo ese vacío? 

            Finalmente, y tras constatar que mis dotes extrasensoriales no son nada del otro mundo, decidí traerme a casa este libro que acabo de buscar en las estanterías de la habitación y que ahora he colocado sobre la mesa, junto a mí: LA MUERTE DE DURRUTI, Joan Llarch, Plaza&Janés, Barcelona, 1973. Y a él me dedico. Por fortuna, el antiguo propietario tuvo la gentileza de poner su nombre y sus apellidos en la primera de las guardas, de modo que al menos puedo llamarlo por su nombre de pila: Luis. Querido Luis, añadiré. Pero es que, por si fuese poco, las páginas del libro están salpicadas además de frases subrayadas y de notas caligrafiadas en los márgenes. Por ejemplo, en la página doce, donde el autor da cuenta de la hora y de la fecha en la que acaeció la muerte del anarcosindicalista leonés, uno puede descubrir que el tal Luis (¿quién si no?), utilizando para ello un lapicero con la punta no lo bastante afilada, tuvo a bien escribir el siguiente comentario: “20 N. Horas después asesinaban a José Antonio”.   

Y no sé. Es posible que la citada acotación acabe por revelarse como un detalle crecidamente aclaratorio sobre la personalidad de nuestro hombre. Eso lo decidiré en su momento. Mientras tanto, y no sin cierta desgana, he de admitirlo, me entregaré a la lectura de unas cuantas páginas más. Quién sabe. Puede que antes o después llegue a percibir con la viveza necesaria esas vibraciones de las que hablaba, las mismas que sacudirían el cuerpo menudo o espigado de quien fuese el antiguo y acaso primer lector de este ejemplar. Puede que más adelante encuentre aquí que se trataba de un viejo libertario seducido por la figura de Durruti, cuando no de un antiguo miembro o simpatizante de la Falange joseantoniana, porque una vez leído lo leído también el caso contrario pudiera darse. De hecho hasta es posible que tropiece con una persona cuyo interés particular no fuese otro que el del conocimiento; alguien al que sólo quepa definir como un individuo felizmente humano. Ojalá –pienso– en sus notas todo sea elucidación.  

Y otra cosa: por cuanto pueda suceder en el futuro, y pensando en quienes quieran retomar estos libros míos el día de mañana, toda vez que yo ya no disfrute de la gozosa facultad de llevarles la contraria, me apresuraré a tomar un bolígrafo y a subrayar algún que otro párrafo más. Y acaso lo haga al azar, sin más, saltando de una página a otra, igual que los hongos en los viejos libros, mientras me doy el gusto de garabatear absurdos comentarios aquí y allá. Imagino que de ese modo todo esto podría muy bien llegar a convertirse en una broma futura; una broma como la que acaso me esté gastando el tal Luis ahora, convenientemente parapetado detrás de los muros del tiempo.  

Chema Torres Fabero

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