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Recopilación de obras de arte (11), en vídeos, con música de fondo

Selección de obras de la exposición ‘La edad dichosa. La infancia en la pintura de Sorolla’

Por José Belló Aliaga

En la décima edición de “Recopilación de obras de arte”, publicada recientemente había seleccionado ocho obras de la exposición La edad dichosa. La infancia en la pintura de Sorolla, que se ha mostrado en el Museo Sorolla de Madrid, hasta el pasado mes de junio, de la que informamos a nuestros lectores:

El Museo Sorolla presenta la exposición ‘La edad dichosa. La infancia en la pintura de Sorolla

Con las ocho obras seleccionadas hice un vídeo, con música de fondo, que se ha publicado en nuestro periódico con una amplia descripción de cada una de ellas.

Selección de obras de la exposición La edad dichosa. La infancia en la pintura de Sorolla, en vídeo, con fondo musical

Ocho obras más

Ahora, como anunciamos previamente, he seleccionado otras ocho obras, cuya descripción figura, a continuación, con el correspondiente vídeo, con música de fondo.

Ocho obras más de la exposición “La edad dichosa. La infancia en la pintura de Sorolla”, en el Museo Sorolla

1.- Joaquín pintando

1896

Óleo sobre lienzo, 42 x 33 cm

Joaquín Sorolla y Bastida

Fundación Museo Sorolla

En este pequeño cuadro, el artista retrata a su hijo, Joaquín Sorolla García, con unos cuatro años, que destaca con su vestido blanco sobre un fondo especialmente oscuro. Está sentado frente a un caballete bajo, en el que permanece sujeta una nota de color. Con la paleta en una mano y el pincel en la otra, el pequeño ha sido retratado intentando crear una pintura a una edad temprana, imitando así al padre.

Joaquín Sorolla y Bastida había destacado desde pequeño por sus dotes naturales para el dibujo y la pintura, que, incentivadas por sus tíos y sus primeros profesores, le hicieron ganar premios desde sus inicios. Uno de ellos era una caja de pinturas para continuar con su formación que le fue otorgada cuando tenía apenas unos años más que el niño que aparece aquí representado.

A los pintores que son también padres les divierte inculcar a sus hijos su pasión por las artes, y los descendientes de Sorolla no fueron menos. María y Joaquín seguirían la senda de la pintura, mientras que Elena se decantaría por la escultura. El orgulloso progenitor se preocupaba de la formación de su prole, y en las cartas les aconsejaba: “Dile a María que haga lo que sienta, puede poner lápiz blanco y raspar el otro lápiz fuerte […] lo importante es que dibuje”. Siempre procuraba, además, que ante todo fueran consecuentes y mantuvieran su propio estilo: “María que dibuje mucho y Joaquín que no pierda su tiempo imitando lo que yo hago, con eso nada se puede ser en el mundo”.

Además de fomentar el amor por el oficio entre sus descendientes, otra cosa que gusta hacer a menudo a cualquier artista es dibujar o pintar a sus propios hijos siguiendo sus pasos, pues eso significa que la enseñanza ha cristalizado. Esa estampa la podemos ver en varios dibujos que captan a Joaquín niño realizando trazos en un papel, a veces en compañía de su madre, como en Joaquín y Clotilde o solo, como en Niño dibujando, así como en este cuadro, en el que esta vez se enfrenta a un pequeño apunte.

En ese sentido, Joaquín pintando guarda similitud con varias de las obras que uno de los pintores más admirados por Sorolla, Ignacio Pinazo Camarlench, realizó de sus propios hijos- en especial del pequeño Ignacito- llevando a cabo la misma acción.

Esta obra participó en las exposiciones de Paris y Londres en 1906 y 1908 respectivamente. De la primera se conoce su ubicación en la sala gracias a fotografías de época, como la conservada en el archivo del Museo Sorolla, en la que se ve que la obra estaba enmarcada de forma diferente a como ha llegado a nuestros días. Se cree que se corresponde con la número 188 del listado, Le petit artista Joaquín. Respecto a la muestra de 1908, es posible que se corresponda con la obra número 20 del catálogo, The Sketcher.

La tela está firmada por Sorolla de forma incisa, probablemente con la parte de atrás de su pincel, y dedicada a su esposa, Clotilde, pues no deja de ser un bonito recuerdo de su unión. A pesar de que se expuso varias veces en citas tan importantes, son la posibilidad de ser vendida, la obra permaneció siempre en el ámbito familiar, como un recuerdo de las habilidades del niño que de adulto también sería pintor y director del museo que custodiaba las obras en las que él mismo aparecía tantas veces.

2.- En la playa de Valencia

Valencia, ca. 1904

Joaquín Sorolla y Bastida

Acuarela sobre papel, 35,5 x 50,6 cm

Museo Sorolla

Las playas de Valencia, la de la Malvarrosa o la del Cabañal, despiertan de manera temprana el interés de Joaquín Sorolla. El pintor se mueve por la costa valenciana buscando a sus gentes, a los pescadores que trabajan a la orilla del Mediterráneo. Los capta a diferentes horas del día, en formatos variados y aplicando todo tipo de técnicas. Inmortaliza con agilidad a los hombres y mujeres ocupados en sus tareas cotidianas y hace de ellos uno de sus temas predilectos.

En estas escenas, el pintor observa con atención los gestos con los que los pescadores reparan sus embarcaciones o tejan las redes. Nos muestra cómo se desarrolla su vida entre la salida de la barca y su vuelta, ya cargada con la pesca, y los vemos también en momentos de descanso, comiendo bajo el sol del mediodía, resguardados a la sombra de las embarcaciones.

No obstante, Sorolla centrará especialmente su atención en las mujeres que encuentra en la orilla. Trabajadoras vestidas con sus delantales, con pañuelos en la cabeza y cestas de mimbre, que esperan en grupos la vuelta de la pesca en A la sombra de la barca, Valencia para vender el género en el mercado. A su llegada forman verdaderos enjambres de luz y color en la paleta de Sorolla, como en Pescadoras valencianas.

Estos temas que aparecen en su obra hacia 1890 seguirán presentes, aunque desde enfoques diferentes, a principios de siglo, como en la acuarela En la playa de Valencia, de 1904. En ella vuelven a colarse en escena las barcas varadas y los pescadores sentados en la arena, aprovechando la sombra que proyecta alguna de las embarcaciones para descansar u ocuparse de las redes. En primer plano, Sorolla presenta, también en la umbría, a una mujer sentada de perfil, sola, simplemente acompañada de sus hijos pequeños, uno en el regazo y otro junto a ella.

El artista retoma en esta obra la acuarela, una técnica que había utilizado con profusión durante su periodo en Italia, pero que elegirá cada vez con menor frecuencia, para limitar su uso casi en exclusiva a la captación de escenas familiares. Si en Roma y Asis la pincelada era corta y detallista, en 1904, siendo ya un pintor consagrado, se vuelve más sintética, ligera, con planos de color que se funden y reducen los detalles a su mínima expresión. Sorolla no se detiene en los rostros de los pescadores, y los niños se resuelven con unas manchas que nos dejan intuir apenas su presencia. Sin embargo, estos pequeños, con su desamparo y su fragilidad, subrayada por la técnica empleada, resaltan el papel protector de la madre. No es, en cambio, una escena que transmita una maternidad gozosa y despreocupada, como en Después del baño. A pesar de la luz que baña la playa, y de la calidez del entorno con tonos ocres, rosados y sombras violáceas, se presiente la precariedad del grupo que espera la vuelta del pescador, el padre, el marido del que dependen.

Al igual que en el lienzo posterior, Pescadora con su hijo, el pintor dota a la escena de una sensación de desasosiego a través de una composición apaisada que está formada por sucesivos planos horizontales, entre los que destaca el perfil de la mujer, quien, con pose hierática, mira a un espacio ausente, fuera del encuadre, y transmite una sensación de larga espera.

3.- Llegada de la pesca

Valencia, 1899

Joaquín Sorolla y Bastida

Óleo sobre lienzo, 88 x 104 cm

Museo de Bellas Artes de Asturias

Pintado durante el verano de 1899 en la playa de Valencia, Llegada de la pesa, también titulado El regreso de la pesca, es un cuadro que trata el tema sorollesco por excelencia: el trabajo de las gentes del mar.

Una pequeña embarcación ha varado en la orilla; de ella se bajan dos hombres cargados con las redes que han enrollado en sus hombros mientras una joven pescadora, aún una niña, carga con el género que más tarde se venderá en el mercado de Valencia. Prácticamente todo el cuadro lo ocupa el mar, su movimiento, sus olas, su espuma…El pintor apenas deja libre de agua una pequeña esquina de arena mojada. Al fondo, sobre el horizonte, el cielo encapotado, sin sol, repite los tonos azules y violáceos del mar.

En primerísimo plano, pinta Sorolla una niña que acarrea con gran esfuerzo dos pesadas cestas de pescado, una en cada brazo. Se acerca el pintor en esta obra al delicado tema del trabajo infantil. El mismo verano que pinta el durísimo ¡Triste herencia! convierte en protagonista de sus cuadros a esta jovencísima hija de pescadores que desde bien niña colabora con el sustento familiar. Y lo hace, como siempre, con dignidad y realismo. Sorolla no juzga, no entra en polémicas, retrata una jornada cotidiana en su playa del Cabañal, su vida y sus gentes tal y como las ve y las siente.

La niña de Llegada de la pesca será la protagonista de un segundo cuadro pintado ese mismo verano y titulado Pescadora valenciana. En esta ocasión Sorolla la retrata en un primer plano. La joven, sin embargo, no se detiene a posar, no tiene tiempo, sigue caminando cargada de nuevo con la cesta de la pesca. Mira durante unos instantes con su pelo despeinado por el viento, y ofrece la captura fresca que transporta mientras continúa dirigiéndose lejos de la playa, hacia el mercado de la ciudad. Es este, como ya apuntaba Pons-Sorolla, un cuadro más audaz, más moderno que Llegada de la pesca, donde la pincelada de Sorolla, aunque larga y movida en las líneas que trazan la orilla del agua, se vuelve más conservadora y tradicional, más dibujada, en el resto del cuadro, cualidad que, por otro lado, no le resta belleza.

Estas obras de tema marinero tuvieron gran éxito en el mercado bonaerense, no en vano siguen siendo las obras más populares de Sorolla.

4.- El primer hijo

Madrid, 1890

Joaquín Sorolla y Bastida

Acuarela sobre papel, 48 x 65 cm

Colección particular

En 1890 Joaquín Sorolla firma una escena costumbrista, de carácter íntimo, de las eran muy frecuentes en la pintura de entresiglos, en las que anécdota familiar tiene una importancia mayor respecto a periodos anteriores. En ella vemos a una madre dando el pecho a su criatura en la tranquilidad de un hogar confortable, en una estancia de paredes revestidas de papel pintado de las que cuelgan un par de cuadros y estanterías llenas de libros y en la que vemos algunos muebles, como un sofá y una cómoda. La tonalidad del cuadro es fundamentalmente cálida, muy apropiada para esta escena doméstica tan personal, solo alterada por los tonos fríos del azul de la ropa de cuna o el pequeño frasco contenedor que corona la cómoda.

Las representadas son Clotilde y su primera hija, María, nacida el 13 de abril de ese año en la casa estudio que habitaba el matrimonio Sorolla en la calle del Progreso, en Madrid.

Para el espectador que no identifique a las modelos, la obra podría entenderse como un cuadro de género más, cuando realmente representa los primeros pasos de la familia Sorolla. Existe una fotografía de esta misma escena vista desde otro ángulo que demuestra que el espacio y los objetos que aparecen en el cuadro son reales.

Entre ellas se distingue, en primer término, una silla sobre la que descansa una canastilla de mimbre. Está forrada de un tejido blanco rematado con puntillas y lazos de raso rosa, y en ella se guardan los pañales y la ropa de primera puesta de la recién nacida. La canastilla se conserva en la actualidad, al igual que la cuna. Esta última fue adquirida en el Rastro por unas pocas pesetas, y siempre fue muy importante para el matrimonio, tal y como el mismo Sorolla contaba a Manaut: “Iba a nacer mi primer hijo y no tuve dinero para comprarle su cuna como la deseaba su madre y hubiera yo proyectado. En esta cuna durmió María su primer sueño, la meció su madre en las veladas mientras yo, afanoso, pintaba acuarelas para los marchantes”.

Precisamente esta obra, una exquisita acuarela de contornos bien delimitados y con importante presencia del dibujo, se enmarca en la línea de los trabajos realizados por el primer Sorolla que encontraban fácil acomodo en el mercado, ávido de temas amable. Esta, en cambio, aunque la mostrará alguna vez, la conservará siempre para sí: “de la exposición nada, pues lo que me ofrecen de la [acuarela] que pinté contigo no quiero darla”.

5.- El baño

1907

Joaquín Sorolla y Bastida

Óleo sobre lienzo, 83 x 106 cm

Fundación Museo Sorolla

Durante el verano de 1907 Joaquín Sorolla se encuentra pintando en los jardines de La Granja de San Ildefonso, un entorno idílico que había conocido brevemente durante el otoño anterior y que consideraba muy hermoso para trabajar, aunque demasiado frio. Ahora, en cambio, disfruta de la compañía de la familia y dispone de largas jornadas en las que pintar, por placer y al aire libre, en un medio natural fértil para la experimentación.

Asistimos aquí a una escena cotidiana, de disfrute estival. En una frondosa ribera varios niños se preparan para el baño. El más cercano, ya sin ropa, contempla el agua con curiosidad. Detrás, un chiquillo se esconde tras las hojas y, a la derecha, tres críos se ayudan a desvestirse. Al fondo, el cielo y los bosques circundantes se reflejan sobre las aguas del estanque, probablemente El Mar, el gran deposito que nutre a las fuentes monumentales del Real Sitio. A falta de sus características playas mediterráneas, Sorolla encuentra en este recóndito paraje de interior una orilla en la que pintar y que le permite seguir ocupándose de sus temas predilectos: los niños, la luz y el agua.

La representación infantil al aire libre es un asunto habitual en la pintura naturalista desde finales del siglo XIX, y el cuerpo desnudo, muy valorado por su potencia plástica, se convierte en un motivo recurrente para los artistas. En todo caso, el tema del baño sirve de pretexto para que Sorolla pueda atender algunas de sus preocupaciones formales, fundamentalmente lumínicas. Consciente de su valor estético y emocional, la plasmación de la luz tomada del natural es una búsqueda constante del pintor y supone un elemento común a todos sus cuadros de La Granja, que “constituyen un conjunto de gran coherencia en que Sorolla estudia a fondo los efectos de la luz filtrada entre los árboles”. Efectivamente, los rayos del sol se cuelan entre las ramas y forman etéreas manchas sobre las superficies que crean expresivas texturas. La exuberante vegetación boscosa lo lleva a emplear una gama cromática muy intensa, y enérgicos brochazos cargados de color potencian la sensación fluctuante de las formas sobre el agua, que se reflejan distorsionadas de una manera similar a las que vemos en otros cuadros que realiza al aire libre.

Como pintor del natural, Sorolla trabajaba muy rápido, normalmente allá prima, para atrapar los efectos cambiantes de la luz. Conocemos en parte su método de trabajo en La Granja por el testimonio de la niña que aparece representada en el último plano del cuadro. En un articulo de prensa publicado mucho tiempo después, Juliana Fernández Pérez, hija del guardés de los jardines, relata cómo posó para Sorolla a los ocho años junto a su hermano Jesús, cuatro años menor: “Nos daba 2,50 pesetas por día. Estábamos una hora aproximadamente muy quietecitos los dos, porque nos pagaba puntualmente al terminar cada jornada”. Jesús sería el niño representado aquí en primer término, y ambos, los protagonistas de otro lienzo estrechamente vinculado con este, que parece estar captando, de una manera más sencilla y cercana, otro instante dentro de la misma escena.

Estas dos obras serían, junto con Saltando a la comba, La Granja, las únicas de esta seria protagonizadas por modelos locales plasmados en su propio ambiente. Fueron realizadas probablemente hacia el final del verano, según se desprende de una carta que envió Sorolla a su amigo Pedro Gil, en la que da cuenta de sus ocupaciones: “Hago estudios de los jardines, pinto algún niño desnudo, retrato a Clotilde y a María”.

6.- Los farolillos

Valencia, 1891

Joaquín Sorolla y Bastida

Óleo sobre lienzo, 41 x 66 cm

“Al Dr. Simarro su amigo/ J. Sorolla. /Valencia 1891” (ángulo inferior derecho)

En el año 1891 Sorolla pasa varias estancias en Valencia, donde vive Clotilde con la pequeña María debido a la frágil salud de la niña. En una de ellas debió de pintar esta escena campestre protagonizada por un labrador y dos niños que portan farolillos encendidos. La obra supone una curiosa combinación entre la luz solar presente de forma natural en el paisaje y los puntos de iluminación artificial de las linternas, que irradian una luz que destaca las caras y manos de los pequeños, algo que ya había captado unos años antes John Singer Sargent en su obra Clavel, lirio, lirio, rosa también pintada al aire libre en los pocos minutos que separan el atardecer del anochecer.

El motivo pictórico que utiliza un foco lumínico para resaltar las facciones no es algo nuevo, como ya demostraron el Greco con sus múltiples versiones del tema del soplón o Georges de La Tour con algunas de sus obras más conocidas. Así, en la pintura de transición de los siglos XIX y XX, observamos cómo el tema de los farolillos que iluminan rostros infantiles se reprodujo con éxito varias veces, como demuestran las obras del catalán Lluís Graner.

Esta temática gustaba mucho entre la clientela. No en vano, José Artal, marchante de arte y benefactor de la obra de Sorolla en Argentina, le solicita a este en 1903: “En cuanto al óleo. ¿por qué en vez de una media figura, para variar, no me hace Usted una buena mancha de niños bañándose o una de chiquillas cualquiera elegante, algo como los farolillos japoneses de Sargent o esas obras deliciosísimas de Helleu?”.

En la obra que nos ocupa, la escena se desarrolla en un paisaje de la huerta valenciana en el que se distinguen una casa y un pozo. Sorolla, gran admirador de su tierra y de las clases humildes, a las que engrandece en sus composiciones, ya ha pintado varias veces en el momento de realizar este cuadro a labradores y huertanos en obras como Costumbres valencianas, temática que también tratará posteriormente en Fiesta valenciana en la huerta o Entrenaranjos.

La obra Los farolillos, firmada y dedicada, fue un obsequio de Sorolla a su amigo Luis Simarro Lacabra. El pintor y el prestigioso neurólogo compartían intereses artísticos y cirulo social. Ambos vinculados a la Institución Libre de Enseñanza, frecuentaban el Ateneo de Madrid y las tertulias artísticas del momento de Vicente Blasco Ibáñez y de Mariano Benlliure. Sorolla regaló a Simarro más obras suyas, como las acuarelas de 1898 Comiendo uvas y El viejo del cigarrillo, si bien estas fueron adquiridas de nuevo por la ya viuda de Sorolla, Clotilde, en una subasta celebrada en El Saloncito- la sala de exposiciones del Ateneo de Madrid- tras la muerte del doctor en 1921, y cuyo objetivo era recaudar fondos para la futura Fundación Simarro.

Este cuadro reúne en una misma escena varios de los intereses de Joaquín Sorolla: la predilección por la captación de la luz natural y artificial, el amor hacia las gentes y costumbres de su tierra y la temática del entretenimiento infantil, que ese mismo año trató en obras como ¡Que te come! y que tantas veces reprodujo a lo largo de su carrera, especialmente atraído por el juego que se desarrolla en el exterior, ligado a la naturaleza y al aire libre, promovido por el institucionismo como símbolo de buena salud.

7.- Quiquet Pons-Sorolla con traje velazqueño

1920

Joaquín Sorolla y Bastida

Óleo sobre lienzo, 125 x 81 cm

Colección particular, depositado en el Museo de Bellas Artes de Bilbao

Entre los últimos retratos que Sorolla realizó antes de enfermar en el año 1920, destacan los realizados a los miembros de su familia, entre ellos Quiquet Pons-Sorolla con traje velazqueño.

Francisco Pons-Sorolla. A quién de niño su familia llamó cariñosamente Quiquet, fue el único hijo de María Sorolla y el pintor Francisco Pons Arnau. Nació el 17 de febrero de 1917 en Madrid, y llenó de alegría a sus padres y abuelos. Sorolla, que siempre fue un hombre muy familiar, fue también un abuelo entregado. José Manaut, su discípulo y biógrafo, escribió a propósito de Qiquet: “¡Y lo que él amó a su primer nieto!”.

Quiquet Pons-Sorolla con traje velazqueño es un cuadro que sigue la estela de retratos de niños vestidos a la moda del Siglo de Oro que fueron tendencia en los años de entresiglos. Representado de cuerpo entero, viste el mismo traje que Sorolla había empleado veinte años antes para realizar el Retrato de Matías Errázuriz Alvear y que debió de guardar en su estudio. En el archivo del museo se conservan varias fotografías de Quiquet vistiéndolo, seguramente tomadas tras posar para Sorolla.

Las similitudes de los dos cuadros son evidentes y van más allá de la indumentaria: la disposición de los niños, la presencia del sillón frailero o la búsqueda evidente de las referencias a Velázquez; y a la vez, los veinte años de trabajo y sabiduría que los separan son enormes. La libertad con la que pinta a su nieto, sin buscar satisfacerse más que a si mismo, la pincelada suelta y segura que caracteriza su etapa final, la falta de decorativismo que resulta imprescindible para complacer la demanda de un cliente que aspira a tener un cuadro “velazqueño, suntuoso y principesco” hacen del de Quiquet un retrato muy superior, como suelen ser todos los de sus seres queridos.

No fueron estas dos los únicos que Sorolla hizo siguiendo esta tendencia. El primero de ellos podemos fecharlo en 1897, cuando realiza la primera versión de La actriz doña María Guerrero como La dama boba, que después reharía por completo en 1906. En 1901 comienza el Retrato de María Figueroa vestida de menina, en el que la hija del duque de Tovar aparece vestida como la infanta Margarita; de 1903 es Elenita vestida de menina. Finalmente, unos dos años después, hacia 1905, es el turno de María en un retrato de riguroso perfil y tonalidades prácticamente negras: Perfil de María.

Francisco Pons- Sorolla correspondió a su abuelo, con el que convivió hasta los seis años, con el mismo cariño que recibió. Compaginó su carrera de arquitecto- restaurador con la dirección de la Fundación Museo Sorolla hasta el año 1973, y tras jubilarse en 1985 se dedicó plenamente, junto con su hija Blanca, a trabajar en el catálogo razonado del pintor. Falleció en Madrid el 5 de mayo de 2011.

8.- Niñas en la playa

1908

Joaquín Sorolla y Bastida

Óleo sobre lienzo, 62 x 101 cm

Colección particular

En otoño de 1907, tras dos años alejado de las playas de Levante, Sorolla se adelanta a su familia, que se unirá a él en Navidades, y el 16 de noviembre, en compañía de su discípulo Tomás Murillo, viaja a Valencia, donde trabajará hasta mediados de enero del año siguiente. A pesar de las dificultades del clima, propias de los meses de invierno, y de la falta habitual de vida en la playa, el pintor trabaja incesantemente. Con la mirada puesta en su próxima exposición individual, que tendría lugar en las Grafton Galleries de Londres, realiza numerosos cuadros del puerto y de la playa de Valencia.

Entre las obras que acomete en este momento se encuentra el cuadro Niñas en la playa. Una escena en la que representa junto a la orilla del mar a tres humildes hermanas, seguramente hijas de pescadores. Las faldas, camisas y pañuelos propios de la indumentaria de las clases trabajadoras se complementan en los meses fríos con dengues para abrigar el pecho. El viento agita la ropa de las niñas, ha destocado a la pequeña que camina por la orilla ayudada por su hermana mayor. En ausencia de las madres trabajadoras, ellas, las hermanas mayores, ejercen de madrecitas.

La luz de la mañana es fría, invernal, muy diferente a la del verano. Sorolla capta sus matices, sus tonos más apagados, menos alegres. El tema le interesa y se convierte en protagonista de obras como Amanecer. Playa de Valencia. El mar, más movido y revuelto que en el estío, tiene también una tonalidad especial. Los azules se mezclan con grises y tonos morados, el agua se nos antoja fría, el baño poco apetecible.

Durante este invierno de 1907-1908 Sorolla realiza interesantes cuadros en los que las protagonistas son niñas. En una de las muchas cartas que envía a Clotilde, describe su trabajo así: “He empezado un estudio, cuadro, de una chiquilla que espero será cosa buena, está con sus pies desnudos en la arena mojada y la ilumina el sol de la tarde de plano, el mar poco movido, pero simpático”. Seguramente Sorolla esté describiendo el cuadro titulado Francisqueta, que representa a una jovencísima pescadora cargada con cestas preparada para recoger la pesca.

También descalzas representa el artista a las hijas de pescadores en otros cuadros de este momento, como Las tres hermanas o Hija de pescador. Playa de Valencia. En ambos, como en Niñas en la playa, podemos apreciar los matices invernadles que la retina y los pinceles de Sorolla capturan como nadie. En los tres, además, el pintor emplea una composición parecida. Las niñas se encuentran en primer término, con la mirada muy baja. El mar ocupa gran parte del lienzo y se representa sin horizonte, a modo de gran telón de fondo sobre el que se recortan las figuras. En la orilla, las olas rompen y crean líneas sinuosas, lo que permite al pintor introducir movimiento y profundidad a la escena.

José Belló Aliaga

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Joaquín pintando
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En la playa de Valencia
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Llegada de la pesca
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El primer hijo
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El baño
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Los farolillos
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Quiquet Pons-Sorolla con traje velazqueño
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Niñas en la playa
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