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En una nueva ruta

Puertollano: El CD Pozo Norte, de la estación de Espiel a la ermita de la Estrella, pasando por la Sierra del Castillo

Eduardo Egido Sánchez.- Por fin el 10 de abril concede licencia a la primavera para mostrar sus atributos y el club de senderismo Pozo Norte aprovecha la coyuntura para realizar una nueva ruta. Tras dos horas de recorrido en autobús, los cincuenta participantes llegan a la antigua estación ferroviaria de Espiel, en la provincia de Córdoba.

La expedición inicia su camino a 430 metros de altitud por un terreno llano desde el que se pueden contemplar los impresionantes farallones rocosos que sustentan la cima de la Sierra del Castillo. Se avistan con cierta inquietud porque saben que sus pasos no se detendrán hasta poner pie en la cumbre. Los primeros repechos no tardan en presentarse mientras los caminantes levantan la vista hacia unas miniaturas humanas que practican la escalada colgadas de las interminables paredes verticales de relieve pulido por la erosión. ¿Hay que estar loco para enfrentarse a tan arriesgado reto? Van sujetos por cuerdas, dice alguien como se quisiera restar importancia al peligro. Ale, pues sube tú, que no hay cuidado, responde otro.

Tras el último esfuerzo alcanzan los 767 metros de la meseta superior de la sierra y la senda discurre por un terreno amable alfombrado por un manto vegetal donde reinan las hierbas olorosas, las margaritas, la jara blanca (que tiene sus flores de color rosa pálido) y alguna amapola solitaria que despierta un sentimiento de ternura. Finalmente, alcanzan un poste de madera con flechas horizontales señalando el emplazamiento de diversas poblaciones, donde solo resulta legible que Puertollano se encuentra a 140 kilómetros en dirección noreste. Las vistas en ángulo de 360 grados son impresionantes y las disfrutan con calma tomando el refrigerio de mitad de ruta.

A vista de águila se contempla el embalse de Puente Nuevo alimentado por el río Guadiato, en horas y aguas bajas, que dibuja una línea serpenteante jalonada por isletas que el bajo caudal deja al descubierto. En las lomas próximas aparecen las excavaciones de las canteras que configuran vertientes en terrazas. Al noreste destacan dos poblaciones, casi pegadas, que el guía identifica como Belmez y Peñarroya-Pueblonuevo. Quizá en sus calles, en este momento, avancen los desfiles procesionales del Domingo de Ramos. En derredor, una sucesión de elevaciones montañosas en la lejanía perfila el carrusel de la naturaleza.

Repuestas las fuerzas, comienza el descenso hacia la ermita de la Virgen de la Estrella. Discurre entre abundante vegetación que impregna de sensaciones olfativas. La ermita tiene la fachada encalada, alternando con el ladrillo que enmarca los vanos. Una espadaña rematada por una sencilla veleta de hierro cobija una campana. El interior permanece en penumbra. Un cartel solicita donativos para instalar iluminación eléctrica. Destaca la austeridad del pequeño púlpito encalado, con estrechos escalones que obligarán a fijarse dónde se pone el pie para evitar percances. En el exterior, un hombre reparte estampas religiosas. Su vestimenta recuerda a los viejos hippies, con colores chillones; la barba y cabellera canas acotan un rostro curtido por la intemperie de rasgos afilados y expresión inocente. Despide a los visitantes con buenos deseos.

Para retornar al punto de salida, el colectivo remonta el cauce escuálido del río Guadiato y tiene la oportunidad de contemplar el viejo puente de fábrica robusta y apreciable deterioro que permanece sumergido bajo las aguas cuando el nivel alcanza su cota más alta. Para ello, sería necesario que subiese una decena de metros, lo que se antoja improbable en mucho tiempo. A continuación se avanza de forma paralela a los raíles ferroviarios que contemplaron el último tren hace años. La silueta del sólido muelle de la estación, hoy reconvertido en bar- restaurante, aparece tras un recodo del trazado de la vía. Son las tres de la tarde. El calor y las cinco horas de exigente caminata para recorrer los doce kilómetros de la ruta, aceleran el ritmo del grupo que ve cercano el momento de sentarse a la sombra y recuperar el aliento.

Eduardo Egido Sánchez

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