Odio mi cuerpo

Artículo de Opinión de la puertollanense Serena Iniesta Toledano

Así. Alto y claro.

Dicen que odiar no trae nada bueno y yo realmente siempre he defendido lo contrario, pero creo que últimamente estoy llegando a una de esas etapas de la vida en las que, por una serie de causas – justificadas o no- , el término odiar está pasando a formar parte de mi día a día.

En cualquier caso, mi pretensión no es hacer apología sobre el sentido estricto de la palabra, sino más bien dejar constancia de la existencia de algo – considero de vital importancia – que en ocasiones puede llegar a intensificar enormemente ya no sólo el sentimiento de odio sino también el resto de emociones de forma generalizada.

Menopausia, la llaman.

Son tantos los cambios que puede generar a distintos niveles en la vida de la mujer que, sintiéndome una víctima más de esta enemiga de la naturaleza, he tomado la determinación de ODIAR MI CUERPO. ¡Con un par de ovarios, sí! (¡Uy!, olvidaba que éstos apenas me acompañan , debido a su pésimo funcionamiento).

En las siguientes líneas intentaré transmitir una realidad por la que pasamos muchísimas mujeres en esta delicada y vulnerable etapa de nuestras vidas, desde un punto de vista personal pero, lejos de cualquier dramatismo, pincelado de la mejor forma que se me ocurre: con sentido del humor.

Antes de comenzar, un pequeño inciso. Si eres hombre y has llegado hasta aquí, no tengas reparo en seguir leyendo. A pesar de que jamás nos entenderemos, te aseguro que este texto no es un alegato feminista ni nada por el estilo. Únicamente es un conjunto de palabras sinceras de una mujer tratando de expresar lo que siente en su lucha interna frente al abominable universo de las hormonas en decadencia.

Después de haber tenido tus ciclos menstruales considerablemente regulares durante toda tu vida fértil, de repente llega un mes que te preguntas “¿dónde está?”. Al principio piensas “ya vendrá”. Pasan los días y el semáforo (como lo llaman las adorables chicas del Club Paralímpico Puertollano) no se pone en rojo. Sabes bien que puede deberse a varios factores, tales como el estrés, la ansiedad, etc; es por ello que no te preocupas en exceso. Llega entonces ese indeseado momento en el que haces balance de tu vida sexual. ¿Fuiste precavida?. Desde luego que no. Y, aunque ya tienes una edad relativamente avanzada para la maternidad y crees que ya no puedes quedarte embarazada ni del “Espíritu Santo”, decides hacerte un test. Negativo.

Finalmente, todo queda en un susto y parece que vuelve la normalidad. Sí, pero no. La historia se repite en los meses sucesivos, y cada vez los ciclos son más espaciados. ¿Qué está ocurriendo?.

Siempre has sido una mujer ciertamente presumida. No has salido demasiado porque piensas – entre otras cosas – que la vida social está sobrevalorada (cada vez te gusta más el plan “sofá-cine-lectura-música”) pero aún así, disfrutabas mucho eligiendo las prendas de vestir más adecuadas para cada ocasión. Adoras los vaqueros. ¡Ay, los vaqueros, qué bien te sientan!. Espera, ¿te sientan?. Maldita sea, la lavadora centrifugó demasiado. No abrocha, no. Admítelo, has engordado.

Decides, pues, equilibrar un poco más tu dieta y hacer más ejercicio pero pasa el tiempo y no ves demasiados resultados. La frustración va haciendo mella en ti. En ocasiones sientes ganas de tirarlo todo por la borda, pero intentas acudir a la sensatez: si pareces un globo sin comer, comiendo serás Moby Dick.

A pesar de (creer) tener cierto control sobre ti misma, cada día que pasa vas perdiendo las ganas de mirarte al espejo. Tú, que te mirabas hasta en el reflejo del cristal de los escaparates cuando ibas por la calle, ahora no lo haces ni para vestirte ni asearte. Por suerte, la presbicia es una gran aliada a la hora de distorsionar tu fea imagen de cerca. Lo único malo es que no consigues atinar con el “Eye-liner” (menos mal que tienes amigas que te quieren mucho y te regalan un monóculo con la debida graduación  que te ayuda bastante. Todo un descubrimiento)

Donde sí miras, - he de decirte, indebidamente – es al pasado, con la pretensión de comparar tu cuerpo actual con aquel que no volverá. No te reconoces a ti misma. Pero sí, eres tú.

Durante el proceso de aceptación del aumento de peso, no piensas que tu cuerpo puede sufrir más cambios. Tienes el consuelo y la tranquilidad de no sufrir un embarazo indeseado , pero lo último que imaginas es que la “Perimenopausia” es muy similar a éste. En su peor cara. Entonces recuerdas cómo tenías la barriguita cuando estabas de siete meses: redondita y dura. Aunque sin nadie dentro que te salude con sus ingenuas pataditas.

No hay suficiente “cola de caballo” en los bosques europeos que palie tu hinchazón y te invite a ir al baño con regularidad. Es entonces cuando conoces – en parte gracias a los consejos de tu hermano- a la que incluirás en tu grupo de mejores amigas. Para siempre. Cúrcuma.

Y es que, aunque imagines que al fallecer te convertirás en árbol cual David, el Gnomo y Sra. de tantas infusiones que tomas, sigues defendiendo la medicina natural, a pesar de que a veces, ni ésta funciona.

Llega el invierno. Siempre has sido una persona muy friolera y de repente, no consigues entender porqué no tiembla tu cuerpo cuando la temperatura baja de 0º C. ¡Ay, qué calor!, como dirían en Telecinco en 1990. Es lo bueno de llevar la calefacción integrada; eso que te ahorras. Lo que no te gusta tanto es la sudoración repentina, sin justificación alguna  (menos mal que junto con la muerte de las hormonas, también va pereciendo el olor corporal). Y, qué me dices de ese ente invisible que enciende su soplete para quemarte la cara desde las entrañas durante unos segundos y después, desaparece como si nada. Parece una broma del inframundo pero, por mucho que te esfuerces, no consigues verle la gracia.

Trabajas demasiado. Cada vez odias más este Sistema Capitalista que nos han impuesto, en contra de nuestra voluntad. Detestas la propiedad pero sientes que el insomnio, la fatiga y el dolor articular son cada vez más tuyos.

En algún momento de tu vida te has preguntado -  incluso ha sido tema de debate entre tu grupo de amigas – durante cuántos años podrías permanecer sexualmente activa.

El hecho de disminuir considerablemente las probabilidades de quedarte embarazada en este proceso de locura hormonal te reconforta bastante, pero lo último que imaginas es que también puedes sufrir ciertos cambios a nivel sexual.

Sumergida aún en cierta ignorancia, te ríes de los anuncios publicitarios sobre lociones lubricantes porque piensas que no las necesitarás nunca, puesto que uno de tus órganos más preciados siempre ha estado perfectamente abastecido. Pero, en un periodo a corto/medio plazo, la fuente del placer cada vez va teniendo menos agua y el canal que la transporta es cada vez más estrecho. Es entonces cuando quizás, solo quizás, empiezas a considerar la posibilidad de recurrir algún día a cualquier tipo de ayuda externa.  De momento, prefieres seguir confiando en ciertos remedios naturales.

En cualquier caso, y a pesar de que tu libido también se ve ligeramente afectada, afortunada serás si tienes en tu vida a una persona compasiva que no juzgue ese “Rollito de Primavera” que va asomando bajo tu vientre y que, además de proporcionarte esperanzadores momentos de placer, te apoye de forma incondicional. Y es que, como dijo alguien en una ocasión, a la hora de tratar este tema en cualquier tipo de relación, lo importante no es el entendimiento sino la aceptación y el respeto.

El hecho de gustarle a alguien tal y cómo eres es enormemente  gratificante pero si no tienes a nadie, tranquila, el mundo no terminará por ese motivo. El sexo no siempre es cosa de dos. Ni de tres.

El proceso de aceptación con una misma ante tantos cambios es realmente complicado.

Intentas entender porqué no te ves igual que hace relativamente poco tiempo. Tu mente permanece activa pero, en ocasiones, tu cuerpo no responde a sus órdenes. Cada vez confías menos en aquello de “querer es poder” y la reflexión “Mens sana in corpore sano” te resulta potencialmente inspiradora pero en tu caso, nada cierta.

Cuando piensas que las hormonas  no pueden atacarte más allá de los aspectos físicos y fisiológicos ya citados deciden, libremente, embestir de lleno contra tu estado emocional. Independientemente de que es un tema que puede afectar a cualquier persona, empiezas a notar con hipersensibilidad drásticos cambios de humor, con o sin causa justificada.

Son tantas las ganas de comerte el mundo, como las de no querer salir de la cama.

Un día sientes tal alegría que nada ni nadie puede borrar tu sonrisa de la cara pero al siguiente, estás tan apática que te muestras socialmente irascible hasta límites insospechados.

La empatía siempre ha sido uno de tus valores favoritos pero admites que hay días que hasta tus hijos te caen mal (si son adolescentes, todavía más)

Afortunadamente, no siempre estás triste, pero cuando para paliar tus lágrimas acudes a Cumbres Borrascosas ya no hay vuelta atrás. No hay mayor consuelo que llorar por Cathy y Heathcliff. Aunque su lucha por mantener la cordura en un mundo lleno de adversidades no es demasiado distinta a la tuya, entiendes, de forma egoísta, que sus vidas están mucho más jodidas que la tuya. Es entonces cuando un rayo de luz comienza a vislumbrarse en la inmensa oscuridad.

Y es que, llegados a éste punto, me veo en la obligación de decir:

“Mom”, tienes razón, he de ver más cine cómico.

No hay nada como los consejos de una madre. Yo a la mía casi nunca le hago caso pero últimamente insiste mucho en que el periodo “perimenopaúsico” es pasajero, cosa que me tranquiliza bastante, la verdad. Ojalá tenga razón.

Todos sabemos que cada persona y su respectivo cuerpo son un mundo y por ende, no todas las mujeres sufren esta etapa de igual forma, pero quisiera finalizar este texto dirigiéndome especialmente a aquellas que, en menor o mayor medida, se sienten abordadas – incluso desbordadas – por este curioso y a veces desconcertante fenómeno de la naturaleza.

No voy a decirte que rías, cuando solo tienes ganas de llorar.

No voy a decirte que te mires al espejo, cuando en realidad lo que quieres es romperlo.

No voy a decirte que te quieras.

Únicamente te diré, desde lo más profundo de mi alma…

Cuida mucho de ti misma, porque nadie lo hará mejor que tú. Y sobre todo, jamás tengas miedo a expresar lo que sientes y que no te preocupe lo más mínimo la opinión de los demás cuando digas, en voz bien alta:

SÍ, ODIO MI CUERPO.