Entre la esperanza y la desesperación

Artículo de Opinión de Enrique Buendía
 

Enrique Buendía.- ​Permítame el autor de “El retorno de la derecha”, Federico Giménez Losantos, tomar el subtítulo de su libro para encabezar esta columna, pues no se pueden definir mejor los sentimientos encontrados entre los que alienta un sentimiento patrio herido y la mezquindad del poder en manos del “príncipe de la mentira”. En estos recios tiempos que empezaron con los años de plomo donde la sociedad de la transición acobardada sufría el destierro y la opresión de los terroristas, hoy ante la inminencia de lo peor en el gobierno en compañía de estos mismos cuadran las resonancias bíblicas. Quieren hacernos creer que se han vuelto vegetarianos los caníbales, los que mataban a españoles como a conejos, sin haberse arrepentido, ni colaborado en el esclarecimiento de más de trescientos atentados, pero eso sí se rasgan las vestiduras por una baladronada del presidente de VOX y lo arrojan a las tinieblas exteriores. Mientras la conjunción de golpistas y albaceas de los asesinos siga sin asustar a los votantes que han colaborado en este experimento, aunque deje estupefactos a propios y extraños que no ven el final del proceso y que parecen despertar de una pesadilla, estamos perdidos. Irrelevante será la opinión sobre el sujeto que comanda este entuerto y que algún momento lo nombré un chisgarabís para no darle importancia a sus maniobras orquestales en la oscuridad, pero hoy considerando su currículum desde la tesis que no escribió, ni leyó, y merecedor de dos autobiografías de autobombo escritas por un negro, bueno una negra recompensada con creces, me sobran datos para no considerarlo una persona normal. En la distancia, la prensa estadounidense, The Spectator, parecen describirlo mejor como un nuevo tirano de izquierda del orden de Chaves y Maduro debido a la impotencia de la oposición y la pasividad de Europa, así oculto como un complot o un tumor maligno, uno se pregunta cómo pudo pasarnos y por qué viendo que sigue negociando mediante un pacto encapuchado lo que queda de España y otro pacto con los exencapuchados de Bildu que empieza a rendir cuentas. Sólo se me ocurre por piedad, citar de nuevo a Isaías: “Consolad, consolad a mi pueblo…”

Las afinidades seculares de socialistas y separatistas son conocidas a lo largo del siglo pasado, y de éste con la preparación de lo que se nos viene encima que desempolvan del olvido aquellas acusaciones al PP de crispar a sus señorías por la defensa de la Constitución, sabida su moderación por la que, no obstante, sufrió un cordón sanitario y después, la escisión de Vox. ¿Y cuando descalificaban a Aznar como un mentiroso compulsivo, con el que nos ha caído encima?, ¡señor, señor!, es de traca, así que ya no pregunto cuándo empezó a joderse el Perú. Que lo hagan con más tiempo los historiadores de este golpe a cámara lenta, desde que empezara Zapatero, el del talante, con lo de la memoria histórica, y que terminó por hacerla democrática la colaboración de Bildu. Las insidias sobre las que se fundaban han sido bien desmontadas por Miguel Platón, Pio Moa y otros, aunque sus consecuencias continúan siendo imprevisibles. Parece que los trabajadores del mal no descansan, pasito a pasito, escalón a escalón triunfando en la cadavérica escena política española donde parecemos sobrar más de la mitad. Si antes la herencia de los gobiernos socialistas era el déficit económico, hoy con más trampas que una película de chinos, se aventuran con su ideología guerrillera los peores resultados en la escena internacional defendiendo a Hamás, a Putin, regalando el Sáhara o insultando en el parlamento europeo al presidente del grupo mayoritario, dando la impresión de que lo que somos no vale un pimiento entre nuestros aliados. La pregunta no sería, por tanto, qué hemos hecho o dejado de hacer, sino cómo ha ocurrido tal encadenamiento fatal de situaciones y circunstancias, y por empezar desde el principio, las que desalojaron a Rajoy por una morcilla en una sentencia de miles de folios del magistrado de Prada, buen amigo del condenado por prevaricación exjuez Garzón, que no correspondía a lo que se juzgaba, tal y como acreditó el tribunal supremo tras el triunfo de la moción de censura. Pocos son, pero hay que ver lo que cunden... No me resisto al chiste fácil de que lo que empezó con una morcilla ha acabado en una ristra de chorizos de nuestra soberanía nacional.

Así que mientras unos parecen buscar el hilo que justifique la legalidad a costa de cualquier riesgo de deshacer la paz civil, otros rezan para confundir a nuestros enemigos, siendo encadenados por sus propios actos y que “más fuerte será la caída” de quien arremete contra la nación, a tal estado de terror se llega cuando con la mentira no se inmuta, a la que sigue el delito flagrante y al delito la traición consensuada, pues las intenciones son peores que los hechos. No es que no se acepte la legalidad del gobierno sino la impotencia democrática de enfrentarse a la desintegración en la lógica de lo peor, conociendo las costumbres de este frente popular redivivo. Para la media España, “católica y sentimental” como dijo Valle Inclán, este trance tiene los visos de ser una verdadera prueba del destino. Lo penúltimo es la entrega de la alcaldía de Pamplona a Bildu, pero sabiendo lo que se juega con Navarra, la Jerusalén de Euskalherría, Otegui dixit, puede pasar desapercibido que una vez engullida, la transitoria 4ª de la Constitución permite mediante consulta la segregación de las cuatro provincias, y entonces nos atronarán los oídos de que son ellos los verdaderos constitucionalistas. El reino de Navarra, cuna de tantos reyes, puede ser el inicio de la balcanización a la que aspiran los amiguetes “progresistas y democráticos” (Oscar Puente).  Para que no falte nada de propaganda se permitirán homenajes a los etarras de los años de plomo en su vuelta heroica de la cárcel, al tiempo que se despenalizan las injurias al jefe del Estado y para que nada falte de aquellos felices treinta, las afrentas a los símbolos religiosos…, pero sólo si son católicos. Por acabar con los motivos de desesperación qué decir de la cabeza de caballo que el prófugo de la justicia ha dejado en la alcoba de Pedro para que se acuerde de lo que firmó. Mas dinero y honores y no sólo perdonarlos sino pedirles perdón por habernos atrevido a juzgar su rebelión. Como Pedro ya asimilado a Pablo, estamos en Europa bien en los albores revolucionarios del Grupo de Puebla o quizá devolvemos a algún episodio de los Picapiedra con el troncomóvil y el uso y trato con dinosaurios domésticos, tal valen sus cambios de opinión que en mi pueblo se llaman mentiruscos, antes que a un ejercicio de poder digno de un partido en el que se apoya la constitución. Hagan juego en sus apuestas porque ningún disparate está fuera de dudas en esta nación que dan ganas de gritar junto a nuestros abuelos liberales “¡Viva España y abajo el mal gobierno”!

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