¿Pulsadores para la Fuente Agria? El peligro de estrangular la alquimia de Puertollano

Artículo de Opinión de Julián Gómez, exdirector y fundador de 'La Comarca de Puertollano'

La noticia ya ha tenido su repercusión en los medios de comunicación y, como era de esperar, ha inundado las redes sociales de una mezcla de escepticismo, nostalgia y, sobre todo, honda preocupación. El anuncio de que la Fuente Agria mantendrá sus caños actuales pero incorporando unos pulsadores para cortar y activar el flujo de agua a demanda ha abierto un debate que va mucho más allá de la simple estética urbana. Nos encontramos ante una encrucijada donde se enfrentan la ingeniería civil ordinaria y la delicada naturaleza de un manantial que es el corazón mismo de nuestra identidad.

¿Es esta la solución definitiva a la alarmante pérdida de caudal o el remedio podría resultar peor que la enfermedad? 

Vaya por delante que con estas líneas no pretendo sentar cátedra en ningún sentido, pues soy consciente de que no hay nada claro ni científico al cien por cien respecto a cuál es la solución definitiva y fiable para nuestra Fuente Agria. Mi única intención con este artículo es dar fe y recoger algunas de las opiniones y análisis que me han parecido más interesantes y rigurosos de entre los publicados estos días en las redes sociales. Quiero resumirlos aquí, ponerlos en común y, de alguna manera, contribuir constructivamente a la información y al debate sobre este tema tan entrañable y tan nuestro.

La discrepancia, como veremos, no es un mero ruido de redes; viene respaldada por voces autorizadas de nuestra cultura, la política y la historia local que exigen, como mínimo, prudencia.

Voces discrepantes

En el ámbito académico, las dudas son mayúsculas. El historiador puertollanense Miguel Fernando Gómez Vozmediano me explicaba en una entrevista, que el próximo jueves emitirá Onda Cero Puertollano e ImasTV, sus muy serias dudas sobre si la solución propuesta para los caños de agua agria es la más adecuada. El historiador advertía con firmeza sobre los riesgos reales que se corren con esta intervención, apuntando directamente a "la acumulación de sedimentos, la disipación y pérdida de fuerza del agua e incluso la obstrucción del manantial".

A estas alarmas se suman las sospechas desde la experiencia de la gestión pública y la memoria popular. Es el caso del exconcejal Eduardo Martínez quien considera que ninguna de las medidas se hace "para incrementar el caudal sino para acumular agua cuando no se recoge y repartir la escasez". Recordando al mismo tiempo una idea muy arraigada en la memoria popular: "el agua agria pierde propiedades cuando permanece almacenada demasiado tiempo".

En la misma línea, el historiador Raúl Daimiel Fernández advertía: “Si ponen pulsadores, se cargan la Fuente Agria”. Considera imprescindible revisar toda la documentación histórica existente antes de adoptar una decisión que podría resultar irreversible.

Por su parte, M. Sánchez León recuerda que en otras épocas la falta de caudal se solucionó modificando la cota de la fuente, logrando mejoras durante décadas. Aunque no descarta los pulsadores, propone estudiar alternativas complementarias como sistemas de rebose que eviten el estancamiento.

Sin embargo, el análisis más detallado ha sido el realizado por Fernando “El Telón” Molina, quien sostiene que la instalación de válvulas podría provocar graves consecuencias hidrogeológicas y químicas.

Según su planteamiento, que amplia y cumplimenta todos los que he expuesto anteriormente,  bloquear la salida del agua alteraría el equilibrio de presiones del acuífero, favoreciendo que el flujo busque nuevas vías de escape y se aleje del punto de captación. Además, el estancamiento facilitaría la oxidación del hierro y la formación de incrustaciones capaces de obstruir tuberías y mecanismos. También advierte del riesgo de proliferación bacteriana al desaparecer el flujo continuo que actúa como sistema natural de autolimpieza.

Molina recuerda finalmente que la Fuente Agria es un Bien de Interés Cultural y plantea una pregunta incómoda: ¿quién asumirá la responsabilidad histórica si una intervención mal planteada daña de forma irreversible el manantial?

 Y es ahí donde reside el verdadero meollo de la cuestión. Cualquier intervención que altere de forma irreversible la naturaleza de la fuente no solo sería un atentado patrimonial, sino una temeridad administrativa. Nos preguntamos legítimamente: ¿qué técnicos asumirán la responsabilidad histórica si se daña el manantial de alguna manera? Las firmas, a menudo, se estampan en despachos lejanos y se respaldan en la burocracia municipal, pero el daño irreversible se quedará aquí, en el suelo que pisamos.

Decisión valiente o temeraria 

Por otra parte, es justo ponerse en la piel de la gestión política. Entiendo perfectamente lo extraordinariamente difícil que tiene que ser para un alcalde de Puertollano tomar una decisión firme sobre cómo solucionar la preocupante pérdida de caudal y de fuerza de nuestro manantial. En un asunto de este calibre, cualquier camino que se elija puede acabar siendo tildado de "valiente" o de "temerario" según cuál sea el resultado final. Está claro, por tanto, que Miguel Ángel Ruiz también se la juega por completo debido a la enorme trascendencia de lo que suceda, ya que la responsabilidad última recaerá sobre lo que él decida. En cualquier caso, optar por intervenir es, indudablemente, agarrar el toro por los cuernos; una faena arriesgada a sabiendas de que se puede salir por la puerta grande cortándole las dos orejas... o acabar corneado y en la enfermería.

Nos encontramos ante una pregunta inevitable: ¿Merece la pena arriesgarse? Si las advertencias vecinales, las tesis de los historiadores, la memoria de nuestros mayores y, sobre todo, el análisis "científico" de Fernando Molina están en lo cierto, las consecuencias de esta obra podrían ser letales para el símbolo más sagrado de Puertollano. Aunque también es posible que los informes técnicos que obren en poder de la alcaldía aconsejen la actuación que se va a llevar a cabo. No obstante, ante la duda, y dado que nadie tiene una certeza absoluta sobre el remedio definitivo, la máxima que debe regir cualquier actuación sobre un BIC es la de la mínima intervención y la máxima prudencia para intentar no acabar dañando o, lo que sería peor todavía, enmudeciendo para siempre la voz de agua que nos ha definido durante siglos.

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