Durante años, el debate sobre el Terri en Puertollano ha girado casi exclusivamente alrededor de una cifra: el coste de su recuperación. Se habló de millones de euros, de polémicas políticas, de investigaciones judiciales y de enfrentamientos entre unos y otros. Pero, transcurridos ya muchos años desde su inauguración, creo que ha llegado el momento de cambiar la pregunta porque ahora la cuestión ya no es cuánto costó sino si somos conscientes del patrimonio que tenemos delante de nuestros ojos.
El Terri nunca fue una montaña
Su historia comenzó mucho antes de que alguien pensara en rehabilitar con la idea fallida de convertirlo en parque. Entre 1926 y 1972, la Sociedad Minero Metalúrgica de Peñarroya fue levantando aquella inmensa escombrera mediante un cable aéreo que transportaba cenizas, escorias y estériles procedentes del Lavadero Central, de la Fábrica de Destilación de Calatrava y de la Central Eléctrica. Incluso su nombre procede del francés terril, el término utilizado para designar este tipo de montañas artificiales tan características de las cuencas mineras europeas. Porque aquella montaña no la construyó la naturaleza. La levantaron, sin saberlo, miles de trabajadores con su esfuerzo diario. Cada vagoneta descargada añadía un nuevo estrato a un paisaje que terminaría convirtiéndose en el elemento más reconocible del perfil sur de Puertollano.
Durante décadas fue el gran "dragón gris" que vigilaba la entrada y salida de la ciudad . Una enorme mole de cenizas que impresionaba por sus dimensiones y que llegó a formar parte inseparable del paisaje sentimental de varias generaciones de puertollaneros.
Por eso, cuando se planteó su recuperación, no se trataba simplemente de construir un parque. Se pretendía algo mucho más ambicioso: transformar una cicatriz industrial en un símbolo de regeneración ambiental, estabilizar una montaña artificial de enorme complejidad técnica, reforestar sus laderas, abrir senderos hasta su cima y convertir un espacio degradado en un gran mirador sobre la ciudad. La idea parecía excelente y el tiempo, en mi opinión, ha terminado dándole la razón pero no del todo.
No todo se hizo bien
Ya de antemano el proyecto estuvo rodeado de controversias desde el primer momento. Su coste, de más de 6 millones de euros, fue objeto de una intensa discusión política y ciudadana, surgieron dudas sobre distintos aspectos de la actuación y la polémica acompañó prácticamente toda su ejecución.
Pero dieciséis años después creo que seguir discutiendo únicamente sobre aquello es mirar por el retrovisor y más si tenemos en cuenta que hoy los verdaderos problemas son otros.
Mantenimiento y vandalismo
Como ocurre demasiadas veces en España, somos capaces de invertir millones de euros en construir una infraestructura, pero no siempre demostramos la misma capacidad para conservarla. El Terri ha sufrido el paso del tiempo, ha padecido actos vandálicos que dañaron parte de sus instalaciones y también ha requerido actuaciones derivadas de desprendimientos y problemas de estabilidad en algunas de sus laderas. Nada de eso debería sorprendernos en una infraestructura de semejante complejidad. Lo que sí debería preocuparnos es que esos problemas acaben sirviendo de excusa para resignarnos a su deterioro. Porque el mantenimiento nunca debería verse como un gasto sino como una inversión ya que invertir en conservar el Terri es invertir en la memoria de Puertollano.
Recuerdo que hace unos años incluso hubo quien propuso limitar su acceso e, incluso, devolverlo a su condición original de escombrera. Respeto todas las opiniones, pero creo sinceramente que sería un enorme error.
Las ciudades con personalidad no destruyen los símbolos que explican su historia.
Los protegen.
Los restauran.
Los enseñan.
Los convierten en motivo de orgullo.
Basta observar lo que han hecho antiguas cuencas mineras de Francia, Bélgica, Alemania o el Reino Unido para comprobar que aquellas montañas de residuos industriales hoy forman parte de rutas culturales, espacios naturales y referentes del patrimonio europeo.
¿Por qué Puertollano no puede aspirar a lo mismo?
La evolución de Puertollano
Existe, además, un detalle que quizá muchas veces pasamos por alto. Desde la cima del Terri puede contemplarse, de un solo vistazo, prácticamente toda la evolución histórica de Puertollano.
Hacia un lado aparecen los barrios que crecieron alrededor de la minería. Hacia otro, las instalaciones industriales que marcaron la segunda gran transformación económica de la ciudad. Más allá se extiende el paisaje del Valle de Alcudia y Sierra Madrona, recordándonos que Puertollano siempre ha vivido entre la naturaleza y la industria. Pocos lugares ofrecen una lección de historia tan completa sin necesidad de entrar en un museo.
Por eso creo que el Terri debería contar con una auténtica interpretación histórica y patrimonial que explique a los visitantes cómo nació aquella montaña, quiénes la levantaron, qué significó para la ciudad y por qué representa uno de los paisajes industriales más singulares de Castilla-La Mancha.
No basta con conservarlo.
Hay que saber contarlo.
Porque quien asciende hasta su cima no está contemplando únicamente un bonito mirador.
Está contemplando casi un siglo de historia.
La historia de miles de hombres y mujeres que hicieron de la minería su forma de vida.
La historia de una ciudad que aprendió a levantarse sobre el carbón.
La historia de una montaña que nació de las cenizas y que hoy simboliza la capacidad de Puertollano para reinventarse.
Mi sentimiento minero
No oculto que, al escribir estas líneas, existe también un componente profundamente personal. Estoy sentimentalmente condicionado por este asunto porque yo mismo fui minero, aunque en la minería de exterior. Pero, además, soy hijo de minero de interior y descendiente de una larga saga de hombres y mujeres que estuvieron vinculados a la minería. Quizá por eso yo, y tantos como yo por sus connotaciones mineras, miramos el Terri con unos ojos diferentes. No lo hago desde la nostalgia vacía, sino desde el convencimiento de que nuestra historia minera forma parte de la identidad de Puertollano y merece ser preservada, respetada y transmitida a las generaciones futuras.
Por eso, creo sinceramente que el Terri ya no pertenece al gobierno que impulsó su recuperación ni a quienes la criticaron. Pertenece a todos.
Y precisamente por eso todos tenemos la obligación de exigir que se conserve en las mejores condiciones posibles.
Porque los monumentos no se valoran por el dinero que costó construirlos.
Se valoran por el respeto que una sociedad demuestra hacia ellos con el paso del tiempo.
Y me atrevo a decir que el Terri no es únicamente una montaña.
Es, probablemente, el monumento más grande que tiene Puertollano dedicado a su memoria minera.
Sería imperdonable que aquello que sobrevivió durante casi un siglo al fuego, al humo, al esfuerzo de miles de trabajadores y a las profundas transformaciones de la ciudad terminara deteriorándose simplemente porque nosotros no supimos cuidarlo.
Ese sí sería un fracaso del que ningún puertollanero podría sentirse orgulloso.