Si uno observa la política municipal en Puertollano con un mínimo de distancia, la conclusión no es especialmente alentadora: ni el gobierno parece gobernar con rumbo, ni la oposición parece realmente preparada para sustituirlo. Y entre ambos, la ciudad queda atrapada en una especie de bucle improductivo.
El equipo de gobierno del Partido Popular ha convertido la fragilidad en norma. Gobernar sin mayoría no es una excusa —es una condición—, pero lo preocupante es cómo se gestiona: presupuestos sacados adelante con fórmulas de supervivencia, alianzas que duran lo que tarda en estallar la siguiente discrepancia, y una sensación constante de provisionalidad. No hay épica en resistir día a día; hay desgaste. Y Puertollano no necesita resistencia, necesita dirección.
Más allá de los números, el problema es político: cuesta identificar un proyecto de ciudad reconocible. Se habla de inversiones, de planes, de gestión… pero todo suena más a administración que a liderazgo. Como si el objetivo fuera que nada se desmorone, en lugar de que algo avance de verdad. En política local, esa diferencia lo es todo.
Y la oposición...
Pero sería cómodo —y falso— cargar toda la responsabilidad en el gobierno. La oposición, encabezada por el Partido Socialista Obrero Español y acompañada por Vox e Izquierda Unida, tampoco está para presumir. Su papel oscila entre la crítica previsible y el tacticismo de corto alcance. Denunciar es fácil; construir una alternativa creíble, bastante menos. Y en Puertollano, esa alternativa no termina de aparecer.
La fragmentación opositora no es solo aritmética, es estratégica. Cada grupo juega su propia partida, a veces más pendiente de marcar perfil que de articular una mayoría distinta. El resultado es una oposición que hace ruido, sí, pero que no genera expectativa de cambio. Y sin expectativa, la crítica pierde filo.
El episodio reciente de tensiones, acusaciones cruzadas y polémicas públicas —ya sea por presupuestos (PSOE), gestión de espacios como el cementerio (IU) o rupturas internas (VOX)— no hace sino reforzar una sensación incómoda: el debate político local está demasiado centrado en el desgaste del adversario y demasiado poco en el futuro de la ciudad.
Puertollano y la normalidad
Porque ese es el verdadero problema de fondo: Puertollano corre el riesgo de quedarse en una política de baja intensidad estratégica. Ni grandes errores catastróficos, ni grandes aciertos transformadores. Una especie de mediocridad funcional donde todo sigue, pero poco cambia.
Puertollano no está paralizado. Eso sería demasiado evidente. Está en algo más sutil: una normalidad gris donde nada explota, pero tampoco despega. Donde la ambición política parece haberse sustituido por la táctica, y el largo plazo por el siguiente pleno. Y claro, luego nos preguntamos por qué cuesta tanto ilusionar a la gente con la política.