Asesinado por no excarcelar presidiarios que se sumaron al golpe de Estado
Estas líneas no pretenden reivindicar nada, ni siquiera a un personaje -ya que no lo fue-. Obedecen a mi compromiso personal con un familiar que, como muchos otros de las “dos Españas” de 1936, fueron asesinados de forma brutal, cruel, sin la posibilidad de defensa, ni un mínimo gesto de clemencia…Antonio Julián Ortiz Arias, forma parte de mi propia historia, que no es nada importante, ni novedosa, tampoco especial, en todo caso común a la de tantos silenciados por el tiempo. Permitirme este recuerdo escrito, al fin y al cabo, lo es igualmente para los que cayeron víctimas de la intolerancia y la sinrazón… de la locura. Esa es mi única motivación.
La persistencia del recuerdo
Desde niño, en mi casa de las “309” de Puertollano, cuando salía por la radio o TVE el Generalísimo Franco, mis tías no paraban de insultos e improperios contra él. Espoleadas y heridas por el recuerdo gritaban: “Quita la radio (o la tele), ese canalla tiene la culpa de la muerte de nuestro padre”, “Él es el culpable de que no conozcas a tu abuelo”. En aquella temprana edad no podía captar la severidad y la carga despectiva de sus palabras y con cierta frecuencia oía las mismas exclamaciones hacia el caudillo.
Curiosamente -cosas del destino-, muchos años después tuve por compañera de estudios en Madrid a su nieta María del Mar Martínez-Bordiu Franco.
Su malestar estaba en la incívica, absurda y fratricida guerra civil española de 1936. Guerra que las dejó huérfanas de padre y en la que igualmente perdí a dos tíos.
Cuando tuve consciencia pregunté a mi familia el porqué de su animadversión hacia Franco, la respuesta siempre era la misma: “Lo sacaron unos fascistas de su despacho y allí en un patio lo mataron a tiros”. Aquello fue sobre el 20 de julio de 1936. Antonio Julián Ortiz Arias era entonces director de la Prisión Provincial de Córdoba. Funcionario de Instituciones Penitenciarias con la república, nació en Puertollano el 12 de febrero de 1881 y murió en Córdoba a principios del Alzamiento Nacional. Años antes de su muerte estuvo destinado en Ciudad Real como oficial de Prisiones. En el año 1934 se demolía por ruina la Prisión Provincial de Ciudad Real (situada frente a la Iglesia de San Pedro. Hoy Delegación de Hacienda. Antiguamente fue cárcel de la Inquisición. Las puertas se llevaron a la Ermita-santuario de Alarcos), por tal motivo mi abuelo fue destinado profesionalmente a Córdoba.
El escenario del crimen
Tiempo después me he seguido acordando de mi abuelo pues no me conformaba con la vaga información que tenía. De las pocas cosas que sabía quería cerciorarme del día fatídico de su muerte, de sus asesinos (expresidiarios reconvertidos en falangistas). Deseaba acallar algunas incógnitas y pregunté a algunos familiares, pero apenas nada me aclararon. Siempre me decían que fue un hombre bueno, que ayudaba a todo el mundo, que se negó a excarcelar a uno presos y que fue un error su muerte. Recurrí a las fuentes escritas y a través del historiador Francisco Alía Miranda, entre otros trabajos: “La Guerra Civil en retaguardia”. (Ciudad Real 1936-1939), me puso en contacto con la obra del historiador andaluz Francisco Moreno Gómez y sus libros: “La Guerra Civil en Córdoba 1936-1939” con prólogo de Tuñón de Lara y “Córdoba en la Posguerra -la represión, la guerrilla- 1936-1950” con prólogo de Paul Preston. En ellos buceé buscando alguna respuesta, pero mi decepción fue grande pues en las listas de víctimas que daba no aparecía su nombre. Este autor, contabilizó finalizando el año 1936 un mínimo de 2172 fallecidos violentamente que habían sucumbido en los paredones y extramuros de la ciudad. Los muertos de los primeros días figuraban sin nombre, sólo con un número. El 18 de julio de 1936 el coronel Ciriaco Cascajo declaraba el estado de guerra en Córdoba.
“El verdugo de Córdoba”
Fue la cabeza principal de la rebelión y era conocido -Ciriaco Cascajo- como “El verdugo de Córdoba”. Responsable de miles de fusilamientos desde su cargo de comandante militar de la plaza. Los primeros días de la sublevación de Franco, individuos amorales, violentos y vengativos se sumaron a la rebelión. Realmente nunca supe quienes cometieron aquel crimen contra mi abuelo, ni siquiera el día exacto y quienes integraban el grupo de facinerosos que envalentonados entraron en la Prisión Provincial de Córdoba y tras negarse mi abuelo a excarcelar a varios sujetos que estos le reclamaban lo sacaron de su despacho y le dispararon (¡él no metía ni sacaba a nadie de la cárcel sino un juez!). Releyendo los textos del historiador Francisco Moreno Gómez éste dice: “Las detenciones la llevaban a cabo fundamentalmente los falangistas que según el Doctor Carlos Zurita González-Vidarte, eran muy pocos en Córdoba al comenzar la guerra, pero se incrementaron vertiginosamente reclutándose entre rufianes y expresidiarios que tenían al funesto Velasco como jefe”. De “Luis Velasco Moreno, se conserva en la memoria colectiva de Córdoba por represor, verdugo y delator. Desalmado sin escrúpulos que fue expulsado del partido Comunista y de otras organizaciones de izquierda y se convirtió en furibundo falangista”. “El balance de la represión fue el exterminio de personalidades republicanas y del Frente Popular, así como del sector laico de la sociedad cordobesa, intelectuales liberales (médicos, maestros…) y por supuesto el aniquilamiento de las organizaciones obreras y partidos de izquierda, incluidas muchas personas apolíticas víctimas de odios personales”.
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Antonio Julián Ortiz Arias era hijo de Dionisio Ortiz Mozos (Puertollano 1857) y Josefa Arias Letrado (Argamasilla de Calatrava 1857) y nieto por línea paterna de Julián Ortiz Recuero (Puertollano hacia 1830) y Josefa Mozos Agudo (Puertollano hacia 1830) y por línea materna de Genaro Arias (Argamasilla de Calatrava hacía 1830) y Esperanza Letrado (Argamasilla de Calatrava hacia 1830). Vinculado a familias relacionadas con la ganadería como los Recuero ganaderos ya presentes en Puertollano en el siglo XV.
Fotos: José González Ortiz