Los pactos entre IU y el PP en el Valle de Alcudia y Sierra Madrona demuestran que, a veces, la política no es cuestión de principios sino de números.
En política hay una palabra que se invoca con frecuencia casi religiosa: coherencia. Se habla de coherencia ideológica como si fuera una virtud moral, una especie de columna vertebral que distingue a quienes defienden principios de quienes simplemente ocupan cargos.
Sin embargo, la práctica política —sobre todo la política local— tiene la mala costumbre de someter esas grandes palabras a pruebas bastante incómodas.
La comarca del Valle de Alcudia y Sierra Madrona lleva años ofreciendo un ejemplo particularmente interesante de ese fenómeno. Un pequeño laboratorio político donde la coherencia ideológica ha demostrado poseer propiedades físicas sorprendentes, muy parecidas a las de la goma elástica.
Los protagonistas de este experimento son bien conocidos: Izquierda Unida y el Partido Popular. Dos organizaciones que, según sus discursos oficiales, representan proyectos sociales incompatibles, visiones económicas enfrentadas y modelos de país condenados a combatirse entre sí.
Al menos en teoría. Porque la práctica, como suele ocurrir, ha demostrado que las fronteras ideológicas pueden volverse bastante más permeables cuando aparecen determinadas circunstancias políticas.
El origen de esta experiencia se remonta a 2007, en Cabezarrubias del Puerto. Aquel año el Partido Socialista ganó las elecciones municipales. Algo que, en principio, debería tener una consecuencia lógica en cualquier sistema democrático: la posibilidad de gobernar. Pero la política, afortunadamente para quienes disfrutan de la creatividad institucional, siempre ofrece caminos alternativos.
Y allí apareció una fórmula política de notable originalidad: Izquierda Unida y el Partido Popular uniendo sus votos para decidir la alcaldía.
Una ecuación que, vista desde fuera, tenía un cierto valor pedagógico. Demostraba que las ideologías, lejos de ser estructuras rígidas, pueden comportarse como materiales extraordinariamente flexibles. Se doblan, se pliegan, se adaptan a las circunstancias y, llegado el momento, pueden guardarse discretamente en un cajón mientras duran las negociaciones.
Aquello no fue un episodio aislado. Con el tiempo se convirtió en un precedente. El modelo se perfeccionó después en la Mancomunidad del Valle de Alcudia y Sierra Madrona, donde el Partido Popular apoyó la presidencia de Izquierda Unida. Un ejemplo notable de cooperación institucional entre adversarios políticos que, según sus discursos habituales, deberían encontrarse en extremos opuestos del tablero.
Pero quizá lo más interesante de todo este proceso no fue el pacto en sí. La política está llena de pactos, y en muchas ocasiones son incluso necesarios para garantizar la gobernabilidad.
Lo verdaderamente llamativo fue el contexto discursivo en el que se produjeron. Porque mientras estos acuerdos se materializaban, algunos de sus protagonistas seguían presentándose públicamente como guardianes de la pureza ideológica de la izquierda. Como defensores firmes de una línea política que, según explicaban, debía mantener una distancia infranqueable con la derecha.
La escena tenía algo de paradoja. Militantes antifascistas convencidos compartiendo estrategia política con la derecha tradicional mientras explicaban con absoluta seriedad que aquello respondía a un ejercicio de responsabilidad histórica. Es posible que estemos ante una corriente ideológica todavía poco estudiada por la ciencia política.
Algo que podríamos definir, con cierta precisión descriptiva, como marxismo de geometría variable. Una doctrina en la que la lucha contra la derecha constituye un principio irrenunciable… salvo cuando la derecha resulta útil para impedir que gobierne el PSOE. Desde un punto de vista académico, el experimento resulta fascinante.
Durante décadas se nos explicó que la línea que separa la izquierda de la derecha era una frontera ideológica clara, basada en modelos económicos, sociales y políticos profundamente distintos. Sin embargo, la experiencia del Valle de Alcudia y Sierra Madrona ha demostrado que, al menos en algunos lugares, esa frontera puede transformarse con notable rapidez en una cuestión puramente aritmética.
No es una cuestión de ideas. Es una cuestión de números.
Y también ha permitido comprobar algo que los observadores veteranos de la política conocen bien: quienes más hablan de principios suelen ser, con frecuencia, quienes mayor habilidad demuestran para administrarlos con flexibilidad cuando llega el momento de negociar.
A veces después de largas conversaciones. A veces después de comidas o cenas particularmente productivas. En esos contextos, la coherencia ideológica parece digerirse con sorprendente facilidad.
Tal vez por eso el principal legado de aquel experimento político iniciado en 2007 en Cabezarrubias del Puerto sea una enseñanza bastante sencilla.
Para algunos, la pureza ideológica no es una convicción. Es un recurso retórico. Y cuando la situación lo requiere, puede guardarse tranquilamente en el cajón.
Una elasticidad política tan notable que, vista desde fuera, ya no parece ideología. Parece goma elástica con carnet de izquierdas.