El derrumbe del relato: cuando el cinismo político queda al descubierto

Artículo de Opinión de Joaquín García-Cuevas

Durante meses, quienes hoy ocupan las más altas responsabilidades del Gobierno y sus socios parlamentarios se dedicaron a desacreditar, ridiculizar y deslegitimar cualquier información que pudiera comprometer al poder. No hubo prudencia. No hubo investigación previa. No hubo voluntad de esclarecer los hechos. Hubo negación, propaganda y una estrategia perfectamente diseñada para proteger un relato político que hoy hace aguas por todas partes.

La cuestión ya no es únicamente qué ocurrió en torno a las investigaciones que afectan a figuras relevantes del entorno socialista. La cuestión es qué hicieron aquellos dirigentes que, desde la comodidad de sus cargos institucionales, utilizaron el descrédito, la descalificación y el ataque político para impedir que la opinión pública pudiera conocer la verdad.

Sentencia del Tribunal Supremo sobre el caso mascarillas ha destruido definitivamente el relato oficial que durante años intentaron construir quienes hoy siguen sentados en el Gobierno y quienes continúan sosteniendo parlamentariamente a Pedro Sánchez.

Aquellos que en 2024 se erigían en guardianes de la ética pública, “ solo cabe recordar las hemerotecas del “Sr. Oscar López , Sra. Montero, Sr. Patxi López, Sr. Bolaños y Sr. P.S “ ( que inventada, que personaje) “, son hoy prisioneros de sus propias palabras. Cada declaración altiva, cada comparecencia arrogante y cada intento de ridiculizar las sospechas que posteriormente han acabado siendo objeto de procedimientos judiciales constituye ahora una prueba irrefutable de una realidad incómoda: el problema no era la denuncia; el problema era que la denuncia podía ser cierta.

Resulta imposible olvidar las intervenciones de quienes, desde el Gobierno y desde los partidos que sostienen a Pedro Sánchez, optaron por convertir la política en un ejercicio permanente de propaganda. En lugar de exigir transparencia, exigieron obediencia. En lugar de promover investigaciones, promovieron campañas de descrédito. En lugar de rendir cuentas, buscaron silenciar cualquier voz crítica.

La responsabilidad política no termina en quienes aparecen directamente vinculados a los escándalos. También alcanza a quienes, con pleno conocimiento de la gravedad de los hechos denunciados, decidieron actuar como escudos políticos de un sistema cada vez más cuestionado por la opinión pública.

Especialmente llamativa resulta la actitud de determinados dirigentes que construyeron su carrera política sobre supuestas lecciones de ética y regeneración democrática. Quienes prometían una nueva forma de hacer política acabaron ejerciendo exactamente los mismos mecanismos de defensa corporativa que durante años denunciaron en sus adversarios.

La hipocresía alcanza su máxima expresión cuando quienes exigían dimisiones inmediatas ante cualquier sospecha ajena ahora apelan a la prudencia, a los procedimientos o a interpretaciones interesadas cuando las sombras afectan a su propio espacio político. La doble vara de medir se ha convertido en una seña de identidad.

Y mientras tanto, Pedro Sánchez permanece como principal beneficiario político de una estructura de poder cuya supervivencia depende cada día más de la negación de evidencias incómodas y del respaldo incondicional de socios parlamentarios que parecen haber sustituido la fiscalización democrática por la mera conveniencia política.

El caso ya no trata únicamente de unas personas concretas. Trata de una forma de entender el poder. Trata de una cultura política donde la lealtad al líder parece situarse por encima de la rendición de cuentas. Trata de una maquinaria que durante años ha respondido a los escándalos no con transparencia, sino con ataques a jueces, periodistas, opositores y medios de comunicación.

Por eso la indignación ciudadana no nace únicamente de los hechos investigados. Nace de la sensación de que existen dirigentes que consideran que las reglas son distintas para ellos. Que la exigencia moral que aplican a los demás no debe aplicarse nunca a sí mismos.

La democracia no se degrada únicamente por los casos de corrupción o por las irregularidades que puedan producirse. Se degrada también cuando quienes gobiernan convierten el cinismo en método de actuación y la propaganda en herramienta de supervivencia.

España no necesita más discursos. Necesita responsabilidades. Necesita transparencia. Necesita dirigentes capaces de asumir las consecuencias políticas de sus actos. Y necesita, sobre todo, que quienes durante años han pedido ejemplaridad a los demás empiecen a aplicársela a sí mismos.

Porque cuando el poder utiliza las instituciones para protegerse en lugar de servir a los ciudadanos, el problema deja de ser un escándalo concreto y pasa a convertirse en una crisis de confianza democrática.