Rebelión pendiente: la sociedad que olvidó su propia crisis
En las últimas décadas, un sentimiento generalizado de “declive” ha permeado dentro de la sociedad occidental, percepción que encuentra respaldo en diversos datos objetivables, como pueden ser una desaceleración en el “crecimiento económico”, un aumento sustancial del “endeudamiento”, y una palpable “desintegración social y familiar”, lo que podríamos denominar como el “ocaso complaciente de Occidente”.
El Riesgo de los Modelos de la Sociedad Occidental
Estamos viviendo una época caracterizada por una marcada “pérdida de valores” tanto en el ámbito privado como en el público, lo que se correlaciona con un incremento de los hogares rotos y, consecuentemente, con una menor felicidad individual. Adicionalmente, la “cohesión social” se debilita, alimentando conflictos internos y una frustración creciente ante un sistema que se percibe ineficaz. Este panorama se ve agravado por un “empobrecimiento” real, a menudo camuflado por estadísticas oficiales. El ejemplo lo tenemos recientemente en España, donde el gobierno continuamente nos habla del gran crecimiento español comparado con nuestros vecinos europeos (la macro economía), y por otro lado la realidad del ciudadano de a pié, con un encarecimiento de la cesta de la compra de más de un 40% en los últimos 4 años, y su flagrante pérdida de poder adquisitivo. España va bien, pero los ciudadanos españoles vamos mucho peor.
De forma paralela, el “poder estatal y su burocracia” han crecido de manera desmedida, una expansión que ha mermado significativamente la “libertad personal” de los ciudadanos, la cual es notablemente inferior a la disfrutada hace apenas unas décadas.
Entre la abundancia y el abismo: el último acto de Occidente
El fondo de esta situación radica en que las sociedades occidentales están inmersas en una serie de “grandes modelos de prueba” no reconocidos como tales. Un experimento implica poner a prueba las propiedades de algo para evaluar su funcionamiento. El peligro reside en que no estamos evaluando estos cambios; los hemos adoptado como "progreso axiomático”, sin aplicar el sabio consejo de Churchill: «por muy hermosa que sea la estrategia, de vez en cuando habrá que observar sus resultados».
Un Primer Modelo: El Gigante Burocrático
El primero de estos Modelos es el ascenso del “Estado Gigante”. Lo que hoy se considera un tamaño estatal "normal" es, de hecho, una “anomalía histórica”. Si tomamos el gasto público como medida, notamos una expansión impactante. A inicios del siglo XIX, este gasto estaba entre el 5% al 7% del PIB en Occidente; a principios del siglo XX aún se mantenía alrededor el 10%. Hoy, el gasto público en Europa se acerca al “50% del PIB”, lo que significa que se ha multiplicado por diez en dos siglos.
Para financiar esta voracidad, se han implementado “impuestos permanentes” sobre la renta, un fenómeno históricamente reciente que acompaña al Estado Gigante. Al inicio, los tipos impositivos sobre la renta eran modestos (entre el 1% y el 7%); hoy, son habituales los tipos marginales del 50%, considerados "normales". Este “expolio fiscal” se extiende a una riada de impuestos directos e indirectos, diseñados para ocultar el nivel abusivo de la carga tributaria.
En España, por ejemplo, el trabajador promedio pierde cerca del “65% de lo que gana “en impuestos. El pretexto para justificar este gasto es el llamado “Estado de Bienestar”, rebautizado acertadamente como el «Estado Impositivo» o el "Estado Vampiro", por algunos pensadores. Si bien es un imperativo moral civilizado el cuidado de los más vulnerables (una minoría por definición), el concepto político del Estado de Bienestar persigue un fin distinto: “incrementar el poder de la clase política” bajo el manto de fines supuestamente benéficos.
Se trata de un “fraude” conceptual, que promete una seguridad ilusoria a cambio de algo muy tangible: “nuestra libertad”. La libertad, con su carga de responsabilidad, esfuerzo y asunción de consecuencias, puede generar miedo, un factor hábilmente explotado por la clase política. El expolio se disfraza bajo la falacia de la “redistribución de la riqueza”, un concepto que, en esencia, es una “redistribución de poder”, trasladándolo del individuo al Estado. La buena política, la de verdad, consiste en potenciar a la sociedad y debilitar al Estado, pero hemos actuado de forma totalmente opuesta.
Otros Modelos: Deuda e Inflación Oculta
Cuando los impuestos no son suficientes para ese “Estado Vampiro”, los políticos recurren a otro de los modelos, el “endeudamiento gigantesco” falsamente alardeado en nombre de los ciudadanos, y lo que es más gracioso sin su consentimiento. La deuda es como un espejismo, de esos que se ven en el desierto, y que permite consumir la riqueza futura; un "pan para hoy y hambre para mañana" que constituye una huida de la realidad y una injusticia hacia las generaciones venideras. Es una adicción que solo se cura con la dolorosa abstinencia.
Históricamente, el equilibrio presupuestario era la norma; a principios del siglo XX, la deuda pública oscilaba entre el 7% y el 10% del PIB. Hoy, en muchos países occidentales, esta cifra supera el 100% del PIB. El empleo público también ha pasado de ser minúsculo (entre el 3% y el 5% de la población activa hace un siglo) a un promedio del 19% en los países de la OCDE, solo tenemos que pensar en España con su estado actual de las autonomías, o en Europa con ese monstruo creado en Bruselas.
Un tercer modelo es lo que se llama “sistema de moneda fiduciaria”, que para no complicar mucho su explicación es lo que se instauró tras el fin de los acuerdos de Bretton Woods (ciudad estadounidense). Efectivamente, en dicha ciudad y en 1944 se establecieron las políticas económicas mundiales a través de un sistema monetario internacional, con un tipo de cambio sólido y estable fundado en el dominio del “dólar”, para lo que se adoptó un “patrón oro”, en el que Estados Unidos debía mantener el precio de dicho metal. Pero en 1971, lamentablemente este sistema se quebró a consecuencia de la guerra de Vietnam, cuando Estados Unidos imprimía y enviaba al exterior miles de millones de dólares para financiar dicha guerra. Fue en entonces cuando dicho país cortó la ligazón del dólar (lo que se denominó el “Nixon Shock”) e instauró el sistema que impera en la actualidad y que se denomina “dinero fiduciario”. Este sistema, con escasos precedentes históricos, permite al poder político (a través de los bancos centrales) “aumentar a voluntad la base monetaria”, otorgándose la potestad de “imprimir billetes a discreción” para cubrir un gasto público descontrolado.
Este sistema, aunque parezca inofensivo al inicio, invariablemente sucumbe a la fuerza destructiva de la “inflación”. Esta erosión lenta e implacable de las economías domésticas genera un empobrecimiento paulatino, donde los gastos (que aumentan al ritmo de la inflación real) crecen más rápido que los ingresos que, en el mejor de los casos, se ajustan a un Índice de Precios al Consumo cocinado y poco realista.
El silencio de las democracias cansadas
Los modelos políticos y económicos imperantes en Occidente —caracterizados por un Estado sobredimensionado, una carga impositiva excesiva, un endeudamiento público desmesurado y una inflación sostenida pero disimulada— constituyen los pilares de la actual decadencia estructural (un progreso convertido en ruina). Sin embargo, la ciudadanía, en gran medida ajena o insensible a esta realidad, permanece inmovilizada, adormecida por una maquinaria propagandística que desvía la atención hacia problemáticas secundarias. De este modo, se perpetúa una situación que, por sus propias condiciones, podría justificar el surgimiento de una profunda transformación social.