¿Está en peligro la supervivencia de España como nación?
A lo largo de la historia, grandes países y poderosos imperios han desaparecido de la faz de la Tierra y de la memoria de la humanidad. Sociedades que gozaban de una avanzada civilización cayeron en la barbarie, y pueblos que daban por sentada una vida normal amanecieron un día para descubrir, asombrados, que la ley y la justicia habían desaparecido y la libertad les había sido arrebatada
La España de hoy: una mirada a nuestro presente
La historia nos enseña que no podemos dar nada por sentado. El progreso económico o social de un país no es constante ni lineal, sino que está sometido a grandes cambios, la mayoría resultado de la acción humana. Nadie puede garantizar que nuestra vieja España continúe existiendo tal y como la conocemos, ni que mantenga las fronteras y la unidad que se consolidaron tras la unión de los reinos de Castilla y Aragón en 1469 y la conquista de Granada en 1492. Tampoco está asegurada la relativa paz, unidad y libertad de la que hoy disfrutamos.
La situación geopolítica mundial, marcada por conflictos armados, tensiones políticas y riesgos como el cambio climático, representa una amenaza real. Pero, más allá de los desafíos globales, los problemas internos son quizás los más manejables y, a la vez, los más preocupantes. El régimen surgido en 1978 muestra signos de agotamiento y está siendo debilitado por políticas que, lejos de fortalecerlo, lo erosionan día a día. España ha pasado de deslizarse suavemente cuesta abajo a ser empujada con rapidez hacia un precipicio institucional y social.
Hoy, valores fundamentales como la ley, la ética, la verdad, la justicia y el interés nacional parecen haber perdido peso. Los escándalos políticos se suceden sin descanso y no se duda en sacrificar los intereses nacionales o retorcer la Constitución, incluso con la complicidad de instituciones que deberían velar por su cumplimiento. La situación es tan grave que ya no resulta inimaginable que algo aún más serio pueda ocurrir. Cada vez más voces claman por un cambio drástico en las políticas y en la forma de gobernar, una demanda que se convierte en emergencia nacional ante la pasividad y la manipulación a la que se ve sometida la sociedad.
¿Y ahora qué? El reto de la regeneración
Resulta alarmante que esta situación, que podría desembocar en la crisis política más grave de la democracia, se haya normalizado en la sociedad. Más preocupante aún es que el principal partido de la oposición tampoco parece tener como objetivo revertir la demolición institucional: carece de agenda, de ideas y de principios que lo distingan de las políticas actuales. Cuestiones clave como el cambio climático, los impuestos, la deuda, la cultura del subsidio, el tamaño del Estado o la identidad nacional apenas forman parte del debate político real. El resultado es una falsa alternancia: unas veces gobierna el equipo rojo, otras el azul, pero las políticas de fondo apenas cambian.
Si finalmente se produce el cambio que las circunstancias demandan, pero no se derogan las leyes perniciosas ni se defienden ideas diferentes, ¿de qué servirá ese cambio? España necesita urgentemente un nuevo rumbo: blindar la independencia de las instituciones frente a la contaminación partidista, eliminar la compra de votos mediante prebendas, reducir el peso del Estado y la burocracia, y fomentar el bien común alrededor de una historia y unos valores compartidos, respetando siempre nuestras diferencias.
El destino de España está en nuestras manos
Nos encontramos en una encrucijada. El régimen del 78 está exhausto y los partidos han ocupado todas las instituciones. El Estado de las Autonomías ha resultado ser una bomba de relojería en el centro de nuestro sistema político. Los impuestos y las regulaciones sofocan nuestro potencial económico, mientras que una deuda pública gigantesca hipoteca a las futuras generaciones. Los jóvenes no encuentran oportunidades ni acceso a la vivienda, y se está gestando un conflicto generacional con los pensionistas. Incluso nuestra identidad nacional está en entredicho.
La pregunta es: ¿hasta cuándo aguantará la sociedad civil antes de decir “¡Basta ya!”? Debemos evitar que España siga el camino de otras civilizaciones que se autodestruyeron por sus rivalidades internas. España puede autodestruirse o renacer. Depende de nosotros, y ambas opciones están hoy sobre la mesa.