El verano se ha convertido en un escenario donde se representa la misma obra cada año, con los mismos personajes: los científicos que alertan, los medios que dramatizan y el público que observa con una mezcla de miedo y escepticismo. Los "mapas de colores" y los titulares alarmantes son los decorados de esta puesta en escena, y la función se repite sin cambios en el guion. Además, y muy recientemente, hasta los políticos aparecen en este teatro, clamando por un “pacto nacional”. La falta de novedad en el debate sobre el cambio climático se ha convertido en una pieza de propaganda, más que en un debate genuino.
El verano del 2025
En pleno apogeo del verano, se ha vuelto una costumbre leer artículos que, bajo un título evocador, abordan la cuestión del cambio climático. Es el contrapunto a la narrativa recurrente que emerge con cada ola de calor, una especie de ritual estival en el que el miedo se convierte en el protagonista. Se nos bombardea con imágenes de termómetros que baten récords, incendios incontrolables y la amenaza de nuevas plagas, todo ello presentado con una paleta de colores cada vez más alarmante en los mapas de las noticias. El azul y el naranja han cedido paso a una gama de rojos intensos que, en su punto más oscuro, casi rozan el marrón.
Incluso el mar se ve envuelto en esta dramatización. Los medios insisten en que el Mediterráneo está a punto de ebullición. Sin embargo, la realidad de medir la temperatura de un cuerpo de agua tan vasto y dinámico es mucho más compleja. De hecho, los datos del sistema de boyas Argo, que lleva dos décadas en funcionamiento, sugieren un calentamiento del Mediterráneo de apenas 0,04°C al año en sus primeros 700 metros de profundidad. Con esa progresión, en una década el aumento sería de 0,4°C, una variación prácticamente indetectable para los seres vivos que lo habitan, incluidos los humanos. Así que, sin dudarlo, es momento de disfrutar de un buen baño.
La otra cara de la moneda
Este año ha sido particularmente complicado para la narrativa del alarmismo climático. El apagón de abril demostró la vulnerabilidad de depender en exceso de energías renovables, que son intermitentes y a menudo costosas e inestables. Además, la sequía, uno de los eslóganes favoritos de esta ideología, terminó de manera inesperada con lluvias que los pronósticos no pudieron prever. Tan solo en marzo, se registraron las mayores precipitaciones para ese mes desde 1961.
Existen estudios recientes que ofrecen una perspectiva diferente. Un análisis paleoclimático, por ejemplo, ha revelado que en el Holoceno preindustrial, gran parte de Europa gozaba de un clima más templado y húmedo que el actual, atribuyendo estas variaciones a factores como la radiación solar. Este aspecto es a menudo minimizado por quienes se centran exclusivamente en el dióxido de carbono (CO2), un gas que, además de ser esencial para la vida en el planeta, actúa como un fertilizante natural que potencia el crecimiento de las plantas. Se estima que por cada 100 ppm de aumento en la concentración de CO2, la producción de alimentos vegetales se incrementa en un 40%.
Incluso en Groenlandia, el Instituto Meteorológico Danés ha reportado que las temperaturas en la zona oeste de la isla son muy similares a las que se registraban hace casi un siglo. Y en el Ártico, un estudio reciente ha señalado que la pérdida de hielo marino se ha ralentizado notablemente en las últimas dos décadas, sin una disminución estadísticamente significativa desde 2005.
La visión de los expertos
La predicción climática, un campo lleno de incertidumbre, fue abordada hace décadas por Ignacio Font, un destacado meteorólogo que llegó a dirigir el Instituto Nacional de Meteorología. Font ya advertía sobre la complejidad de este problema, señalando la ineficacia de los modelos matemáticos para realizar proyecciones a largo plazo. Su escepticismo, considerado en su momento como una postura ortodoxa, sigue resonando en la actualidad.
De hecho, expertos contemporáneos como Richard Lindzen del MIT y William Happer de Princeton, comparten las mismas preocupaciones. En un artículo de 2023, critican la política de cero emisiones de CO2, tildándola de "desastrosa", ya que afectaría la producción de alimentos y la disponibilidad de energía confiable y asequible. Ambos coinciden con Font en que los modelos climáticos, a menudo presentados como infalibles, fracasan al ser contrastados con las observaciones reales. Curiosamente, señalan que los modelos más recientes son aún más inciertos que sus predecesores.
La evidencia paleoclimática también arroja luz sobre el papel del CO2. Los registros indican que su concentración actual es una de las más bajas de los últimos 600 millones de años, y que en el pasado ha habido periodos con temperaturas altas y bajas concentraciones de este gas. A lo largo de la historia de la Tierra, se ha observado que el aumento de la temperatura a menudo precede al aumento de CO2 en unos 800 años, lo que sugiere una correlación inversa a la que habitualmente se publicita. Por lo tanto, no hay datos que respalden la idea de que el CO2 sea el principal controlador del clima del planeta.
Finalmente, tanto Font como Lindzen y Happer coinciden en que un eventual calentamiento global sería leve y podría ser beneficioso. La historia nos enseña que los períodos más cálidos han sido, en general, positivos para la humanidad. Además, el fenómeno de la "saturación del CO2" sugiere que, a partir de cierta concentración, su efecto como gas de efecto invernadero se atenúa, lo que explica por qué las temperaturas no fueron catastróficamente altas en épocas con concentraciones de CO2 hasta 20 veces superiores a las actuales.
El otro frente de los incendios: el abandono del campo
El discurso dominante sobre los incendios forestales se centra casi exclusivamente en el calentamiento global. Sin embargo, en España, la realidad en el terreno es mucho más compleja y está íntimamente ligada al abandono del mundo rural. El éxodo masivo de la población hacia las ciudades ha dejado un campo cada vez más despoblado y sin la gestión tradicional que lo mantenía limpio.
Décadas atrás, actividades como la agricultura, la ganadería extensiva y el pastoreo actuaban como una silvicultura preventiva natural. Los rebaños de ovejas y cabras limpiaban el monte de matorral y pastos secos, y los agricultores desbrozaban los lindes de sus campos. La desaparición de esta actividad tradicional ha transformado el paisaje: los bosques, ahora sin control ni mantenimiento, acumulan una enorme cantidad de biomasa y vegetación seca que se convierte en el combustible perfecto para los grandes incendios.
A esto se suma la falta de políticas de prevención eficaces, tanto a nivel nacional como europeo. Mientras una gran parte de los recursos se destina a la extinción, la inversión en prevención es mínima. A pesar de que los estudios señalan que el abandono del campo es un factor clave, las políticas de la Unión Europea a menudo no incentivan la gestión forestal sostenible ni apoyan la vuelta de actividades económicas a las zonas rurales. Los fondos europeos, en ocasiones, no se movilizan de forma estratégica hacia las áreas de mayor riesgo.
En lugar de ser un problema puramente meteorológico, los grandes incendios en España son, en gran medida, un problema de gestión del territorio, de despoblación y de falta de una estrategia integral que reconozca que la vida en el campo no solo es vital para su supervivencia, sino también para la protección de nuestros ecosistemas. Es un recordatorio de que la naturaleza no se gestiona sola y que las soluciones no vendrán únicamente de la mano de los modelos climáticos, sino de políticas que devuelvan la vida y el cuidado a las zonas rurales.
Conclusión
El clima, un sistema complejo y multifactorial, compuesto por la interacción de fluidos turbulentos (la atmósfera y los océanos) en un planeta en rotación calentado por el sol, es un problema que escapa a las simplificaciones. Mientras tanto, podemos disfrutar del calor del verano, de los coches de combustión con autonomía garantizada, y eso sí, intentemos evitar por ahora las barbacoas al aire libre en días calurosos.