El infierno de lo igual

Artículo de Opinión de Javier Holgado

La expresión que da título a este artículo pertenece al filósofo germano-coreano Byung-Chul Han, reciente Premio Princesa de Asturias, y sirve para enmarcar la reflexión que aquí propongo: una mirada crítica al momento histórico, político y moral que atraviesa España.

Un presente incierto

La historia enseña que nada está garantizado. El progreso económico o social no sigue una línea ascendente y constante: depende de decisiones humanas, a menudo erráticas o irresponsables. Nadie puede asegurar que nuestra vieja España —ni siquiera el mundo tal como lo conocemos— vaya a seguir existiendo en su forma actual. Tampoco está garantizada la paz, la unidad o la libertad que creemos disfrutar; libertades que, como advierte Han, muchas veces son solo una apariencia.

Vivimos en un escenario internacional marcado por conflictos, tensiones y amenazas. Pero más allá de lo global, lo verdaderamente inquietante son los problemas internos, aquellos que afectan directamente a la estabilidad institucional y moral del país.

España ante el desgaste del 78

El régimen nacido en 1978 muestra claros signos de agotamiento. Las políticas recientes, lejos de fortalecerlo, lo han ido erosionando día a día. España ha pasado de deslizarse lentamente cuesta abajo a precipitarse hacia un abismo institucional y social.

Principios fundamentales como la ley, la ética, la verdad o la justicia parecen haber perdido su peso específico. Los escándalos políticos se suceden sin pausa, los intereses nacionales se sacrifican en nombre de cálculos partidistas, y la Constitución se retuerce con la complicidad de quienes deberían protegerla. La gravedad es tal que ya no parece descabellado imaginar escenarios más graves aún.

Incluso voces dentro del propio espectro progresista empiezan a pedir un cambio de rumbo, aunque sea de forma retórica o estratégica. Sin embargo, más que una consigna partidista, el cambio es hoy una emergencia nacional, ante la pasividad y la manipulación que adormecen a buena parte de la sociedad.

La política del espejismo

Quizá lo más alarmante no sea la crisis en sí, sino su normalización. La sociedad parece haberse habituado al deterioro político e institucional. Y lo peor: el principal partido de la oposición no ofrece una alternativa real. Falta visión, ideas y principios que marquen distancia con el oficialismo.

Temas esenciales —fiscalidad, deuda pública, tamaño del Estado, vivienda, inmigración, identidad nacional— han desaparecido del debate. Lo que queda es una falsa alternancia: unas veces gobiernan los “rojos”, otras los “azules”, pero las políticas de fondo apenas cambian. Ese es, precisamente, el infierno de lo igual.

Si el cambio llega, pero sin modificar las leyes dañinas ni ofrecer ideas nuevas, ¿de qué servirá? España necesita una transformación profunda: instituciones independientes, fin de la compra de votos a cambio de prevendas, reducción del peso del Estado, menos burocracia y un proyecto nacional basado en valores compartidos y respeto a la diversidad.

La expulsión de lo distinto

Pero ¿respetar las diferencias es posible en el clima actual? Basta observar el panorama político: afrentas, insultos, descalificaciones. Ante cada problema, la respuesta es señalar los errores del adversario. Las redes sociales amplifican ese ruido, convirtiéndose en una batalla permanente entre bandos. ¿Qué ganamos con ello?

Byung-Chul Han denomina a este fenómeno la “expulsión de lo distinto”. En efecto, mientras el régimen del 78 agoniza, los partidos colonizan las instituciones, las autonomías amenazan la cohesión nacional, la fiscalidad asfixia la economía, la deuda pública se dispara y los jóvenes carecen de vivienda u oportunidades, seguimos lanzándonos los trastos a la cabeza. Es “la ausencia del otro”, el rechazo a escuchar, una ciudadanía anestesiada por la sociedad del dopaje que se distrae con conflictos menores mientras se hunden los cimientos del país.

¿Hay esperanza?

Las condiciones actuales podrían propiciar una transformación profunda —o incluso, en otro tiempo, una revolución—. La inflación, el encarecimiento de la vida, la desigualdad creciente y la desesperanza juvenil son síntomas de una sociedad al límite. Pero hoy, atrapados en la sociedad del rendimiento y el culto al yo, parece difícil imaginar una respuesta colectiva que cambie el rumbo.

La historia es clara: civilizaciones enteras, poderosas y cultas, desaparecieron por su división interna y su ceguera moral. España puede seguir ese camino o reinventarse. La elección está en nuestras manos. Aún estamos a tiempo de decidir si queremos seguir viviendo en “el infierno de lo igual”… o atrevernos a “ser distintos”.