Anoche me costó conciliar el sueño. Sin aviso, trascendía la noticia y de unos a otros comenzaban a circular los mensajes llenos de incredulidad y de pesar. Era como una pesadilla en la que no dábamos crédito a lo que estaba ocurriendo. No podía ser verdad; la historia del Colegio San José estaba sentenciada a muerte.
Más de cincuenta años de trabajo, de esfuerzo de la comunidad educativa y del propio barrio, se ponían en la piqueta y unos señores, que hacen de la Educación negocio, traicionaban a todos los que hemos pasado por sus aulas, y por supuesto, a los que todavía permanecen en ellas, soñando con ser sobre todo buenas personas.
Porque sí, el Colegio San José ha sido cuna de grandes profesionales, pero por encima de cualquier cosa, siempre han estado los valores que hemos recibido entre sus paredes. El colegio ha sido parte de la historia del propio barrio de “Las Trescientas”, imposible de comprender sin recurrir a él, a esos niños que daban vida en los recreos a sus calles, a ese jardín Pedro Poveda que se reconstruyó con sentido propio, como una extensión del aulario y que sentimos tan nuestro.
No hablo como padre afectado, porque no tengo hijos; pero siento el dolor como antiguo alumno y como amigo de aquellos compañeros que crecieron conmigo año tras año y curso tras curso, y que hoy acompañan a sus hijos para que crezcan donde lo hicieron ellos. Muchos seguimos manteniendo la relación de amistad vía whatsapp, sin importar los kilómetros que nos separan, porque hay algo más importante que el destino, y son las raíces con las que crecimos y que nos hacen seguir reconociéndonos tanto tiempo después, orgullosos de ser las personas que somos.
El Colegio San José siempre ha sido parte de la familia y a todos los que pasamos por allí nos dejó la impronta que siempre nos ha obligado a volver. Sin ir más lejos, hace unos meses acompañaba a los alumnos de la ESO en una mañana que recuerdo llena de cariño para hablar de medios de comunicación y de periodismo, ese veneno que emergió en sus clases.
Años atrás los antiguos alumnos nos reencontrábamos para recorrer de nuevo los pasillos de nuestro cole y mientras tanto, siempre han estado los momentos y los recuerdos de una infancia que fue feliz para todos nosotros y en la que tanto tuvo que ver San José, con su emblema tan característico, sus camisetas verdes de fútbol sala o sus excursiones por Andalucía, Madrid o Asturias, que fueron la forma en que empezamos a descubrir el mundo.
Anoche me acordaba de mis compañeros, de mis profesores, de Don Jesús, el gran impulsor de este colegio que tanto ha dado a Puertollano y que acaba de recibir una puñalada trapera, por la espalda, obligando a un traslado que nadie ha pedido y que nadie entiende, salvo la empresa que hace las cuentas. No ha habido alternativa, no ha habido un proyecto, no ha habido nada que hiciese presagiar esta traición que duele como lo hacen las cosas irremediables.
Cuando en 2019 la Fundación Educación y Evangelio se hacía con la titularidad del Centro, muchos sospechábamos lo que podía pasar, aunque nos aferrábamos a la historia para pensar que era imposible este desenlace que no ha tardado en aparecer. En estos tiempos, donde se habla de salud mental, donde se pone el foco en el desarrollo social de los niños, ¿alguien ha pensado en ellos?
Ayer hubo llantos en la presentación del nuevo curso, que parece será el último; hubo muchos padres y profesionales preocupados, viendo como sus planes de futuro cambiaban de golpe. Nadie quiere irse, pero hay una empresa que empuja y obliga. No concibo el barrio sin el colegio. No concibo no volver a ver a mis compañeros en las que fueron nuestras clases. Ojalá que alguien empatice y permanezca abierto nuestro colegio, porque después de algunas horas, sé de buena tinta que muchos padres decidirán para sus hijos alternativas educativas distintas a la de aceptar con la cabeza gacha ir a donde se les obliga.
Educar nunca debería ser un negocio y si lo es, la institución debería hacerla viable sin afectar a quienes confían en su proyecto; sin matar la historia por unos cuántos ceros de más. Es inadmisible que Puertollano pierda al que ha sido uno de sus colegios de referencia sin que el pueblo diga algo.