Puertollano: Derecho de huelga, represión y revoluciones

Artículo de Opinión de Guillermo Dorado

Esta semana (no) nos ha sorprendido la detención de 16 trabajadores que participaron en la huelga de Puertollano que tuvo lugar en los días 4 y 5 de noviembre. Las reivindicaciones laborales están siendo perseguidas y deslustradas para hacerlas fracasar, además de ir preparando el caldo de cultivo para mayores recortes. Ese es uno de los motivos, entre otros, por los que avanzan la precariedad, la explotación, la falta de tiempo libre, así como la falta de conciliación familiar y laboral. No solo la desmovilización de los trabajadores, sino que también el miedo a las consecuencias se materializa en un espantapájaros del que huyen los derechos laborales. En esta tarea, se suma el Estado que anda muy lejos del comunismo con el que tachan al actual gobierno, a pesar de su afán por desgranar derechos laborales. 

La huelga de Puertollano no fue más que un síntoma del sistema que, como ya sabemos, no solo está fallando, sino que es lo que se busca para llevar a cabo la “doctrina del shock” que tan bien explicó Naomi Klein en su obra homónima. Dado que este síntoma puede convertirse en una epidemia es conveniente llevar a cabo medidas policiales que no solo reafirman el Estado, su modelo económico y su ideología hegemónica, sino que prevengan posibles brotes en el cuerpo social. Si bien, los trabajadores consiguieron un resultado que podríamos calificar como “exitoso” dentro del marco legal y laboral al que se estaban enfrentando, las consecuencias debían ser “ejemplares” para debilitar la fuerza de los trabajadores en la próxima embestida.

La lectura positiva de esta lección la podemos hacer señalando las “mentiras” del capitalismo; ese mantra que estamos escuchando constantemente de que uno solo se hace rico trabajando, pero que choca con las contradicciones patente y manifiesta del empleador que solo quiere pagar al trabajador lo mínimo para sacar el máximo beneficio y que este pueda continuar su tarea sin morirse a pesar del esfuerzo que haga trabajando. Y no solo eso: también que el sistema se opondrá a cualquier mejora por defecto, dejando al pueblo con menos cobertura al mismo tiempo que tiene menor poder adquisitivo, favoreciendo una desigualdad cada vez mayor mientras se pregona que, para salir del sistema, debes monetizar tu tiempo libre, debes esperar el milagro dinerario para poder vivir. Debes emplear tus fuerzas fuera, incluso, del propio trabajo.

Las protestas a través de la huelga no solo sirven para reivindicar mejoras laborales. Ayudan a mostrar que el sistema está fallando y dónde deben articularse los cambios. Ayudan a ver cómo el Estado afronta el desafío: ¿con medidas policiales represivas y disuasorias o entablando una mesa de diálogo donde se posicione con la parte más débil y, por tanto, más vulnerable?

Acciones como la detención de 16 trabajadores con nombres y apellidos a los que fueron a buscar a su centro de trabajo funcionan, a veces, como el detonante del despertar. Los viejos soñadores socialdemócratas no encuentran argumentos para seguir justificando la pesadilla colectiva en la que nos hemos despertado. Un ataque como los que se llevan perpetrando desde hace años contra el derecho de protesta. Al derecho de vivir dignamente. A perpetuar las relaciones de explotación y opresión que aparecen diariamente en todas sus formas de expresión. 

Sin embargo, es preciso advertir de los límites que tiene el derecho de huelga y las protestas cuando se quedan en las reivindicaciones iniciales. No se trata solo de conseguir mejoras laborales, debe entenderse como una forma de desarrollar una estrategia política a medio y largo plazo que contemple otras vías de mejora y libertad, que contemple la continuidad una vez finalizados los primeros choques. De nuevo, el sistema se ha cobrado 16 víctimas en el contraataque. 

Esto debe servirle al trabajador como una lección (más). No se pueden quedar en las meras reformas superficiales, sino que los objetivos deben ser mucho más radicales, como diría el filósofo Slavoj Žižek. 

En este sentido, por supuesto estas medidas van encaminadas a poner término a la epidemia de las huelgas de trabajadores que pueden producirse, invocando pretextos que no acaban por legitimar las acciones de la justicia. Más bien, las medidas policiales parecen encaminadas hacia la aserción monótona del poder, así como a la reafirmación de las instituciones de Estado, como identificó en muchas ocasiones el filósofo Michel Foucault. El abaratamiento del despido, la práctica eliminación de los salarios de tramitación, la facilitación del despido objetivo son indicios de una tendencia. Una tendencia por la cual suben los precios de la vivienda, de la cesta de la compra, de la precarización y de la desigualdad que muestra distintas caras de una misma problemática.

A pesar de todo, podemos concluir que lo cierto y verdad es que tratar de acallar las huelgas que, de momento, son pequeños focos a base de miedo es intentar acallar a una masa hambrienta e insatisfecha, una tarea hercúlea. No porque los enemigos sean cuatro rojillos desarrapados, sino porque es ir en contra de la historia, de la emancipación y de la libertad social.

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