Desde mi otero
Cuentan los más estudiosos en esto del negocio bancario, que fue en Barcelona donde surgió la banca privada. Allá por el año 1300 las Cortes regularon el negocio y se fijaron cuantos derechos, obligaciones y atribuciones afectaban al banquero.
De tal manera, cualquier banquero que se encontrase en situación de quiebra se ponía en conocimiento de toda la ciudad a través del vocero público, a falta de redes sociales, que le habían otorgado el nefasto título de infame y se le imponía la dieta a base de pan y agua en tanto no devolviera a sus acreedores hasta la última moneda. Si en el plazo de un año no estaba resuelto el conflicto pasaban del pan y agua a la desagradable puesta en marcha de decapitarlos.
Eso era velar de forma efectiva por los intereses y los derechos de los ciudadanos depositantes de sus ahorros. Lo demás, zarandajas.
El asunto funcionó bien al principio de los tiempos, pero no tardaron en aparecer las actuaciones fraudulentas, canallescas y depredadoras, así que, hubo que volver a modificar la regulación endureciendo aún más las necedades de quienes pretendían hacerse ricos a costa del sacrificio y el ahorro de los demás. Muchos consiguieron huir con los bolsillos repletos del vil metal, más otros, lo pagaron caro. Con su vida.
A la vista de que la cosa bancaria empezaba a gozar de escasa confianza, pues los banqueros ponían mil pretextos a la hora de devolverles a sus clientes los depósitos y coincidiendo con el desarrollo económico y financiero de la ciudad provocó la aparición de un banco público, la Taula de Canvi, considerado como el primer banco público del mundo.
También cuentan que un tal Francesch Castello, una vez hubo consumido cantidades ingentes de pan y agua a lo largo del año, fue decapitado en la misma puerta de su banco en cumplimiento de la ley. Qué mala manera de perder la cabeza. No tenemos noticias si fue pionero de tan siniestro espectáculo y si le siguieron algunos más; podríamos pensar que a la vista de cómo llevaban a la práctica la aplicación de la ley no creo que la lista fuera muy extensa.
Me viene a la memoria, qué coincidencia, aquellos sesenta mil milloncejos de euros que algunas entidades bancarias nos deben a todos los españoles, acreedores, que salieron del erario público para su rescate y que a pesar de haber obtenido beneficios poco tiempo después, seguimos esperando su retorno a las cuentas públicas. Eso sí, no se han tomado las molestias de ponernos mil pretextos. Silencio sepulcral.
Es ficción, pero ¿se imaginan por un momento aplicarles la ley del año 1321? La cantidad de voceros públicos que tendría que contratar el Estado. Y multiplicar los panes y el agua. Y…