Desde mi otero
Si les digo el nombre de John Jacob Astor, seguramente a la mayoría no les sonará. Ostenta el título de ser el primer millonario de EEUU. No es cualquier cosa ser pionero en lo que a posteriori sería un modelo de país capitalista.
Inmigrante alemán (nació en la ciudad de Walldorf) que desembarcó en América allá por el siglo XVIII, iniciándose en el mercado de las pieles acumuló tal riqueza que su poder financiero le convirtió en uno de los personajes más influyentes del mundo.
Sus comienzos en la carnicería que regentaba su padre en Alemania, siendo adolescente, no fue óbice para tomar la decisión de marcharse a Londres a probar más suerte en aquella que dirigía su hermano mayor. Con los pequeños ahorros que generó se introdujo en el negocio de las pieles aprovechando su relación con un comerciante y puso rumbo a EEUU. Compraba las pieles a los nativos y él mismo las preparaba para revenderlas en Londres, obteniendo grandes beneficios.
El siguiente paso empresarial fue establecer su propia tienda y aprovechando el Tratado firmado entre EEUU e Inglaterra que facilitaba la apertura de mercados en Canadá, consigue ventajosos contratos creando un revolucionario sistema de envío entre Montreal, Nueva York y Europa lo que le convierte también en el pionero de grandes canales de distribución. Su gran capacidad gestora posibilitó que en poco tiempo fuera poseedor de una fortuna de 250000 dólares.
Como el negocio de pieles goza de gran esplendor, interviene la mano política y el Congreso de los EEUU aprueba una ley proteccionista en la que se prohíbe a los comerciantes extranjeros negociar en el país. Astor, ya era norteamericano. En sus manos duerme el monopolio, dinero llama a dinero. En ese contexto, sus barcos surcan allende los mares y siguen añadiendo ceros a su fortuna. La guinda la pone negociando con China el opio, pieles, té y sándalo.
Un pasito más, el sector inmobiliario. Otra ganga, propio de una persona ambiciosa y calculadora, sin dejar de reconocer su visión e inteligencia para estos menesteres. El objetivo era adquirir viviendas y terrenos a precios irrisorios aprovechando las dificultades de los propietarios y centrarse en la construcción de Nueva York (Manhattan) poniendo manos a la obra, es un referir porque lo que se dice construir no construyó nada, en la venta de los terrenos revalorizados infinitamente. Especulación pura y dura.
En los últimos años de su vida se dedicó a vivir de las rentas, sabia decisión, y se convirtió en uno de los grandes mecenas de la cultura, de hecho, a él se debe lo que posteriormente acabó siendo la Biblioteca de N. York. Muy meritorio y digno de reconocimiento.
Cuando le llegó la hora de entregar el alma a quien correspondiera contaba con una fortuna de 20 millones de dólares, lo que hoy vendría a ser unos 120000 millones, además de representar el 0,9% del PIB de Estados Unidos, que no era cosa menor.
En su honor quedan calles, parques y barrios en varias ciudades americanas.
Fue su bisnieto John Jacob Astor IV quien heredó su talento, visión e iniciativa empresarial. A modo de curiosidad, mandó construir el hotel newyorkino de super lujo Walldorf Astoria, en honor del lugar de nacimiento y apellido de su antepasado. Hotel cinematográfico por excelencia, donde Donald Trump tiene un cameo en la película “Solo en casa 2”. Se empieza por un cameo como quien no quiere la cosa y se termina de presidente de la nación más poderosa del mundo. Sorpresas que da la vida, como dice la canción.
La vida del bisnieto no dio para mucho, ya que fue uno de los fallecidos en el siniestro viaje del Titanic mientras disfrutaba de su luna de miel. Como no podía de ser otra forma, era el más rico de los pasajeros, en este caso su fortuna no le sirvió de mucho. Aunque algunos quieran comprar años de vida y en última instancia el mismísimo cielo, los ricos también mueren.