Desde mi otero

Félix Calle
Artículo de Opinión de Félix Calle, doctor en Economía y Empresa

Mis abuelas no sabían leer ni escribir. Eran analfabetas, no porque hubieran puesto interés alguno en serlo, simplemente que en los tiempos que les tocó vivir no estaba previsto que pudieran pisar, ni por equivocación, un solo palmo de la escuela. Condenadas a la ignorancia, eran sus condiciones de vida. 

En el momento de nacer ya estaban destinadas a las tareas domésticas, cuidado del marido, hijos, abuelos e incluso elaborarse algún que otro alimento como el pan, sin descartar las tareas en el campo, aunque fuera de manera puntual y/o estacional. Nacieron substancialmente pobres. Nacieron con el rol de género bajo el brazo, imperante un severo sistema patriarcal.

A pesar de la situación, organizaban, gestionaban y administraban con absoluta pulcritud el asunto pecuniario, sin presupuesto previo, nadie les garantizaba un ingreso mínimo con el que planificar los gastos, era el día a día y con eso a romperse la cabeza para poder salir adelante y sufrir las mínimas carencias existenciales, que no fueron pocas. Miseria crónica. Inteligencia infinita.

No disponían de ordenador, tablet, calculadora, excell, programas estadísticos, ni formulación alguna, pero sacaban sus casas adelante con rigor presupuestario. Una de ellas tuvo siete hijos/as y me contaba mi madre, su hija, que el único que pudo estudiar fue su hijo menor y había momentos que lloraba por las esquinas porque no podía comprar un libro que este necesitaba para continuar con sus estudios. 

Y ahora venimos los Licenciados y Doctores en Economía presumiendo de haber adquirido amplios conocimientos de la materia, descubriendo no sé cuántas formulaciones empíricas. Ellas sí que eran auténticas economistas inmersas en la extrema escasez. Su trabajo y protagonismo no han sido reconocidos nunca, permanecen invisibles, pero geniales. Por eso, en estas pocas líneas les quiero rendir un pequeño homenaje. 

Ah, los políticos gestores del erario público que también aprendan algo de ellas. Qué menos un mínimo de rigor, sensatez y justa distribución, que ellos sí han podido estudiar y disponen de todos los medios a su alcance, aunque dudo les puedan llegar a la suela de los zapatos aun viviendo cien años tirando con pólvora de rey. Sin miseria crónica. Sin inteligencia infinita.