Desde mi otero

Artículo de Opinión de Félix Calle, doctor en Economía y Empresa

¿Sabían que España fue uno de los mayores productores y exportadores de fosfatos del mundo?

 Ello fue posible gracias al descubrimiento de este mineral de excelente calidad por un geólogo español, Manuel Alía Medina, en la zona marroquí de Bucraa, lo que permitió constituir una empresa pública, Fosfatos de Bucraa, S.A., allá por el año 1969 y situar a España en el mercado internacional como pieza clave.

Sus comienzos no fueron nada fáciles, especialmente por el desembolso que suponía la inversión, así que nos quisimos asociar con EEUU quienes declinaron la “invitación” porque ya eran junto a Marruecos líderes mundiales en este material. Marruecos, hoy, controla las mayores reservas de fosfatos, material esencial para poder producir fertilizantes para cultivos y, por consiguiente, con incidencia directa en la industria de la alimentación. Tengamos en cuenta que se prevé en los próximos años un aumento de las necesidades de víveres a nivel mundial y no produce extrañeza alguna cuando comprobamos que las exportaciones marroquíes en 2020 tuvieron un valor de 170 millones de dólares pasando en 2021 a unos 350 millones de dólares. De momento, la extracción marroquí se exporta en bruto, sin tratar, aunque se están planteando actualmente la construcción de una planta de tratamiento en territorio ocupado, claro, para disparar el beneficio. Oro sahariano para el Estado alauita.

Entre tantas idas y venidas con el problema de la financiación encima de la mesa, no fue hasta 1971 cuando se acometieron todos los trabajos de instalaciones productivas y llevar a la práctica los proyectos que hasta entonces se encontraban archivados en modo espera. A partir de 1973 la capacidad de producción fue en aumento de manera extraordinaria.

No tardaron en aparecer los problemas. Cuenta el profesor J.M. Martínez Milán (Universidad de las Palmas de G.C) que Carlos Arias Navarro, sucesor de Carrero Blanco, tenía previsto elaborar un estatuto de autonomía para el Sahara con el entendible propósito de prolongar lo máximo la presencia española en el territorio. La presión marroquí no se hizo esperar y Hassán II inició una cruzada diplomática a nivel internacional para defender sus intereses y de paso anexionarse el territorio. La jugada le salió redonda con el beneplácito de EEUU y Francia. Así que España cedió el suelo del Sahara Occidental a Marruecos aunque mantenía su accionariado en la empresa. La cesión del suelo desembocó en un conflicto armado con el Frente Polisario, quienes fueron reconocidos por muchos gobiernos y, además, su ingreso como miembro de pleno derecho de la Unión Africana. Este conflicto junto a la caída de la cotización del fosfato y por tanto la paralización de la actividad minera marcó durante varios años el devenir empresarial.

La nueva situación condujo a sucesivos atentados llevados a cabo por el Frente Polisario provocando la desbandada general de los trabajadores españoles, casi todos ellos de Canarias. La ofensiva se llevó por delante las instalaciones, como la cinta transportadora de unos cien kilómetros a través del desierto que transportaba el material hasta el punto de embarque. Se intentó solventar el problema del transporte con unos treinta camioneros canarios que acabaron por renunciar a su trabajo y quedar totalmente paralizada la actividad. Fin de la aventura empresarial, rentable, y al mismo tiempo ilusionante de España que duró demasiado poco después de haber sido concebida durante tanto tiempo. Morir en la orilla.

¿Realmente a Marruecos le hubiera interesado el territorio si no existiera una importantísima  reserva de fosfatos? La pregunta se responde sola. El otro daño colateral es que ha definido el futuro de los saharauis.

No puedo olvidarme que cinco empleados de Fos Bucraa eran de Puertollano, con alguno de ellos he hablado del tema en varias ocasiones y ratifica cuanto he detallado de manera sucinta una situación política-empresarial que no dejó contentos a nadie. Salvo a Marruecos.