El suicidio de occidente

Artículo de Opinión de Enrique Buendía
 

Puede parecer exagerado el título del libro sobre la educación de Alicia Delibes, y a algunos quizás les importe una higa Occidente, sea lo que sea que esto signifique, pero se lo recomendaría encarecidamente a cualquiera que como yo se encuentre desmoralizado o desconcertado con lo que pasa en esta parte del planeta. El bueno de Jean-François Revel ya nos reveló lo primordial, de que la mentira es la fuerza más importante que rige los gobiernos, pero tratándose de la vieja cuestión que Sócrates consideraba la más importante de la polis, de la ciudad, el recorrido de esta traición educativa cuenta una advertencia que llevará consigo la desaparición de nuestra civilización. Si la escuela y el conocimiento es el gran legado de occidente al mundo, con la negación a trasmitir conocimientos que la nueva escuela aconseja para favorecer el adoctrinamiento político concluye su misión civilizatoria. Quienes hemos participado durante su degradación no podemos sino lamentar que hechos tan evidentes alimenten este gran embuste y las corrientes pedagógicas y sus últimos enfoques de ideología woke sigan vivitos y coleando. Los despiertos woke han sumido en tal sopor a esta institución que no hay ni para un analgésico. “La escuela, en su sentido moderno ha nacido de las Luces, y muere hoy al ponerse en cuestión” (A. Finkielkraut)

De la misma tradición de las Luces, cuyo lema Sapere aude “atrévete a saber”, señala la tarea, sale el más claro antecedente de su desprestigio y padre de toda confusión, Rousseau, igual que de los aires de liberación atribuidos al mayo del 68 vemos ahora el relato de un esperpento que ha terminado por vaciar de sentido nuestras aulas. Aquel famoso psicodrama del mes de mayo infundió una deriva revolucionaria donde Francia tan habitual en estos menesteres consagró el experimento educativo en sus jornadas de adoquines y chiflados mandando prohibir que paralizaron la transmisión del saber donde los enfermos enseñan a los médicos, y hace que la profesión de las aulas necesite una autoestima por los suelos para padecer sus ideales. Luego vendría la terminología ininteligible de una pedagogía que finalmente ha condenado a estabular al que debía ser sacado del camino e-ducare repitiendo fórmulas y programas de una corrección política que a la vista está en boca de nuestros ministros analfabetos. Como repite varias veces la autora y es el hilo de la desventura: “Al caminar sin pasado, como dijo Tocqueville, ese hombre nuevo que se dice querer crear marchará entre tinieblas”

Apelando “el Emilio” a una libertad que se encuentra en el individuo fuera de las normas y de las leyes vacía de sentido el saber, y en la voluntad general, creada a tal efecto en su “Contrato social” no es sino para prescindir de la propia conciencia en favor del Estado. No es extraño que Isaac Berlin lo considerara “uno de los más siniestros y más formidables enemigos de la libertad en toda la historia del pensamiento moderno”. Ay cuántos derroteros se han enfangado con esta ilusión y cuántos crímenes se han bendecido en tu nombre, libertad. Si con la tradición caminábamos a espaldas de gigantes, ahora somos trasportados en dóciles esterillas que repiten el mantra de nuestra corrección política. 

No puedo reparar en todos los episodios de este largo declive que relata la autora desde las críticas de Hannah Arendt al detectar en la nueva educación tres principios básicos: existe el mundo de los niños, la pedagogía es una ciencia y solo se puede aprender jugando, pues contra toda evidencia la autoridad está dentro del grupo del niño, la pedagogía termina en que el profesor no tiene que conocer su propia asignatura y el último deja al niño en el nivel de infante a lo largo del mayor tiempo posible. De ella es el cariz que para la política tiene la educación: “tiene un sentido perverso; se habla de educación, pero la meta verdadera es la coacción sin el uso de la fuerza”. Le siguen las reformas de 30 años en Francia que no son sino nuevas lecturas de Stalin (Revel), el multiculturalismo donde todo es cultura intercambiable, el posmodernismo que nadie supo en qué consistía y los nuevos afanes de la ideología queer que imponen con la agenda 2030 los confinamientos ideológicos a que estamos llamados. Algunas batallas desaparecieron con los nombres que la encabezaron desde la escuela modernista de Dewey a la crítica de Hannah Arendt sobre el complejo pedagógico, de las acotaciones al movimiento revolucionario de Aron y Revel a la crítica de Scruton contra “la máquina del sinsentido” de autores que tanto repercutieron en nuestro país. Al final del libro se sigue una biografía precisa de Tocqueville, Stuart Mill, Bertrand Rusell, Hayek, Revel, que en esta diatriba no sólo intelectual sino ciudadana merecen ser tratados como de los nuestros. Mención aparte, en consonancia con su entorno nuestra propia experiencia tras de las variadas reformas progresistas, cuyos resultados testados por PISA nos sitúan en el furgón de cola de Europa…

No es el desprecio de la propia conciencia sino el canto al unísono de los dogmas y mantras que se difunden con dicterios ideológicos, lo que hace no inútil sino peligrosa la educación pues la convierte en una máquina de reproducción de lemas, sean de Podemos o de agendas internacionales donde los antiguos proletarios se mudan por toda clase de material y opciones personales como el sexo, el clima, el multiculturalismo, el comunitarismo futuro que es una clase de comunismo, o recientemente el antisemitismo sin disfraz que pretende acabar con las defensas de un Estado por unos salvajes que habiendo eliminado la democracia de la franja envilecen a su pueblo comandados por un programa  chiita. De la red de túneles que se calcula en 600 kilómetros, a 3000 millones el kilómetro, en los que se han empleado las ayudas millonarias de nuestra caridad lo único útil que dejarán tras de sí es el metro de sus madrigueras y correrías. Constantemente se retuerce el valor de la conciencia para instruir la verdad y se pone en entredicho la civilización que iguala al inventor de la penicilina con la mutilación del clítoris, pongo por caso, dejando caer a los individuos en redes tribales antes que tomar de Occidente esa capacidad critica y esencial del ciudadano. 

Si Ortega declaraba la educación y sus programas anacrónicos por definición, dado que se generan antes de implantarse en un orden social distinto, nuestros adelantados progres prefieren ser creativos con los niños y a los adultos dejarlos en una infancia perpetua para su administración en granjas. En parte es el problema de la tradición misma, cuya esencia se trasmite “por el bien de lo que hay de nuevo y revolucionario en cada niño, la educación ha de ser conservadora”. No es difícil de entender que cuantas aberraciones dan los buenos sentimientos y se achacan a la igualdad democrática o al revisionismo histórico van hacia un cambio de civilización. Así las protestas contra la autoridad que llevan a conceder títulos universitarios por parasitar un tiempo sus instalaciones. Buena prueba la tenemos en el presidente y señora que sin tesis uno y sin bachillerato la otra, ostentan cátedra y sillón. Ni que decir tiene que todas las reivindicaciones políticas como las nacionalistas y de otra clase circulan por esa inconsistencia donde apoyan el victimismo que las dramatiza y exige unos derechos mancillados sean de la nación, la raza, las clases, los gustos sexuales, aunque anulen los derechos naturales o universales. Como dice Vidal Cuadras fuera de la tradición griega, romana y del humanismo cristiano no se puede contemplar la intrínseca perversidad del nacionalismo, esto es, dejar la igualdad de la ley por mantener el juego de la víctima y el cazador, y por lo que debieran de borrarse de las plataformas democráticas. 

Todas las culturas anteriores, de ahí el humanismo cristiano, fueron conservadoras de los hallazgos anteriores romanos, griegos, judíos, pero ésta achacando de falso lo que no les incluya o de hetero patriarcal lo que pudo atenerse a un orden social dado creen disipar sus enseñanzas con sus fantasmas pantocráticos. Negarse a trasmitir conocimientos como si un tribunal universal nos retara a defender nuestras certidumbres limitadas y nuestros caminos con corazón, redobla las diferencias sociales entre quienes tienen acceso por influencia como los políticos o sus ventajas económicas, y los que siendo pobres ni el mérito ni su esfuerzo pueden sobrepasar sus barreras. Mientras los viejos sindicalistas exigían educación para no propagar la servidumbre de sus hijos, sus nietos no sospechan la emoción cargada de la antorcha del futuro que el jinete trajo de un tiempo para entregar a los que han recontarse su historia y el propósito de sus instituciones democráticas. ¿No es nuestra política la prueba de la degradación escolar, menoscabando la nación el adalid de terroristas y otras causas perdidas, cuya voluntad de poder con ínfulas de estadista, desconoce los limites como las causas y hace de la mentira el brillo de su gestión?

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