En medio de la tristeza presente por el hundimiento institucional y la perspectiva de un cambio de régimen, ha sucedido la victoria de la selección nacional de fuútbol en la Eurocopa. Confieso que me resultó eufórico por el espíritu y por la forma haber vencido a todos los combinados nacionales de Alemania, Francia, Inglaterra, Croacia, Italia ante los que a menudo competimos abatidos y humillados por un fantoche republicano. Ayunos de otras victorias, sin poder nombrar siquiera el sentimiento nacional mas que en el deporte, puede parecer como dice Chesterton, el gran católico inglés, que “El materialismo moderno (…) es solemne con los deportes porque no tiene otros ritos que solemnizar”. Cierto que se trata sólo de un juego, pero el afán de victoria de once contra once con las mismas reglas, vestidos con los símbolos de la empresa común, hombres que nos representan ante la mirada de todos en el estadio recuerda el nacimiento de los juegos olímpicos que los griegos ofrecieron como tregua sagrada para competir fuera de la guerra. Lástima que sea sólo en el deporte donde podemos aspirar a saber quiénes somos bajo el nombre de España, y a diferencia de la virtud oculta se expone ante todos cómo se ocupa el campo, se persigue el balón con lances y oportunidades, destrezas y ocasiones semejantes a cualquier competición donde la misma victoria deja un sabor a encantamiento como sabía nuestro señor don Quijote. Doblemente se disfruta de ella cuando se sufren las leyendas negras entre las condiciones generales de los estados nacionales, pero no del todo, pues tras los laureles vienen las interpretaciones de los colectivos gubernamentales, que como pasó en la competición de las chicas pretenden amargar la victoria, en un caso con la leyenda del beso, o en este otro, por el entusiasmo reivindicativo de nuestros héroes en la celebración de Madrid. El abuso de los partidos políticos es tal que parece que sin ellos nada pudiera hacerse, así que al éxito le sigue la inquina del relato, las falsas atribuciones de prosperidad no debidas precisamente a ellos, sino a pesar de ellos y en fin, lo lejos que queda el juego de unos muchachos frente a la voluntad de poder que nos esclaviza.
Que el equipo compuesto de todos los que la formamos gritara ¡viva España! sin tanta monserga separatista fue emocionante ante la admiración de miles, donde el acercamiento al rey es más natural que el besamanos al felón que exige pleitesía aunque haya dejado sin delito las ofensas al jefe del Estado, tras perdonar los pecados de malversación, de golpes de estado, de choriceos ya juzgados o el terror blanqueado. Demostraron los campeones el empuje de una nación censurada por unos zurupetos que exigen el respeto que ellos no muestran ante la ley, cuyo imperio como el solar patrio trocean a conveniencia. Se conceden títulos, cátedras, derechos con la misma arrogancia que se negocia lo que es de todos con sus enemigos, sabiendo que “en el más elevado trono del mundo -nos recuerda Montaigne- estamos sentados sobre nuestro culo”. La ignorancia de esta ultraizquierda debe ser congénita porque hablar de los racializados Nico y Lamine cuando en el origen de nuestra leyenda negra nos insultaban los italianos como marranos por la confluencia de sangre mora judía y cristiana mientras otros imperios, hoy en boga, optaban por la segregación, el exterminio y las reservas. Qué afán de impartir dogmas y doctrinas personas de tan altos vuelos como de escasos sesos. Todos se han referido al carácter familiar de este grupo, pero qué otra cosa debe ser la patria común contra aquellos que nos quieren segregar a unos de otros para que le paguemos la seguridad social. Los que hemos asistido desde la transición a este empeño izquierdista de la ruptura no dejamos de percibir su anhelo siniestro, no sólo en la ignorancia supina de sus compinches que llenan los telediarios con sus exigencias, sino por la mochila que han hecho cargar sobre nuestros hombros para sentarse en lo alto del burro con sus ocurrencias. No dan puntada sin hilo insultando de fascistas desde su extinta doctrina ultraizquierdista con más de cien millones de muertos, y donde la igualdad supone un escollo trabajando juntos con los que pretenden esquilmarnos con su superioridad étnica, o matando al mensajero con los medios que informen o discrepen. ¡Supremacistas morales y raciales, uníos! No hay más que mirarlos a la cara para ver la donosura de su condición natural y el emplasto de sus doctrinas con los del rh negativo, lengua incluida, o con los pobres ricos que por su condición privilegiada pretenden los impuestos y el abono de su deuda. Ver para creer.
Y hasta el monopolio de la FIFA ha salido a escandalizarse de los gritos de los campeones por reclamar de una vez lo que callan nuestros políticos: esa roca de perdición donde los llanitos gestionan la ultima colonia europea en nuestro suelo. Antes de morir mi abuela materna le dijo a mi madre: “Niña me muero y no nos devuelven Gibraltar”. Pues bien, en la partitocracia en la que el sistema político se ha convertido no se oye lo que en la fiesta de nuestros campeones…
Aun así, hablando en general de la Copa, tanto los inventores del futbol como las otras grandes naciones parecían abotargadas en los cálculos de ganar con su mediocre tacticismo, de tal modo que hasta los goles mágicos hacían justicia de ganar sobre todo por el racaneo de unas selecciones atormentadas por no perder. Tanto unos como otros en manos de couches y ceos que hacían indigerible el futbol, asombrados por el empate, encogidos por la táctica y perfectos atolondrados ante los goles de Merino, de Yamine, o de Nico. Quien repase la progresión verá que tienen que ver con el encantamiento y la magia ante el racaneo de los ceos.
Y qué decir del señor De la Fuente que preguntado por la superstición de la fe respondió que más le admiraban los ateos que la naturalidad de los creyentes. Otra cosa que por no estar en boga parece caída del cielo, pero a los que rezan “santificado sea tu nombre” les maravilla que digan en la tele cuando muere alguien que les mandan saludos allí donde estén, pero ¿dónde? si a renglón seguido admiten que no creen en las palabras de redención. Son o somos como nuevos ricos que se olvidan no sólo de la tradición de sus padres, sino hasta de los regalos más hondos y enigmáticos de nuestra condición. Hay quien reconoce el sistema democrático como una suerte de religión civil donde se guardan los juramentos en la igualdad ante la ley, y que estas promesas fundamentan los tres poderes que participan y sancionan el valor de la paz civil. Aunque muchos así lo entienden, no es mi caso, porque prefiero dar al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios. Muchos tiranos ausentes y presentes, antiguos y nuevos se han servido del miedo y la anuencia de los que respetan el poder político poco menos que emanado de los dioses. Desde mi errática juventud la lucha contra el tirano es el primer mandamiento de cualquier hombre libre. Y mira por donde lo que fue al principio será al final debiendo mantener esa promesa por los asombrosos paralelismos entre la situación que me encontré y en la que hoy nos encontramos.