La mejor y la peor España
Por esa extraña suerte que algunos llaman lógica de la historia y otros simple casualidad, han coincidido en estos días el comunicado de Rafael Nadal anunciando su retirada de los ruedos deportivos y el informe de la Audiencia Provincial y la UCO sobre el tinglado del llamado número Uno, el Jefe y ministros, familiares y allegados, pichona incluida. La virtud de la excelencia personal encarnada por el manacorí contrasta con el vicio del poder en comandita, la soledad trasparente del héroe durante sus contiendas en la cancha, y el lúgubre contubernio de una cueva de ladrones presidida por el que llegó acusando de corrupción a los que estaban, traición mediante del PNV, “…yo no los había votado para esto” le oí decir a una mujer hoy en el mercadillo. A pesar de que la notoriedad de los medios parece igualarlos, queda claro el abismo moral que separa a quien hace dulce gritar España pues lo normal se vuelve extraordinario, y quienes la toman por un amargo recuerdo -debe ser porque odian su pasado- sin honor y sin vergüenza y el espejo les devuelve sus embustes y triquiñuelas. Si queda moral y ejemplo de virtud en nuestro país está en el ejercicio de los deportistas y no en los tratos de la cosa pública.
Todo juicio moral como enseñaron algunos autores revela la calidad vital de quien opina, salve entonces al que nos ha entusiasmado con su esfuerzo y la lucha en el avatar de su tarea, mientras que caiga el oprobio sobre quien nos avergüenza y el honor de dirigirnos lo convierte en un oficio de tinieblas. Dado que esta lección no es de hoy sino de siglos, aunque no se quieran enterar los incondicionales que les apoyan con su voto, escribía en el libro “Puertollano al fin” que esta clase de políticos dan asco mientras mandan y pena y conmiseración cuando lo dejan. El patriotismo también pertenece a la ética, dice Fernando Savater, y de no ser tan burda la propaganda de su prepotencia moral y envanecido sabiendo de sus chanchullos no pasarían de un juicio despectivo, pero gobernando sin ganar en las urnas para lo que esquilma el patrimonio nacional como pago a su afán de preponderancia, recuerda la risa del promotor del talante y predecesor suyo en la misma deriva, hoy mamporrero de una tiranía y narcoguerrilla que asola Hispanoamérica. La caridad nos haría ser condescendiente con los errores, pero sus engaños tienen categoría del príncipe de la mentira y sus cambios de opinión para pantuflos es la progresía que hace más pobres arrastran sus desmanes a la deuda pública, así que: “Viva España y abajo el mal gobierno” que gritaban nuestros abuelos liberales.
Lo que más me llama la atención de estos personajes de Rastrillo es volver a la hemeroteca de sus declaraciones e imágenes pasadas donde no les tiembla ni un músculo repitiendo sus infamias contra las evidencias actuales. Cómo se puede mentir por toda la cara a un electorado indefenso que se deja arrullar, sin más motivo que el odio africano al rival, de ahí que en lo único que nunca se equivocan es en el valor moral de los que quieren hundir. Responsables de haber desecho la transición, de haber enardecido a confrontar lo que había sido olvidado, haciendo valer sus crímenes inconfesables como redención y lucha por la justicia, han recreado una memoria democrática tan falsaria como sus cuentas de banco. Bastaría citar la compañía de los indeseables que sostienen su mandato como indicio de que quien va con malas compañías mal acaba, pero es su astucia con los términos u ocultarlos ladinamente para sacar de la cárcel a los que toda una vida no bastaría a pagar sus deudas de sangre, lo que demuestra que los malos son más vivos que los buenos, y los buenos más torpes que los que les difaman. Chorreando sangre como Neptuno al devorar a sus hijos saldrán en loor de multitudes mientras la sociedad que los ampara y acoge nos quiere hacer creer que su felicidad consiste en mirar para otro lado. Otra prueba de los “buenos calladitos” y los malos vociferantes. A los 200.000 expatriados del país vasco y el silenciamiento de los resistentes al golpe de estado, no les cabe otro recompensa que un mentecato corrupto que habiendo resucitado a quienes empezaban a ser vencidos con las leyes y la defensa de los principios democráticos ojalá les hubiera aplastado la espada de la justicia. Cuando eran incapaces de llevar a cabo sus planes homicidas se les ofrecen cargos que nos representan a cargo de los presupuestos y cuando los que incapaces de resistir el discurso del rey son consultados en calidad de prófugos hacen de interlocutores de esta desdichada nación. Y se vanaglorian de que no existen los que heredan sus intenciones chantajistas. Mas nos vale no olvidar el vago progresismo de estos buenistas que se naturalizan merced a esos medios de propaganda y difamación que menudean en las ondas, siempre a favor del secreto, del disimulo, del odio a lo correcto y del silencio de lo que no interesa en la campaña de publicidad de su gestión.
No olviden la caradura de los que no por error la cagan, sino que mienten más que hablan, e incapaces de cumplir las leyes que nos protegen de la tiranía, hacen colar normas que perjudican el propio decoro, tal como han levantado por ejemplo la sanción de casos juzgados en los ERE, seiscientos y pico millones chorizados a los parados andaluces. La ley como sabían los antiguos es la muralla que defiende a la ciudad del estado de naturaleza, como las reglas de juego al rey Cícico que boxeaba con los forasteros hasta matarlos, pero un ejército de asesores se ocupa de franquear los postigos para burlar aquello que nos debería de proteger. Los escándalos se tapan unos con otros y no hay día que no aparte la memoria, que a los necios y simples nos espanta porque apostamos por la virtud pública, y la mentira y el robo condenados en los diez mandamientos han decaído de nuestros principios morales. Ojalá cundiera algo de protestantismo en nuestra desvencijada moral colectiva, y lo mismo que coincidimos en el estadio en proclamar al campeón pudiéramos aborrecer la infamia de los que enturbian la competición. Mientras la fe de los que creen no deje de confundir magia con religión y la de quienes por haber cambiado la verdad revelada por la verdad pública, después de haber respirado el mismo aire no convenza a unos y otros de que el problema no queda resuelto por ganar a costa de lo que sea nuestro equipo si lejos de enorgullecernos, nos avergüenzan.
Mientras la transparente desnudez de nuestros deportistas que tanto envidian los paisanos europeos, aquello que un día nos trajo fama antes que el vituperio de unos estalinistas que no entienden lo público sino como lo estatalizado nos alimente como a los remeros sordos que acompañaron a Ulises en su paso por las sirenas. Quién se opondrá entonces a que llamemos buenos a los que resisten y dignos de ejemplo su virtud cuenta con su excelencia, mientras a otros que tantos han dejado en sus regiones los buenos golpistas y separatistas para enfrentar la cizalla con el trigo los aborrezcamos como un camino sin salida, como una de las artimañas que nos empobrecen y nos humillan, que nos vuelven invisibles fuera de nuestros empeños pasados y de nuestras raíces presentes.
Cuanto más indago en esta revolución silenciosa que tras la caída del muro pretenden cambiar las costumbres haciendo hincapié en dos o tres refranes sobre el planeta y en la construcción de una nueva moral de género, más echo en falta aquellos consejos antiguos: “En la edad de los libros los libros son los maestros”, “Una vida sin reflexión no es vivible”, “Si quieres ser famoso sé bueno”, o “los buenos son los que siguen su naturaleza y dicen la verdad” del viejo Heráclito, sin olvidar las que nos legaron nuestros padres que advertían que “a rio revuelto, ganancia de pescadores”.