A finales del mes de marzo pasado, a punto de entregar mi colaboración a la Comarca sobre la gala de los Goya, una operación de la mano izquierda (¡ay mi mano izquierda que nunca supo bien para qué servía fuera de la guitarra!) trastocó mis planes y los datos y hechos recogidos, que ante los sumarios de instrucción que engordaban como la deuda se vieron sobrepasados por la actualidad. El todo fluye de Heráclito me hacía ver lo intrascendente de la tarea del espectador (“Di algo porque todo se pierde”) vislumbrando bajo las aguas del río revuelto que nos lleva el horror dibujado de perspectivas cada vez más siniestras. La mafia se sienta a la mesa, pensé, qué importa ahora registrar si el aumento de las ayudas públicas al cine es inversamente proporcional al interés de los espectadores y que la fiesta del cine es la de quienes viven de él. Quise entonces dedicarme a describir la gloria del mundo antes que averiguar las sórdidas hazañas de un poder político a cuya alabanza sirve la desinformación de TVE, colonizada junto al resto de instituciones del estado (Fiscalía, tribunal constitucional, CIS, etc.) en loor de un paisano pantocrátor que se hace llamar el puto amo. Ocurrió luego “el robobo de las jojoyas” descubierto a aquel bobo solemne que escandalizaría a la opinión pública como a un santo dos pistolas. El que había reabierto las heridas de la guerra en semejante comitiva ilustraba el esperpento conforme iba conociéndose la fenomenología del bicharraco, que diría un kantiano instruido, siguiendo la lógica de lo peor hasta que las deposiciones judiciales acerquen la inminente apoteosis que todos temen o debieran temer. Decía san Agustín: “Sin la justicia, ¿qué serían en realidad los reinos sino bandas de ladrones?, ¿y qué son las bandas de ladrones sino pequeños reinos?”. Él escribía al fin del imperio romano para demostrar que el cristianismo no había precipitado el destino de Roma, y nosotros viendo los frecuentes ultrajes a la patria y al derecho ensalzamos esa civilización occidental como salida a tantos despropósitos.
En esto llegó la visita del papa confirmando que la actualidad es una superstición consistente en creer que cada día sucede algo nuevo, según Borges, pero toma la sed inextinguible por entender lo que nunca nos colma de los nuevos indicios y peores augurios fuera de la turra sincronizada del gobierno y sus consignas disparatadas con viso de previsiones meteorológicas. Donde no hay virtud ni por asomo nada se nos ha perdido, sino el dispendio de los magros recursos del estado lejos de cualquier esperanza razonable de normalidad democrática. El discurso de León XIV en el parlamento rememoraba la antigua cristiandad que llevó al invento de los regímenes liberales, aunque unos y otros se sorprendieran con el secreto del latín y la gracia del espíritu. La duración de los aplausos indica hasta qué punto nuestros remedios provienen de la moral cristiana, la filosofía griega y el derecho romano, tanto para la historia de lo que fuimos como para las encrucijadas que presenta la libertad humana. Mientras tanto, el actor principal de nuestra comedia, despedido de su partido por amañar elecciones y cuyo patrimonio debido a los 17 prostíbulos de su suegro, como un diablo en traje de donjuán de pacotilla ahondaba la ópera bufa que para escándalo de los más jóvenes medio ciegos representan para medio sordos. Ya se acabó la euforia constitucional de participación ciudadana y la idea de civilización judeocristiana de Europa viendo el sórdido progreso en nuestro caso que deteriora la confianza en la empresa común y agita el futuro como una revancha. Así que, encaramado a esta columna como Dioniso el areopagita en la película de Buñuel me alimento de las aves del cielo y converso con el dios de nuestra naturaleza que ha dado consuelo en lo pequeño e insignificante lejos de la grande polvareda de lo público, en tanto se reúnen compañeros que pongan proa lejos de tantos desastres.
Ni las trolas que precedieron al infame gobierno Frankenstein desde su tesis mangoneada y los motivos por los que renegó de sus promesas al ocupar el poder que no inquietaron al rebaño de caribús que a la zaga de sus ocultas maniobras escarnecen cualquier sistema occidental y nos entrega al estilo caribeño. Resulta descorazonador que no hagan mella en el ánimo de los que sostienen al adefesio de la Moncloa la corrupción de familiares, ministros y fontaneros, pero mucho antes los diversos desastres nacionales sufridos (Dana, incendios, Adamuz…) que bastan para desacreditar el proyecto político de su delirante yo. La corrupción sigue siendo revolucionaria en tanto se desacreditan las instituciones democráticas del estado. Tras la carta que nos tuvo cinco días en suspense el profundamente enamorado pone en marcha la cloaca máxima que hace circular como bulos el necesario control del poder y donde hasta un total de 61 periodistas comprados sincronizan el troleo que mantiene el suelo electoral de siete millones como entrañas de una izquierda marginal junto al terror de los que practicaron el tiro en la nuca y los que niegan la nación de la que cobran sus honorarios con la persecución del español en España. ¿Quién se acuerda de las leyes que excarcelan a esos esbirros caníbales de los que presumen haberlos hecho vegetarianos dejándoles en sus manos la memoria democrática del país y el gobierno futuro de las vascongadas, o de la amnistía de quienes nos echaron del régimen del 78? No lo dejarán caer mientras se mantenga viva la vaca, que hay antes que ordeñarla. Por eso, “no se puede despertar al que se finge dormido”, dice el refrán chino, pero aterra la impostura que pretende seguir bajo un mismo estado de derecho los que amañan las leyes tras haberse servido de ellas.
Dicen que para que dos no peleen basta con que uno se niegue, pero si a ese uno se le cancelan los derechos de oponente atribuyéndole el odio infranqueable de los siglos que justifican con recetas sanguinarias, la ideología se convierte en un mito como señala eso de que están en el lado correcto de la Historia (Todo es digno de arder con vosotros dentro). Mientras profesan la fe de un frente popular junto a encapuchados de la nueve milímetros parabellum y aquellos otros que proclamaron la República durante 17 segundos para arrojarnos a las tinieblas exteriores reparten carnets de demócratas. Para este idearium socialista, de capa caída como la llamada socialdemocracia en toda Europa, sobramos hasta del proyecto plurinacional que se traen entre manos yendo del bracete entre canturreos de chiringuito de una izquierda primitiva, llamando fascista o ultraderecha cualquier actitud conservadora. Algunos lo consideran una peste cuando sirviéndose del sistema capitalista y las ventajas de un mercado libre prometen el cielo de su utopía a los parias de la tierra y niegan una conciencia cristiana contra la ley natural o la ley histórica que con la persecución y el martirio de los comecuras echaban de comer a los cerdos los despojos de alguna monjita. Ciertamente, su relato contra el esfuerzo y la ganancia del mercado es su privilegio donde se han instalado en base a medios de propaganda difíciles de contestar, mientras por su bella cara no reconocen responsabilidad en los desastres que ocurren empleando el dinero público en vicios de tabernarios.
Los dos primeros juicios contra el sanchismo, el del fiscal general y el de las mascarillas, indican la estofa mafiosa que aparenta ser el cariz político de una organización criminal. El primero, rompiendo el secreto de un fiscal general para hundir la reputación de una novia antes de echarse novio y el segundo, el monopolio económico que se procuraron durante la pandemia para hacer caja ante los 130.000 muertos y la suspensión por dos veces del orden constitucional. Cuando en el congreso de los diputados prorrumpen en aplausos como monos con platillos hacia el líder, no piensan en la vergüenza de los que les reconocerán posteriormente que en vez del lado correcto de la historia es la oferta que no puede rechazarse de don Vito Corleone. Así que, los corazones movidos por la justicia social piensan como buenos comunistas que el bien se prueba por las fechorías que acomete, y es preciso sucumbir a la apuesta ganadora del puto amo que requiere siervos. Incapaces del nom serviam diabólico a lo sumo merodean como el bueno de Paje entre los cuclillos que en un sitio ponen los huevos y en otro pegan los gritos. Se fingen dormidos pero tras la ley de nietos y la regularización sin garantías que inclinará el millón y pico de votantes de la arcadia cubana o los desafectos argentinos a dejarnos como expañoles. Y luego se avergüenzan de la historia de España con lo de vivan las caenas de aquel monstruo de Fernando VII, no peor que este demonio. En vez de ensalzar los valores de la transición, el trágala consiste en la mala conciencia de encarecer los antiguos enemigos de la democracia como spoilers de esta película de terror en la tragedia colectiva.
Ante nuestros ojos se representa una singular comedia donde unos esperan que se les caiga la cara de vergüenza con las putas, las alhajas, los enchufes, las incompetencias, las campañas y las compañías, mientras la sonrisa imperturbable del matón conoce la audacia de sus métodos y oculta su siguiente movimiento ganador. Es el caso de las leyes para cambiar un electorado que nos dirija directamente a las zahúrdas de la granja de animales. ¿Dónde queda la dignidad del hombre al que la verdad hace libre, cuya base entregaron ideas y creencias a la identidad del bien, de la belleza y de la verdad como su propio dominio? ¿Quién puede dormir tranquilo, sabiendo de lo que se es capaz?