La izquierda y el catolicismo

Artículo de Opinión de Enrique Buendía
 

Quizá debiéramos reflexionar en vez de la maldad del sujeto que nos dirige en esta hora menguante para las instituciones democráticas, cuando nos estremece la perspectiva de una dictadura populista, sobre las condiciones sociológicas que hacen ser tan vulnerable nuestra constitución. Pues, más allá del optimismo de los padres fundadores, que no pudieron prever los extremos legales con que la retuercen, visto que uno de los partidos fundamentales en su arquitectura ha renunciado a ser nacional y encabeza el golpe contra sus instituciones y contra la nación, conviene que reparemos en esa argamasa cultural de creencias y determinados valores que nos caracterizan como pueblo. Aquí, en primer lugar, quisiera plantear un lugar común siguiendo a Max Weber y el espíritu del capitalismo, señalando los obstáculos del desarrollo económico en los países del sur de Europa respecto a los protestantes por el desprecio del liberalismo, pero ante el arraigo del populismo marxistoide en muchos países iberoamericanos, agravado en nuestro caso por el separatismo étnico, que hacen temer la consistencia misma del estado de derecho, habrá de tomarse en cuenta el sustrato religioso del catolicismo tan reacio al desarrollo liberal de nuestro entorno, como proclive a la retórica bolivariana que culmina en una tiranía en toda regla. Como Ulises amarrado al palo de la nave, pasamos ante el canto de las sirenas con el cómitre impotente y los remeros sordos.

¿Alguien se ha preguntado en serio por qué los populismos de izquierda merodean tanto en países católicos, hasta el punto de formar grandes partidos de izquierda ultramontana que envuelven toda la narrativa política con sus chantajes y falacias llevando al propio gobierno a lo que ningún país se atreve? Aunque la tesis de Max Weber ha sido matizada por autores como Rosa María Roca Barea y otros que se remontan a los tiempos de la Reforma y la Contrarreforma, el desprecio incontestable hacia el imperio de la ley, tipo Venezuela donde más de 7 millones y medio de personas vagan como sombras arrojadas sin esperanza fuera del país y del sistema, hace que rabiemos los que vivir bajo la ley preferimos antes que bajo un tirano. No es normal que un tipo que engañó sobre su tesis, defenestrado por su propio partido por hacer trampas con el voto y que miente más que habla siga siendo votado (o aclamado durante los premios Goya), habiendo cubierto todos los grados de corrupción desde dirigir el partido que más ha distraído bienes públicos, condone la malversación de fondos en el golpe de estado, pida perdón a los delincuentes, perdone a criminales, y continue como si tal cosa en la política, no diré nacional por si se ofende. Las perspectivas desastrosas que se ciernen sobre España no han hecho sino acrecentar mi envidia hacia esos países cristianos de otra forma que no sufren el vasallaje de una izquierda imperante abanderando la extrema derecha separatista.

Cesar Vidal, de confesión evangélica, ya señaló en su día de cómo iglesias reformadas hicieron hincapié respecto a las de la contrarreforma en la primacía de la ley, en el impulso de la lectura por las biblias nacionales y la concepción misma del Estado nacional, sobre todo en los mandamientos de la ley de Dios 5º y 7º de no robarás y no mentirás, que entre nosotros pasan por pecadillos veniales, pero que visto su triunfo y esplendor en las altas esferas no dejan de instigarnos a considerar legítima su transgresión. Alguien dirá que la secularización moderna ha olvidado estos mandamientos, pero es precisamente esto lo que requiere más atención, porque aquí siguiendo la ruta del progreso implacable nos enorgullecemos por despecho de darle la vuelta a todo lo virtuoso y honorable en favor de una voluntad de poder inmisericorde “con tal que no gobierne la derecha”. Aunque es cierto que la derecha ha mantenido valores como el esfuerzo, la familia, el mérito, la defensa de la propiedad, la unidad de la nación, la solidaridad con el pasado, etc., la izquierda se conforma con ideas o mejor ideologías de un progreso abracadabrante que si termina en el comunismo el rasgo distintivo no es compartir, sino coaccionar. En esta lucha por el poder que permite lo que se debe y lo que no, el enemigo per se es la endemoniada derecha a cuyo atraso se deben todos sus cálculos. (Otro rasgo de la influencia religiosa). Aunque discrepo de Vidal de que la izquierda sea el retrato en negativo de la iglesia, lo cierto es que la izquierda militante en muchos de los que conozco se convierte en una suerte de religión civil por ocuparse de los desfavorecidos y en donde el fin convalida los medios. No es la ilustración, como supone Fernando Savater el ideario del periódico más decisivo de la transición, El País, que por supuesto él bien defendía, sino la inoculación de que las reivindicaciones nacionalistas eran parte del empeño democrático dentro de una izquierda arriscada que bajo una supuesta hegemonía moral miraba para otro lado cuando salpicaban sus casos de corrupción o que empleaba ciento treinta y tantas portadas del periódico para afear unos trajes al presidente de la comunidad valenciana Camps, o contra el anterior Zaplana con un caso inverosímil. Fue por ese tiempo que abandonamos toda esperanza de enderezarse la izquierda con su tibieza frente al terrorismo y su posterior aggiornamento etarra, o su papel decisivo en campañas electorales donde hechos traumáticos y envilecedores para nuestra democracia empezaron a formar este teatro de sombras. El despido de Savater, junto a Félix de Azúa y otros, no degenera al diario global de la mañana, sino que es su apoteosis desde muchos años atrás, donde por ejemplo la defección de Federico Jiménez Losantos arrumbaba el aspecto nacional del proyecto constituyente.

Cómo si no en una cultura católica pueden darse tal desprecio de la ley al albur de que “robar a un ladrón tiene cien años de perdón”, o alzar el grito de redención en favor de los pueblos oprimidos (el pueblo unido jamás será vencido) cuyo paradigma México mantiene su política interior en una sarta de corrupciones que se confiesan y perdonan en privado. O la doble o triple moral de los que nos liberan del gran Satán de la derecha alejándonos de la responsabilidad personal, o se encomiendan a la misericordia antes que a la justicia para liberar a los terroristas como ocurriera desde los magnicidios de principio del siglo pasado (Cánovas, Maura, Dato) a los hechos incalificables de la semana trágica de Barcelona, la huelga general del 17 o los espectáculos espantosos de la república al perdonar a todos los delincuentes en favor de la causa… Aspectos todos que, como el ataque de Hamas, a cualquiera estremece la conciencia y aquí, acostumbrados al buenismo ambiental de los revolucionarios parece el colmo moral de la revancha. El asesinato en masa de religiosos durante la guerra, las mayores persecuciones desde los tiempos de Diocleciano, aunque no parezca escarmentar a la iglesia española en busca acaso de otra palma del martirio, no tiene explicación política alguna, a no ser que el frente popular pretendiera asumir las acciones caritativas de la iglesia, y algo tuvo que influir en el optimismo de la transición del que no extrajeron hechos fundamentales de nuestra historia de los siglos XIX y XX, confiando en que las concesiones autonómicas amparadas por la misma confesión calmaran los nacionalismos que ahora ahogan a uno de los partidos nacionales.

Lo cierto es que el arraigo entre nosotros de un partido que no se conocía durante el franquismo (el 99 por ciento llegó tras de su muerte) y que gracias a los sindicatos alemanes subsistió frente al comunismo de las comisiones obreras y con la honradez de un pasado tan semejante al presente que no hay que adentrarse en lo que fue viendo lo que hay, conoció en el discurso pauperista de la iglesia un aliado firme de la moral postcristiana, cambiando la misa del domingo por el chándal, el dominical del País y el perro. Prueba de ello si hiciera falta es el descalabro de profesores en la educación concertada y en general en todo el colectivo educativo que proveen de votos e ideología, aun sin citar el caso eximio del propio Francisco como comisiones entre cristianos y marxistas, que habiendo conocido a unos y otros no entiendo el paralelismo entre Marx y Cristo, a no ser que la interesada ignorancia desconozca sus propósitos. Lejos como estamos de una democracia militante, no sería malo corregir el tiro, aún si la iglesia no precisa de consejos, y nos desazonen sus postulados pauperistas, contra el que Robert Sirico desvela en La economía de las parábolas otros puntos de vista más reformados dentro de la catolicidad, porque si no podemos llevarlos a todos al cielo evitemos al menos que el Estado aquí se convierta en un infierno. A Dios lo que es de Dios y al Cesar lo que es del Cesar.

Sobre la responsabilidad de nuestra santa madre iglesia hablaremos si tienen paciencia en un próximo artículo.

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