La Iglesia y la izquierda (y III)

Artículo de Opinión de Enrique Buendía

Si en esta revisión de las influencias del catolicismo sobre la izquierda ultramontana he reparado en la existencia de los albores de una revolución, subtítulo del libro “Dios, la ciencia, las pruebas” de M Bolloré y O.Bonnassies, que vivamente les recomiendo, es porque atribuyo principalmente el lamentable estado de nuestra nación a ese materialismo rampante de los que, engreídos desde la transición por la supuesta hegemonía moral de la izquierda en el cambio político, han de confesar el esperpento y el fracaso actuales. Poco a poco del nutrido grupo que ganó las elecciones en 1982 se van desprendiendo autores, cantantes, intelectuales, escritores y en general, todo aquel que fue cartel de una ideología y que hoy sigue el consejo de Chesterton: “El que a los veinte años no es socialista no tiene corazón, pero el que a los 40 lo sigue siendo no tiene cabeza”. La inhibición de la iglesia contra “la religión de los ojos” , deslumbrada en principio por la fe marxista en la redención de los oprimidos, es enorme por cuanto resulta ser el problema cultural de aquella cristiandad que fue llamada Occidente. Desde que la razón en la Ilustración del siglo XVIII contrapuso las oscuridades de la religión a la prístina revelación de las ciencias sin ver las consecuencias políticas del terror en la revolución francesa, asistimos a un relativismo atroz que da por justificadas las matanzas de cualquier utopía sangrienta, y que deja sin fuerza la universalidad moral no de la fe, sino de la civilización cristiana de la que surgen la ciencia y el estado de derecho. Veamos más en detalle estos aspectos al comentar el libro citado.

Aunque soy de letras, la primera parte del libro se ocupa de las grandes pruebas de peso de cosmólogos, físicos, biólogos etc. que postulan que la materia no es lo eterno de nuestro universo en expansión, por lo que resulta fascinante la novela negra en la que cooperaron marxistas y nazis contra la teoría de la relatividad persiguiendo y ejecutando hasta silenciarlos a Einstein, Friedman y más de dos docenas de muchos otros científicos que refutaban el universo eterno donde los dioses del partido ejecutaban sus prácticas criminales. La historia de estos descubrimientos revela el carácter totalitario de unos regímenes que en nuestro país siguen manteniendo las mismas creencias anticuadas y sus prácticas criminales olvidando en el caso del marxismo los mas de 100 millones de muertos, como si sobre esas premisas pudieran sostener su utopía caritativa con otra cosa que la propaganda y la agitación. Son los sectores ilustrados de nuestra sociedad los más indicados para difundir estos errores irrefutables a los que llamamos verdad (y los profesores sin estar aún formados cargan con esa responsabilidad) los que debían pronunciarse sobre el soez materialismo de que no existe nada más que lo que se ve, sin las nuevas sugerencias de un principio divino. “El que deja de creer en Dios, cree en cualquier cosa”, decía Dostoievski, y el gran Chesterton afina: “Cuando los hombres dejan de creer en Dios, no es que ya no crean en nada, es que ya se lo creen todo”. El libro explicita no sólo las pruebas científicas que lo avalan sino las vicisitudes de la ciencia como germen de civilización en regímenes totalitarios e incluso las pruebas lógicas de la existencia de Dios. Son los hombres en los que predomina la argumentación racional los que deberían extender la democracia militante con los fundamentos de universalidad que la avalan. Bien que se tome la cristiandad como lugar del desarrollo imparable técnico científico bien que se rehaga la universalidad de valores que la acreditan, de ella parte la concepción de un orden material de leyes naturales en un cosmos creado donde crecer y multiplicarse, ay si cesaran los relativismos culturales de tanto pobre progre que tira piedras contra su propio tejado. Así también, la iglesia debiera tomar en cuenta de nuestros hermanos evangélicos y protestantes no la expulsión de un dogma sino los principios que favorecieron esa perla de los regímenes políticos que es el estado de derecho. Tales como el valor de una conciencia propia, el respeto escrupuloso de que nadie está por encima de la ley, el valor de los estados nacionales ante la diáspora que supone el globalismo, y por supuesto tomar en serio esos pecadillos del robo y de la mentira que son los problemas más graves de la esfera pública y que tanto desacreditan al Estado. Ya decía san Agustín que sin la justicia los estados no se diferencian de una banda de malhechores.

Como predije en el artículo anterior Paréntesis del futuro puede confirmarse tras las elecciones en Galicia y los penúltimos casos de corrupción de Koldo y la banda del Peugeot, el extravío patente del actual partido socialista que ojalá lleve a su refundación ya que es necesario acompasar el bipartidismo con un fundamento liberal y otro socialdemócrata. Quizá el nuevo partido de la Izquierda española siendo nacional y menos progre ponga esperanza en quienes hemos abandonado toda ilusión de influir sobre su vorágine anticonstitucional. Puede que despierten de la siesta los que siguen apoyando bajo la batuta del periódico de la mañana El país y la matraca de la Ser el tinglado mediático aunque “la credulidad de los tontos es tan inagotable como la creatividad de los truhanes” (Burke) pues los que presumían de la hegemonía moral  ocultaban la enésima demostración del chanchullo a gran escala de los ocupantes del Peugeot 407 que se paseó por España para restituir en su puesto a Sánchez después del pucherazo y haciéndolos caer del caballo vayan tomando en serio los mandamientos de no mentirás y no robarás que son mandamientos de Dios y de nuestro orden cívico. Mucho tendría hoy que argumentar la opinión de que el PP es el único asentado en su sitio, la socialdemocracia, pues a su izquierda se extiende junto a la de extrema izquierda que califica toda la política nacional, la extrema derecha identitaria, sin ninguna opción liberal o conservadora, VOX mediante, que articule la altura del país que somos y que representamos. No sólo para gritar España en las hazañas deportivas sino en desagravio de tantos malentendidos maliciosos que tienen hoy carta de naturaleza. Por ejemplo, las ofensas al himno, al rey o a la bandera que se prodigan en las copas de fútbol. Hoy, 1 de marzo, un periodista vasco defendía en El chiringuito de jugones que el himno de España no era suyo sino de los que le acosaban contra esa práctica inmunda de silbar a la figura que promociona la competición y al himno que nos representa, y que verían más claro si se quemaran en su presencia la ikurriña o la estelada. Tomar como libertad de opinión la utopía sangrienta de Euskadi después de atemorizar a más de un cuarto de millón de ciudadanos desterrados del país vasco o silenciados en la aderezada dictadura catalana debiera marginarse como dicen ahora por corrección política. Por eso, el daño que hace el Psoe es inaudito y espero que tras de este gobierno de felones no haya paz para los traidores. No somos los sucesores de Franco o de los Reyes católicos, (ellos con sus traumas parecen serlo), sino los españoles de hoy, hartos de la doble vara de medir y de tanto marxista millonario y separatista de postín.

Las influencias culturales de la fe no imputan al dogma, pero la prudencia no es apolítica, sino que debiera amparar a esta nación que extendió la iglesia por todo el mundo mientras la reforma protestante arrebataba los territorios de la Cristiandad en Europa de la obediencia romana. Y no es poca cosa en lo que difieren una y otra corriente fuera de los criterios del espíritu del capitalismo de Max Weber, pero han de aprender unos y otros a enfrentar juntos los retos presentes. Primero de nuestra parte, en cuanto que los estados nacionales son soberanos y así, las tesis caritativas de orden moral de la hospitalidad en cuanto a la inmigración no pueden prevalecer sobre las políticas del Estado que ha de velar por un bien superior con la legalidad de estos flujos migratorios. Es curioso que mientras se desactiva toda la batalla moral entre los que asisten al misterio de la fe en la misa, se invadan competencias que son propias de un estado moderno. En vez de proporcionar las bases de otras ongs más le valdría a los ministros del clero fundar buenos ciudadanos en el valor de su conciencia, lo que comporta para el bien común no sólo la unidad histórica, sino el fortalecimiento personal cada vez más debilitado por cierto relativismo que no tiene que ver con el uso de la razón sino con su postergación, y mucho menos con el emparejamiento con tácticas marxistas que llevan a cabo sus fines disolventes. En cuanto a la catolicidad habría que resaltar en la turbamulta de confesiones protestantes el amparo común de lo que fue el derecho de gentes y los aspectos no estrictamente económicos de la prudencia política. Bienvenidos unos y otros al siglo XXI, dos mil años y pico después del nacimiento de nuestro redentor.

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