La iglesia y la izquierda (II)

Artículo de Opinión de Enrique Buendía
Si el credo socialista, esa especie de ateísmo cristiano, o mejor católico, no depura la mentira y el robo que circulan por la política española junto a otros vicios nacionales imperecederos, la conducta de quienes siendo de Castilla-La Mancha, no estamos sobrados de recursos ni de ingenio, creen que al deshacer la nación mejorará nuestro nivel de vida con los aportes, pongo por caso, de las berenjenas de Almagro, resulta inexplicable. Llaman progresista a deshacer la nación, y facha a quien defiende la soberanía, pero ponerse del lado de los que justamente porque nos desprecian se quieren separar es una creencia que arraiga sólo cuando se oscurece el juicio. Admitiendo como algunos dicen, que los excesos autonómicos desde la transición fueron para que se sintieran más cómodos los territorios han terminado envileciendo a los más rebeldes y agotado a los más pusilánimes, así que ya es hora de despertar de esa matraca televisiva que con ideas de siglos pasados pretenden ocultar su fecha de caducidad. Algo de esto debieran suponer los que cambiaron la asistencia a misa el domingo por la lectura del dominical de El País y el paseo en chándal con el perro que se estableció como signo de los nuevos tiempos antes que impusieran censuras para la corrección política y luego, la ideología woke, que eso sí que es creer en lo que no se ve. Lo más valioso, sin embargo, tanto en las ideas como en las creencias de una democracia militante es una conciencia soberana a la hora de admitir algo como verdad o como mentira, siendo como creo estar formada nuestra identidad bien por el trato con Quien lee en lo escondido de nuestros corazones, donde toda hipocresía sobra, lo mismo que toda medianía con la parábola de los talentos, o bien si la razón toma en nosotros el papel protagonista que le corresponde y en forma de activismo en favor de los desfavorecidos no olvida su propia pobreza y contribuye con la palabra y la reflexión a enfrentarse a lo que la naturaleza fehacientemente ha dejado para todo el que busque la verdad.

 Alguien dirá que Dios queda lejos con el desarrollo impresionante de las ciencias y la técnica, y un signo de nuestro tiempo ambos, pero tanto entre los racionalistas como entre los agnósticos merecen ser difundidos los enfoques actuales sobre el valor de la vida religiosa (sano crecimiento de la infancia, aumento del capital social, percepción de la felicidad individual y reducción de la ansiedad , “principal causa de la epidemia de salud mental”, Dominion de Tom Holland), sin contar que la conclusión a que llegan las hipótesis científicas abogan por la existencia de un Creador del que parecían escapar. Si no estuviéramos aquí lamentando el apoyo a un golpe de estado, la conmoción constitucional de una amnistía a la carta y el perdón debido a la alta traición para todos los que negocian nuestra ruina, habríamos de reconocer estas nuevas orientaciones, más alejadas de los espasmos progresistas que de las antiguas creencias. Han aparecido estos días sendos artículos en El Debate de Francisco J. Contreras “Stephen Meyer y el retorno de Dios” (14-II-24) y otro de Jorge Soley “De “los nuevos ateos” a “los nuevos teístas” para acabar con “los nuevos cristianos”” (16-II-24) que si la gente creía que la idea de Dios había sido desautorizada por la ciencia debiera por el contrario reconocer que el materialismo es una teoría insostenible, a lo que se refiere el astrofísico Robert Jastrow: “Para el científico que ha vivido confiado sólo en el poder de la razón la historia termina como un mal sueño. Ha escalado las montañas de la ignorancia, está a punto de alcanzar la última meta. Cuando trepa a la roca final acuden a saludarlo un tropel de teólogos que llevaban sentados allí desde hace siglos”.

Tanto la teoría del universo en expansión (Big Bang) como la radiación cósmica de fondo que confirma su existencia señalan contra lo que se tenía aceptado desde los griegos de un universo estacionario que “no es el universo el que se expande en un espacio preexistente, sino que es el propio espacio el que se expande”. Pero si Dios no existe el universo no puede tener un principio; de la nada nada puede salir (Dios, la ciencia, las pruebas, de M.I. Bolloré y O.Bonnassies). Esto unido a lo que llaman el ajuste fino (la intensidad de la fuerza de gravedad, la intensidad de la fuerza electromagnética, la fuerza nuclear fuerte y la débil, la masa de los quarks… etc.) sin el cual sería de todo punto imposible el orden cósmico que nos acuna, así como los inicios de la vida que conocemos por las células que no son una bola de gelatina sino una fábrica con oficinas (núcleo), motores (mitocondrias) y centro de clasificación (aparato de Golgi) que prueban que no por azar pudo producirse el ensamblaje de las mismas calculado en una probabilidad de (10 por 160 ceros), siendo las partículas elementales del universo del orden de 10 elevado a 80. La vida parece consistir en un milagro dice Francis Crick, codescubridor del ADN, aunque ateo impenitente prefiere achacar a la panspermia de los extraterrestres antes que a Dios, lo que llevaría a alargar la demostración. Así canta el gloria: “Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria, hosanna en el cielo, bendito el que viene en nombre del Señor”.

Si en otro tiempo la ciencia proveía de argumentos contra la existencia del Dios providente que enseña la Biblia, hoy los argumentos científicos más sólidos determinan la hipótesis de un Dios como la única posible. A los “nuevos ateos” de principios de este siglo surgidos bajo el efecto traumatizador del 11 M le han sucedido los “nuevos teístas” que sin necesidad de nombrar a Dios coinciden en el valor social de la religión, aunque lo más gracioso es que un buen número de autores convencidos del nuevo ateísmo, a despecho de Richard Dawkins y otros, tras señalar sus limitaciones han pasado a ser los “nuevos cristianos”. El artículo de Jorge Soley da cuenta de esta transformación que achacaba a Dios el fanatismo de los creyentes y acabó siendo más arrogante y fanático, incapaz de enfrentarse a los nuevos retos del tercer decenio de este siglo desde la intolerancia woke, a la que han contribuido a imponer, hasta el islamismo yihadista. Por primea vez, señala Soley, creyéndose a salvo de la secularización europea entre el número de jóvenes menores de 40 años en EEUU son minoría los cristianos. Bajo los efectos atomizadores de la secularización la polarización se extiende por Occidente, mientras crecen la drogadicción, el alcoholismo y los nuevos suicidios de la desesperación. La religión ha existido en todas las sociedades y en la nuestra muestra signos claros de agotamiento, usurpada por las ocurrencias de unos progres de cartón piedra, pero como expone Jonathan Haidt, psicólogo evolutivo, “la religión es aquello que lo une todo, que nos permite ir en paz, superando el conflicto latente que sólo espera su oportunidad para aflorar de nuevo en cualquier sociedad”. Otros como el historiador Tom Holland, cuentan “la fascinante historia de cómo la revolución cristiana cambió el mundo”. Desde luego, señala Haidt si millones de personas volvieran a la iglesia sin importar lo que pensaran en su interior, los beneficios sociales serían evidentes, pero el cristianismo no es una armonización social y su valor, aunque beneficioso, sin una creencia real y personal no está claro que pudiese llevarse a cabo. Cita el autor del artículo a Juan Pablo II: “el cristianismo es una persona, una presencia, un rostro, Jesús, que da sentido y plenitud a la vida del hombre”.

Pero este debate de las ideas nos aleja, sin embargo, de las inminencias dramáticas en nuestro país de un grupo remeros sordos cuyas ideas propagan el efecto woke de los nuevos ateos, que desacreditados por la crítica y con un caudillo encadenado siguen tomando a la religión desde varios siglos atrás como el opio del pueblo. Es cierto que se lamentan de la situación actual viendo los ejemplos que se le presentan de ministros y ministras de tres al cuarto, pero aterrados porque los comunistas les llamen fachas, sabido es que fueron el primer sistema totalitario y ateo que puso al Estado en lugar de Dios bajo la apariencia científica del materialismo y con más de 100 millones de infelices que tuvieron que pagar con su vida esta utopía sangrienta, al que seguirían las malas copias del fascismo y el nazismo, pero que dicho en román paladino fascismo y comunismo la misma mierda es. Ahora en peligro la división de poderes para escándalo del Estado de derecho y el valor de la mutua confianza con el conocimiento del pasado que debieran prohibirnos estos desmanes, sucede un desdén por el debate de las ideas semejante al que hubo con la asignatura de Educación para la ciudadanía y que hoy nos arrastra hacia fines imprevistos. Cómo echamos de menos entretanto, el cristianismo que ha hecho las más grandes obras de la civilización europea y mundial en las homilías, unas decentes, otras penositas y ninguna referida al Dios de la historia, como si el activismo de los pobres eliminara de un sucesor europeo las dificultades morales y políticas que buscan amputarlo.

Como me he alargado en las pruebas científicas, espero acabar esta digresión en el próximo y último artículo.

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