Cuenta el libro VII de la República de Platón la condición de unos prisioneros en una morada subterránea que, sujetos de piernas y cuello desde la niñez, sin poder volver la cabeza sino hacia delante toman por realidad las sombras proyectadas gracias a la luz de un fuego en lo alto de objetos y figuras que otros mueven detrás de una pantalla de titiriteros. “Extraña escena y extraños prisioneros”, dice el interlocutor. “Lo mismo que nosotros”, responde Sócrates. Me recuerda tal estado a quienes desde la transición siguen apoyando las mismas siglas, hagan lo que hagan, aunque rabien sus antiguos líderes contra la deriva que han tomado sus ideas en manos de un megalómano mentiroso y cuyos secuaces pasean los símbolos del buen gobierno con los infundios que lavan sus responsabilidades. El mito de la caverna es una feliz descripción de la condición humana en cuanto la apariencia de sombras chinescas suplanta la realidad mientras oyen el eco entrecortado de las voces de los porteadores de símbolos, que unos callan y otros van hablando, de tal modo como dice el autor que soñando a plena luz del día acabarán por despertar en el Hades. El tabiquillo de la política se ha convertido en ese teatro de títeres de cachiporra donde embobados por una conciencia autosatisfecha ni las constantes tragedias los despiertan. Ideologías pasadas de moda, convenientemente adaptadas a la luz de unas pantallas precisamente, no ocultan el empeño totalitario de un enfrentamiento civil bajo la voluntad de poder inmisericorde que hace de sus trucos argumentos y de la verdad el relato de un campo sin cuartel para este oficio de tinieblas.
Las continuas desgracias que se abaten sobre este antiguo país parecen mala suerte, pero es el destino apropiado al que sin escrúpulos se aferra a las malas artes del poder mostrando el bochornoso espectáculo de su negligencia en el deterioro de los servicios públicos que dan la impresión de un Estado fallido. Aquí donde nadie devuelve el dinero tras de sentencias firmes, imparten moral los trileros y virtudes los que viven de putas o memoria democrática los defensores del terrorismo, así que viendo la ruina económica que legaremos a las siguientes generaciones y las bombas que dejan tras de sí para impedir la alternancia democrática, como argucias para romper España, y esperando la lid a la que se nos convoca sobreviene esa tristeza y desazón que provoca este nuevo Franco, pero sin España. Impotentes, por la maldad o la incompetencia de los que ajustan los datos de la mala administración al relato justificativo, mientras sesgan las leyes a la omertá de un negocio parecido al del dictador, sincronizando la opinión ante embobados prisioneros, vuelve la vieja impresión del pasado con aquellos que lo profanan. No se trata de un gafe, sino de un Acusador, yo diría que el mismo dia-bolo (el separador), pues desde antes de la pandemia donde los 1300 fallecidos no impidieron el negocio de las mascarillas, el apagón que dejó a merced de cualquier enemigo avisado y en cuadro la red eléctrica por la imprudencia de las renovables, la sucia lengua de la Dana por no limpiar los cauces y ni siquiera prestar la ayuda necesaria de cualquier Estado, siguiendo con los incendios de verano y las burlas del mismo ministro que comparece ahora por el accidente de Adamuz resaltando la negligencia en el mantenimiento de vías, viales y presas que al horror de las víctimas imponen un funeral masónico y ante el descrédito nacional sale a la luz los tejes manejes de empresas consultoras dirigidas por enchufados. No contento con la corrupción hasta el cuello, Dirty Sánchez, siembra de bombas para el próximo el gobierno, si quiere Dios que suceda, junto a una deuda monstruosa y el descrédito nacional viene una regulación millonaria de emigrantes que cambie el censo electoral para remedio de nuestros males. Habiendo entregado a esa agrupación de biempensantes entretenidos en la voladura controlada de nuestra nación la TVE, colonizan igual las instituciones del Estado sin importar el dinero público en alzar un muro que nos expulse fuera de esa virtud contumaz de aferrarse al trono el fantoche entre catástrofes sobrevenidas de un teatro de pacotilla. No es pues, mala suerte, sino la fatalidad de quien ha hecho de su arrogante permanencia nuestro destino para arrojarnos al funambulismo chavista según la alta enjundia de sus conmilitones, ni es casualidad tantos vicios, sino la ceguera de quienes por miedo a salir de la función no se atreven a buscar la verdad sin muletas por sí mismos.
Conocido es el relato del prisionero que escapando de tal estado asciende “la áspera y escarpada cuesta” mediante el esfuerzo de hipótesis científicas que propician la salida de la caverna hasta contemplar el mundo real bajo el verdadero sol, al que el autor llama el Bien. Sólo quien ha contemplado el Bien, y no el efecto de una antorcha, considera el autor, podrá referirse a qué corresponden las malas copias que pululan en el mundo subterráneo adonde es obligado volver para ayudar a los antiguos compañeros, aunque en viéndolos torpes al principio por las chiribitas de los ojos que han de adaptarse de la luz a la sombra, se burlarán de ellos dado que no hay más verdad que las sombras de sus pantallas. Ciertamente, conocer la realidad en tiempos de opulencia informativa requiere de tiempo y ganas para saber lo que nos conviene, mientras que las ideas fijas se sirven en cada esquina, por lo que hay que ser todo un Sócrates para reconocer que “sólo sé que no sé nada”. Por ello, los que siguen buscando en esto como en todo lo demás, son los más aptos para sacudirse la ignorancia que empieza en la niñez con el lenguaje y viene de lejos desde que el mundo es mundo a nuestra condición “en cuanto a la educación o la falta de ella se refiere”, pero que con este gobierno, más reo de banquillo que de crédito, bajo un puto amo ha llegado hasta el paroxismo.
Quizá sea presuntuoso decidir sobre el Bien desde la visión católica en un tiempo de relativistas que sin contemplaciones arremeten contra la antigua fe religiosa previa a la democracia de nuestro país, aunque para los creyentes sea evidente quienes huyen de la luz con su comportamiento y ridiculizan las virtudes como fundamento de la conducta. El Bien, tan desprestigiado como la Verdad o la Belleza de la igualdad platónica, consiste para un patriota en preservar nuestro legado ante los partidarios de descuartizar la nación, pues solo el lugar donde han nacido y vivido puede aplicarse la libertad que nos hemos dado. Junto a las milongas de terroristas, aliados contra todo lo que signifique civilización occidental y privilegiados varios que esperan heredar sus despojos, es la misma izquierda antiespañola la que conduce en sentido contrario habiendo comprado las leyendas de nuestros enemigos. No es tradición quien la crea, sino quien la conserva. Tiempos estos, no obstante, donde los malos disimulan un corazón de oro con anchos bolsillos y baja bragueta mediante palabras vacías y que con la excusa de algún catolicismo woke intentan echar mano de emigrantes para conducirnos al paraíso fantasmagórico de la izquierda. No cabe más esperanza por ahora que el temprano resurgir entre los jóvenes del deseo de trascendencia y el aumento de alumnos en colegios religiosos de Madrid.
Se cumple la conmemoración del genocidio de la Vendée enterrado en el siglo de las Luces y la revolución francesa alabada por sus ideales de libertad, igualdad y fraternidad que no parece hacerse cargo del exterminio explícito de católicos, como los comunistas con el centenar de millones de víctimas, llevado a cabo en mujeres asadas en hornos de pan con sus niños a los que se pasaban de mano en mano en la punta de las bayonetas de la Republique, y cuya furia se aplicaría en la Cristiada mejicana de 1926 y en nuestra guerra civil. Modelo sucesivo de atroces revoluciones el Bien del que tratamos, culminaría en el prototipo de los Estados ateos nazi y bolchevique suplantando a Dios por el César y el oscurantismo religioso al iluminismo de la guillotina. Si el siglo de las luces no fue tanta civilización si llevó al gulag, la credulidad de que el César es Dios sigue en la izquierda haciéndose llamar el pueblo queriendo suplantarlo en un teatro negro contra el horror y mentira de sus crímenes y el testimonio de irresponsabilidad en los resultados por sus buenas intenciones. Sobre el Bien y los prisioneros es necesario que sigamos hablando, pero mientras tanto me uno al posicionamiento de Enrique García-Máiquez cuando declara ser: “Liberal en lo que menos me importa, conservador en lo mucho que amo y reaccionario frente a todo lo que me imponen”.