¡Despertad, que nos llevan los demonios!

Artículo de Opinión de Enrique Buendía

Como me tomo un tiempo para asomarme al panorama nacional, que es todo menos normal, y los sucesos van a tal velocidad que resulta tedioso enumerar y mucho menos rebatir las disculpas conque suelen enterrarlos y olvidarse, la realidad en vez de alumbrarnos nos deslumbra. Los escándalos se amontonan unos sobre otros, lo malo sobre lo peor en tan avanzadas hazañas de un partido que a imagen del autócrata, cubierto su rostro de espanto y contumacia, habiendo encallado en el guerracivilismo y contra la Transición, no permite razones ni controversias, sino exabruptos. Pensé entonces dejar de lado los apuntes que había recopilado de buenos columnistas sobre esos hechos incalificables y titular la crónica como el programa de la tele Todo es mentira. Oídos con los años casi todos los cuentos y conociendo a generaciones de compatriotas cree uno que tiene suficiente mérito para distinguir lo que se fue de lo que ha acabado siendo, tanto en lo que se refiere a la nación, como a la confianza de la gente en el proyecto colectivo y sobre todo, el trato honroso que se debe a las personas adheridas a un sistema liberal. Mientras la minoría socialista se hace inamovible y por boca de separatistas y terroristas trata de convencernos de lo bien que le sienta el plomo a las perdices, el último gesto del prófugo Puigdemont alarga el melodrama del desguace nacional sabiendo que con este gobierno: “Nunca será como con nosotros”. No avergonzados de robar, intercambian mensajes sobre sus preferencias en fornicios, ensuciando las pruebas y las personas como en cualquier organización criminal y con una lengua de trapo y una virtud de la que carecen se presentan ante los tribunales acusando de inquina a los jueces que los citan, mientras agravan las costuras de una Constitución que nos había sacado de las consecuencias de la guerra civil y establecido las libertades propias de un estado de derecho. La simple enumeración de traiciones, irregularidades, abusos, negligencias y delitos varios pone en solfa la calidad constituyente y el plan para salir de los apuros internos en la escena internacional nos avergüenza como país más que pudiera hacerlo una dictadura o esa leyenda negra de la que tanto acreditan. No hay conquista social de la que alardeen que no se condimente con chiringuitos, ni desaguisado que no muestre la incompetencia del Estado desde la DANA al apagón eléctrico, desde el volcán de la Palma al terremoto de Lorca, haciendo que la superioridad moral que blasonan por estar en el lado correcto de la historia parezca más bien la administración del Estado como un lupanar. Tal como en el prostíbulo su virtud es de puertas para afuera, pues por dentro se hace lo que haga falta, justificando su razón de ser en que la culpa es de los otros que no les satisfacen, pues lo único que parece interesarles de los hombres es el hoyo del tafanario.

Mientras se cancelan las creencias tradicionales sobre la misma naturaleza a los caídos del lado equivocado de la historia por lo woke, la educación, los medios informativos o la política cultural que administran en régimen de monopolio desde la Transición, basta para deprimirse echar una ojeada a los resultados educativos, al extendido estado de pobreza, a las acometidas contra la propiedad, el bulling escolar o la inseguridad y aumento de violaciones, sin mentar lo que se nos viene encima al renunciar a la cultura occidental en la política emigratoria o de aislar en un gueto a la mayoría de ciudadanos con intenciones más propias de un enemigo que de un adversario. Ya han pasado cuarenta años de democracia para compensar el tiempo de la dictadura y la revancha sigue en pie para la mitad de los españoles. Si “la Transición estribó en la doble renuncia, de los vencidos a la venganza y de los vencedores al poder “, como dice AndrésTrapiello, ahora los vencidos creyéndose con derecho a todo, no renuncian al poder ni a la revancha. Hasta el punto de haber dejado toda nuestra confianza en manos de la justicia porque imposible de parar o de corregir el asalto a las instituciones, si el bastión de la independencia judicial se conmueve ya no tendrá sentido seguir discutiendo y como un campeonato de pulso entre macarras el cambio de régimen para tapar las vergüenzas del preboste sucederá para desdicha de todos. Aunque los casos de corrupción escandalicen, la ocupación de instituciones económicas, políticas e informativas como la TVE, el CIS, RENFE, AENA, Correos, tribunales de Cuentas y Constitucional, empresas del IBEX y tantas otras, hacen que caiga la venda de los ojos de la justicia y la balanza quede en un campo de juego inclinado. Mas ¿qué importan las leyes donde hay voluntad de conculcarlas?, ¿podrá variar el rumbo de la cosa pública el miedo a que se suplanten lo que nos habíamos juramentado, por mucho que se pronostique el fin de las izquierdas como en el resto de Europa por sus déficits morales y comprobada deshonestidad? No gastaré una palabra en convencer a un votante de izquierda de que se equivoca con su silencio, ni sus hemorragias sentimentales antiyanquis o antisemitas que les capacita para una gimnasia revolucionaria, que será útil para tomar las calles si las urnas los aleja del poder. Éste es su chantaje, confundir la democracia con la bullanga del agitprop y lo que dice la opinión sincronizada de la tele con el pulso de la nación. ¿Qué pasaría de haber hecho los contrarios lo que se les imputa a ellos? El carisma ante sus electores parece la ceguera que La Boetie llamaba servidumbre voluntaria. No ha sido suficiente el ejemplo del siglo pasado tan pródigo en exterminios y bellaquerías con palabras huecas que emputecieron la conciencia de personas despistadas, pero no terribles, como los nazis que predicaban la paz, o la causa que extendieron los bolcheviques con la justicia social, para que hoy se defienda el sano empeño de los terroristas hasta alcanzar el orden social debido. Todo queda como en funeral laico de la DANA en manos del relato. Como habíamos previsto, resulta que en una emergencia nacional propia del gobierno central y las fuerzas armadas se culpa a un dirigente pusilánime…

Como no entiendo ni quiero entender de trifulcas partidarias, bastante copan ya los espacios de actualidad con los que enloquecen a la gente, me acojo a la definición del colombiano Nicolas Gómez Dávila: “Un partido político: un núcleo de ambiciosos rodeado de un grupo de ávidos, al que se le suman algunos vanidosos y que siguen muchos asustados”. No hay acontecimiento nacional o internacional sobre el que no prime la interpretación de esta servidumbre voluntaria, sea la justificación del atentado en el caso de Charlie Kirk, o el silencio por el Nobel de la paz a María Corina Machado, nueve años sin poder ver a su hijos por denunciar el pucherazo de los amigos y valedores de este gobierno, o la flotilla patética cuando echándose a la mar con dos etarras de polizones no advirtieron la firma de la paz sin sus presupuestos y el consiguiente ridículo internacional en favor de los carniceros de Irán al pueblo que luchó en Lepanto. Cuando una bravuconada dirige al gentío es de temer la virulencia de las banderas prestadas bajo las que desfila la exquisita izquierda que sin ir a misa dirige la iglesia, es un decir. En tanto los partidos que se oponen se enredan en ciertos asuntos como el aborto vacilando entre perder la patria o el cielo, antiguo dilema de un imperio católico, los que pierden la patria sin importarle la fe, sea por su inquina tradicional a la iglesia que acabó en los martirios de los comecuras o por sustituir la dedicación carismática de aquellos con chiringuitos ad hoc, enfrentan un dilema no menor al de todas las obsesiones mentales donde la cabeza se fabrica un hoyo y para convencerse de que existe se arroja en él. Reducido el conflicto a todo o nada, el alto cargo por escapar de su responsabilidad en los numerosos desmanes hundirá el quiosco y los que se oponen con la indecisión en dos frentes y una misma urgencia, así que entre el suicidio y la inoperancia trascurren todos nuestros desvelos.

Había pensado para esta crónica hablar de la IA que me sorprendió traduciendo mis barrocos y oscuros artículos en un pis pas, o mejor de esas charlas infinitas bajo las estrellas que en las noches de verano prenden amistosas e interminables sobre el misterio que somos, pero es imposible abordar las cosas corrientes y comunes de nuestra naturaleza cuando enfrentados parecen citarnos los sucesos a algo decisivo, “es más frecuente que ocurra lo inesperado que lo inevitable” dice Keines. Así que urgido a abandonar la literatura prefiero recordar lo de Benito Pérez Galdós en los episodios nacionales: “Mi relato no será tan bello como debiera, pero haré todo lo posible para que sea verdadero”. Para eso me animan a la tarea las palabras de Simone Weil: “No podríais haber nacido en una época mejor que ésta, en la que todo está perdido” que llevan a prestarse a dilucidar de lo que tanto nos duele sin más brújula que la compasión. En la última novela de Trapiello “Me piden que vuelva” se busca en la ficción la reconciliación que no encuentra en la crónica ni en la historia de nuestra guerra civil. Él, al asfixiante estereotipo de las dos España propone una tercera que nos hace pensar libremente sin envilecernos con los estragos de unas ideologías rampantes que solo sirven para alistar a los que no precisan de pensamiento. No deja de ser una construcción lo de la tercera España entre los luchaban por los valores de la Ilustracion y los que defendían los valores de occidente, pues en este juego de espejos, hartos de viles y de ineptos reclamamos aquello que ya cité una vez de Bertold Brecht: Cuando una casa está en llamas no procede preguntar dónde iremos o si habrá otra casa para habitar, hay que salir corriendo del incendio que animan los que excluyen, y edificar bajo el amparo de esta casa común el entusiasmo que merece afrontar la verdad ante lo impredecible y las buenas formas que se requieren para habitar sin el aullido de la sangre la tierra que nos legaron y las creencias con las que “vivimos, nos movemos y somos”.