La palmera del Paseo,
de San Gregorio llamado,
ha pasado a mejor vida
por hacha de funcionario.
Un vecino la donó
al excelso Ayuntamiento,
y un concejal la mimó
y la hizo monumento.
Costó sudores sembrarla,
y mucho miedo al cemento,
porque el hoyo amenazaba
dejar al pueblo sediento
del agua más valorada.
Pero Sabas, concejal,
aceptó tamaño reto
y se empeñó en colocarla
para mayor lucimiento
del paseo más hermoso
que conocieron los tiempos.