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Con la posterior visita guiada a la que fue sede central de la Orden de Calatrava

La detallada crónica de la subida del Club Pozo Norte de Puertollano al Castillo de Calatrava la Nueva

El domingo 27 de febrero, el club de senderismo Pozo Norte compaginó la marcha pedestre con la cultura mediante la ascensión al Sacro Convento y Castillo de Calatrava la Nueva y la posterior visita guiada a la que fue sede central de la Orden de Calatrava. La mañana serena y un cielo aborrascado que fue dando paso a una neblina dispersa fueron bien recibidos por los 30 caminantes que participaron en la ruta.
Desde la explanada donde dan inicio a la ruta se divisa la imponente mole del cerro Alacranejo, de 936 metros de altitud, en cuya cúspide se asienta esta fortificación que resultó crucial en los avances y retroceso del periodo histórico de la Reconquista, ya que se convirtió en territorio fronterizo y campo de batalla entre el Islam y los reinos cristianos. El camino de subida se inicia en la vertiente sur del cerro y asciende rodeándolo por completo a modo de escalera de caracol.
Es altamente recomendable utilizar un calzado con gruesas suelas, preferiblemente botas que sujeten los tobillos, porque el firme está empedrado y las plantas de los pies sufren en caso de llevar un calzado ligero. Se tomaron con calma los caballeros calatravos la tarea de empedrar el camino ya que se establecieron –procedentes del castillo de Calatrava la Vieja, en Carrión de Calatrava- en este emplazamiento en 1217, tras la batalla de las Navas de Tolosa, y hasta 1560 no asentaron esta sólida base como atención a la visita del monarca Felipe II.
La pendiente está adecuadamente dosificada a lo largo del recorrido, sin tramos que presenten dificultad especial. Por su parte, el ascenso rodeando el cerro permite avistar los cuatro puntos cardinales del entorno y contemplar un paisaje de vegetación típicamente mediterránea (enebros, lentiscos, acebuches, quejigos, cornicabras…) que se alterna con roquedales y pedrizas. Nos encontramos en un reino pedregoso en el que las rocas aparecen por doquier hasta culminar en lo alto del cerro con la base pétrea sobre la que se yergue la muralla del castillo, configurando ambas un emplazamiento inexpugnable al acoso enemigo. Roca madre y muralla, el espectador contempla admirado el poder de la naturaleza y el poder del esfuerzo humano en íntima armonía.
Hoy el recorrido resulta plácido, acunado por la conversación y con el fondo del paisaje verde y ocre. Otra cosa sería en los siglos medievales cuando propios y extraños –caballeros cristianos e infantería islámica- se veían obligados a ascender con sus pesadas vestimentas y armaduras. Y, en el caso de los segundos, con el temor de lo que les esperaba una vez arriba.
Desde las almenas de la torre norte se advierte la privilegiada situación estratégica del Castillo, que domina el Puerto de Calatrava y le permitía controlar el acceso a una de las vías más importante que comunicaba la meseta castellana con los valles andaluces. Sus moradores históricos, los frailes calatravos, eran soldados de origen noble que ajustaban sus vidas a una regla monástica –mitad monjes, mitad soldados- y este doble carácter se manifiesta en la arquitectura de la fortaleza, al mismo tiempo castillo y convento. Enfrente se aprecia la silueta derruida del en otro tiempo valioso Castillo de Salvatierra.
La animosa guía cultural que explica al grupo las características del emplazamiento pone en valor la excelencia del conjunto y quien más quien menos hace votos porque los trabajos de restauración permitan rescatar todo el esplendor de una página histórica singular en los incomparables anales castellanos.

Eduardo Egido

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