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Artículo de Opinión de Jesús Viñas González

El valle de placas

Jesús Viñas González.- Hoy día, asistimos a un teatro internacional marcado por la incertidumbre de una guerra europea que no tiene fin.


Paralelamente, o a causa de esta contienda se ha producido un encarecimiento grave y sostenido de la calidad de vida. El resultado: la depauperación y el empobrecimiento de las clases medias, y a su vez, la sumisión en la más absoluta miseria de la población más desfavorecida.


Es en este escenario tan calamitoso donde cobra una importancia sin igual el temido precio de la factura de la luz, y más estando a las puertas del invierno, estación que se antoja dura. Gigantes energéticos de dentro y fuera de nuestras fronteras se han abalanzado sobre los campos españoles en busca de negocio.


El oro de la mies y el blanquiazul manchego será, y lo está siendo cada vez más, sustituido por el monocromático gris alumínico de los huertos solares. Y en efecto, lo son, porque esos campos ya solo valdrán para “producir sol”. Hondas perforaciones que desgarran las entrañas de la tierra e inyecciones de hormigonado para fijar las pesadas estructuras, supone dejar atrás los tiempos de antigua fertilidad y relevarlos por nuevos de esterilidad. ¿No parece paradójico que se celebre el día mundial del suelo y de su preservación, y paralelamente colaboremos activamente, y con ahínco, en su destrucción?


Probablemente, los propietarios que se pliegan a las ofertas suculentas con apariencia de ganancia fácil, no se detienen un segundo en pensar los contras que entrañan estas decisiones.


Los tentáculos de estas compañías no tienen límites. En un primer momento, llegaron a tal nivel de osadía que se atrevieron incluso a acechar el Valle de Alcudia. Eso sí, precedido dicho movimiento por medio de campañas de propaganda a fin de convencer a la opinión pública acerca de la posibilidad de instalación de huertos solares por generar energía limpia y respetar el medioambiente. Afortunadamente, esta medida contó un amplio rechazo popular que motivó que desistieran de su empresa. Tras un primer revés, decidieron enfocar sus esfuerzos en el Valle del río Ojailén, objetivo más sencillo al no presentar tantos obstáculos como el Valle de Alcudia (hay que recordar que parte de este es Parque Natural). Esta corriente fluvial discurre por los términos municipales de Brazatortas, Almodóvar del Campo y Puertollano, alegando dichas mercantiles que ese entorno en concreto no presenta un excesivo interés paisajístico ni medioambiental que tutelar. En este frente sí están consolidando posiciones. Contra las alegaciones esgrimidas discrepo profundamente, porque hay que recordar que las zonas que circundan los entornos fluviales se encuentran pobladas de fauna y flora, aunque estén especialmente castigadas por la sequía.


La eficiencia y autonomía energética que impulsan este “boom pláquico” parece desplazar la protección y cuidado del medio ambiente que los poderes públicos deben amparar en sus distintos niveles competenciales y territoriales.


Y llegados a este punto, yo me pregunto: ¿Hacia dónde miran las Administraciones públicas cuando se vayan a arrancar 5.000 olivos centenarios en las cercanías de Almodóvar? ¿Somos conscientes del daño que puede ocasionar esta decisión? Es inadmisible e incomprensible de todo punto que se mire hacia otro lado.


Hay que poner en valor la importancia del olivar tradicional como cultivo, y el olivo como árbol por su papel decisivo como agente luchador contra la desertificación y la contaminación, porque tal y como se ha demostrado, es uno de los árboles que más dióxido de carbono es capaz de absorber. Todo ello motiva que deben ser objeto de debida tutela y protección por parte de los poderes públicos.


Sin duda, esta situación me recuerda por su semejanza al expolio del monte público español cometido a finales del siglo XIX cuando se produjo la enajenación y adjudicación en pública subasta de los bienes forestales, y concretamente del monte público de nuestro país, y que supuso, bajo procesos de dudosa legalidad la destrucción de 1/3 de la superficie arbórea española.


En aquel momento, al menos, los ingenieros de montes chocaron frontalmente contra el Ministerio de Hacienda en su papel como autor de la decisión, pero hoy, ¿quién salvará la fertilidad de los campos? ¿Quién protegerá el arbolado? En definitiva, ¿quién salvará ahora al medioambiente de su destrucción?
Es entendible y legítima la queja de los ciudadanos en cuanto a que para podar una encina se necesite cumplimentar una solicitud administrativa sometida a aprobación por el organismo competente, y para talar 5.000 árboles o encinas, o sembrar de placas el Valle del Ojailén, las Administraciones aprueben la operación. ¿Acaso es un mal necesario?


Por el momento, 1.000 olivos ya han sido arrancados y rondan con suculentas ofertas tierras de la zona aptas para sus huertos. ¿Consentirán las autoridades esta actuación, que bien pudiera ser calificada de ecocidio?


La historia, como siempre, será testigo de quiénes se encontraron a la altura de su tiempo y quiénes no. Dejar un mundo mejor al que nos encontramos es, sin duda, la herencia más preciada que testar a nuestros descendientes. No consintamos su destrucción por el bien nuestro y el de las generaciones futuras.

Jesús Viñas González

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