InicioPuertollanoEl Club Pozo Norte de Puertollano camina por las sierras de Granada

Con temperaturas a pedir de boca y cielo tamizado por un velo de nubes

El Club Pozo Norte de Puertollano camina por las sierras de Granada

Eduardo Egido.- La sección de senderismo del club Pozo Norte de Puertollano ha caminado por las sierras de Granada los días 22 y 23 de octubre en su viaje de fin de semana de otoño. La climatología ha sido benigna las dos jornadas, con temperaturas a pedir de boca y cielo tamizado por un velo de nubes, ideales para disfrutar espacios abiertos. La expedición estuvo integrada por 50 personas que pernoctaron en un establecimiento de las proximidades de Pradollano, en Sierra Nevada.

La ruta del sábado, día 22, comenzó en la población de Güejar-Sierra, que hace honor a su nombre ya que está enclavada entre  elevadas montañas coronadas por el pico Miguelejos de 2024 mts. de altura. Cerca, languidece el embalse de Canales mostrando las estrías de sus laderas que ha provocado un adelgazamiento que amenaza con dejar al descubierto los propios huesos. La sequía campa a sus anchas donde se pose la mirada despertando un sentimiento compasivo.

El grupo desciende por las empinadas calles del pueblo en busca de las márgenes del río Genil. Una vez alcanzado su lecho pone rumbo al este a través de un paisaje frondoso con el fondo sonoro de la mermada corriente. Un puente colgante de una veintena de metros de longitud permite a la expedición dar inicio a la estrecha Vereda de la Estrella, que discurre por la ladera del barranco de san Juan. Hasta alcanzar el mirador Viso de las Nortes se extiende un recorrido de 5 kilómetros que exige ciertos requisitos a quienes se adentren en él, particularmente no padecer de vértigo y evitar cualquier distracción que conduzca a dar un paso en falso.

Desde el mirador la vista es impresionante, perfilándose al fondo las descarnadas siluetas del pico Alcazaba (3366 mts. de altura) y del techo de la Península Ibérica, el Mulhacén (3480 mts.). El grupo vuelve sobre sus pasos y repone fuerzas en el patio arbolado de un restaurante junto al río Genil antes de retornar a su punto de partida. La pronunciada cuesta que conduce al centro del pueblo los está esperando para limar los excesos que hayan podido cometerse en el almuerzo. También actúan a favor de obra los 22 kilómetros recorridos y los 460 metros de altitud superados.

La ruta del domingo tiene como punto de partida la población de Monachil. Nada más bajar del autobús varios curiosos se acercan a observar la escultura que rinde homenaje a la madre Trinidad Carreras, nacida en esta localidad en 1879 y fundadora de las Esclavas de la Santísima Eucaristía y de la Madre de Dios. El grupo afrontará el desfiladero de los Cahorros por las márgenes del río Monachil. Se trata de un itinerario espectacular, de sendas heterogéneas entre las raíces del arbolado fluvial. El cauce es escaso pero no deja de saltar entre rocas y componer una sinfonía rumorosa. Poco después comienza la ascensión por cuestas y rústicos escalones para colocarse a nivel de los saltos de agua. Se salvan cinco puentes colgantes sobre el río que ponen un punto aventurero a la expedición, particularmente el último –traca final- con una longitud de 80 metros y una altitud de vértigo. Hay que cruzarlo de cuatro en cuatro personas para evitar  la sobrecarga y el excesivo balanceo.

De inmediato, el desfiladero presenta sus credenciales: una pared vertical que limita a una estrecha plataforma horizontal de cemento que obliga a los caminantes a alinearse de uno en uno para avanzar. Hay tramos en los que la pared presenta abombamientos que obligan a agacharse o gatear para continuar con la marcha. En otros puntos, se hace imprescindible agarrarse con firmeza a los asideros metálicos que posibilitan seguir adelante. Tras concluir el lento recorrido, el colectivo se reagrupa para hacer el camino de vuelta  a través de una pista forestal que sube y baja a lo largo de 5 kilómetros para acabar de endurecer los músculos. La comida en un restaurante de Huétor Vega, con la actuación improvisada de una reducida tuna que despierta el coro musical de los comensales, pone el punto final a un fin de semana que los senderistas guardarán en la memoria a buen seguro.

Eduardo Egido

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