Opinión

Artículo de Chema Fabero

Eso de robar libros

Chema Fabero

21/07/2021

(Última actualización: 21/07/2021 20:13)

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Robar para comer y robar para leer. Todo “buen ladrón” de libros se ha intentado excusar alguna vez colocando ambos hurtos en un nivel semejante de culpa y, al tiempo, de disculpa, como si llevarse una barra de pan al bolsillo (o dos o tres tajadas de carne, vaya, por poner en el estómago una mayor enjundia alimenticia) y el hecho de afanar un ejemplar de, digamos, LA CONJURA DE LOS NECIOS, merecieran la misma comprensión, la indulgencia incluso. Así ha sido hasta el extremo de pensar que si lo uno significaba el sustento para cuando las tripas cantaban su himno a los puñeteros dioses del hambre –desafinando, claro–, lo otro vendría a ser, en similar sentido, procurar los nutrientes necesarios para el alma sensible, tan necesitada en fin de literatura. Sin embargo sabemos que no es un argumento nuevo. Y desde luego tampoco parece ser un argumento que excuse la fechoría, aunque a lo mejor ni siquiera haga falta, por mucho que el acto de robar libros se haya venido beneficiando de un aire de condescendencia casi general, algo así como un vientecillo sentimental que ha querido soplar a su favor desde mucho antes de lo que algunos pudieran suponer. Eso sí: por lo morrocotudo, no quisiera ser yo el encargado de elaborar un censo con el nombre de cada estudiante que se ha dado a ello desde que existen las universidades, las bibliotecas públicas y las librerías; quizás incluso desde que a Gutenberg se le ocurrió la más dichosa de sus ideas. Y eso por acotar mínimamente el círculo de los “bibliocleptómanos”, un cenáculo no precisamente minoritario donde coinciden todo tipo de personas, incluyendo en él, por supuesto, a más de un bibliotecario y a más de un escritor. Seguro. Y el que esté libre de pecado que tire la primera piedra, a ser posible apuntando para otro lado.

Al respecto no estaría de más recordar los ejemplos de Rodrigo Fresán y Roberto Bolaño, declarados ladrones de libros. No en vano, tanto el uno como el otro se dieron a hablar largo y tendido, sin esconderse (después), de esa afición que el propio autor argentino ha calificado de “forma deportiva de la literatura”, un juego que acaso alcanzó la cumbre –o al menos su pasaje más pintoresco, llamémosle así– el día que se dio cita en Corrientes con su compadre Bolaño y, empezando cada cual por un extremo de la famosa avenida bonaerense, quisieron retarse en una competición cuyo propósito no era otro que el de visitar cuantas librerías fuese preciso a fin de hacerse con los siete tomos de EN BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO, desde luego sin tener para nada en cuenta la opinión de los deudos de Marcel Proust ni la de los libreros afectados.

Aunque no es el caso. O no es mi caso, quiero decir. Lejos de la conducta de la que pudieran hacer gala Bolaño o Fresán, mi trayectoria como ladrón de libros empezó y acabó en el tiempo que transcurrió entre una primavera y la siguiente, y para colmo con un patético botín, en particular si lo comparamos con los 52.000 ejemplares que alcanzó a robar un tal Duncan Jevons, estudiante inglés de filosofía y teología, por más señas. Pero esto es lo que recuerdo. Aunque es posible que la falta de memoria me preserve de algunos desagradables casos en este sentido, esto es lo que recuerdo: por un lado un olvidado autor de libros sobre ajedrez (olvidado por mí) y por otro lado Salinas y Valente, fueron los tres maliciosos diablos que en su momento fueron a provocarme susurrándome al oído y tentándome para que saltara del templo de los libros sin pasar antes por caja. Nada más. O nada menos, según opiniones. Y en cuanto a los ejemplares en cuestión no hay mucho que decir: el primero de ellos, un estudio de la colección Escaques sobre la variante Najdorf de la defensa siciliana, acabaría extraviándose en alguna mudanza, si es que en realidad no terminó entre las estanterías de cualquier amigo ajedrecista; el segundo (PUNTO CERO, editado por Seix Barral) no tiene otro agravante que el de ser quizás y solamente un descuido –un prolongado descuido, esto sí–, puesto que nunca me acordé de regresarlo a la biblioteca pública en la cual debería estar ahora mismo; en tanto que el tercero, distraído de su lugar en una antigua librería de Salamanca, se trataba de una antología poética que quise hurtar con el enamorado ánimo de hacerle ese regalo a una chiquilla de Puertollano cuyos ojos me llevaban por la calle de la amargura (o más propiamente por la calle Amargura), pero cuya atracción hacia la poesía, ya fuese la de don Pedro Salinas o la del sursuncorda en persona (en el caso de que tan alto personaje escribiera versos), acabó manifestándose tan escasa como la que al cabo demostraría por mí. Y mejor así, he de añadir. Nunca carente de autoestima, quise convencerme de que si una jovencita, fuese la que fuese, no caía rendida en mis brazos después de escucharme recitar “Te quiero pura, libre, / irreductible: tú”, era sin duda porque no se merecía a alguien tan apañado como yo.

De manera que ya pueden calcular cuál es mi nivel de culpa en el asunto. No son demasiados datos, pero sí suficientes. Habrá quienes entren a valorar la cuestión desde la perspectiva de ese supuesto decoro que, a ellos sí, les lleva a comportarse del modo adecuado en toda situación. Y no serán pocos. Me refiero a ese tipo de individuos que se dirían afectados por una variante moral de la hiperestesia, esto es: los que se la cogen con papel de fumar (al alma me refiero) y a la mínima ocasión se muestran dolidos con los comportamientos del otro, colocándose enseguida del lado de los buenos, los justos, los ecuánimes; en esa orilla del río (o del teclado, en fin) donde pacen los corderos y aquellos que no tienen mayores problemas con su conciencia, aunque sí con las conciencias ajenas. Y sanseacabó. Por lo que a mí respecta, persuadido de que me será harto comprometido paliar el daño ya causado, se me ocurre pensar que tal vez debería haberlo intentado con algún ejemplar de EL BUSCÓN, GUZMÁN DE ALFARACHE o EL LAZARILLO DE TORMES. Cualquiera sabe. Aunque sólo hubiese sido desde la modesta posición de quien se reconoce esencialmente en el hábito de la lectura, tal vez de esa manera pude haberle dado alguna continuación a la tradición literaria de la picaresca, tan nuestra al fin y al cabo.

Chema Fabero