Puertollano

Un texto de Chema T. Fabero

La memoria entre libros

“Pero la perra del alma sigue pidiendo que la masturben”. (Fernando Savater, MIRA POR DÓNDE)

Chema T. Fabero

22/02/2021

(Última actualización: 22/02/2021 21:44)

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Oh, bien. De manera que este soy yo. Este tipo que se acaricia la perilla con indolencia mientras parece meditar sobre lo que seguramente serían un puñado de magníficos disparates, soy yo. Quién lo diría. Pero no hay duda: casi cuatro décadas después he aparecido de nuevo ante mis ojos, en una fotografía que ha permanecido en su particular limbo de hojas de papel durante todos estos años, acomodada entre las páginas 78 y 79 de LAS FLORES DEL MAL (es la séptima edición de Losada, Buenos Aires, 1976), vestido de una juventud que se diría casi por completo ajena y envuelto en un sinfín de tonalidades grises, como posando, sin posar, en el salón de la que fuese la casa de unos amigos de Puertollano. Y he de reconocer que no habrá sido el peor sitio para aguardar la desembocadura del tiempo, deteniéndose al fin, siquiera un rato, en esta tarde de febrero. Tanto tiempo. Por lo demás, y quizás porque en la página impar puede leerse “¡Quiero dormir! ¡Dormir y no vivir! / En un letargo cual la muerte ambiguo…”, los detalles se me han antojado tan a propósito que enseguida me he puesto a inspeccionar las páginas de otro puñado de libros buscando restos de la vida pasada, más fotos, qué sé yo, tesoros escondidos supongo. Porque después de todo son libros viejos, desde luego, de los que se descuadernan sin dificultad a poco que los dedos no procedan con suficiente delicadeza; de los que almacenan sombras y prometen, por lo mismo, revelarnos secretos pretéritos de nuestra propia existencia. Espoleado por esa parte de la memoria que nos agasaja el alma y que sin embargo, presa de un dudoso autoerotismo, sólo se satisface cuando la masturbamos, me he hocicado en centenares de páginas casi con impaciencia, ansiando descubrir qué otros recuerdos similares habrán estado custodiando esos volúmenes hasta el día de hoy. Y porque tal vez era inevitable, he aquí que de modo repentino me ha salido al encuentro aquella reflexión del poeta estadounidense Ralph Waldo Emerson sobre la relación que podemos mantener con la literatura, aquella que tanto le gustaba citar a Borges y según la cual una biblioteca viene a ser algo parecido a un gabinete mágico donde concurren, durmientes, hechizados, los mejores espíritus de la humanidad, esperando pacientemente que abramos los libros a fin de volver de nuevo a la vida. Una metáfora extraordinaria, desplegada con poética certeza. Sin embargo, como digo, en esta ocasión mi intención no era la de despertar los espíritus de Baudelaire o François Villon, por poner un par de ejemplos de autores que ahora mismo se encuentran sobre la mesa, sino los de esas otras personas que alguna vez conocí y que serían llamadas de nuevo a mi presencia mediante un conjuro diferente, utilizando para ello cada uno de los objetos mágicos que se me venían ocultando entre estrofas o párrafos, acaso pretendiendo lo que bien pudiéramos llamar “un absurdo afán de eternidad”. La mayoría sabrá con seguridad de lo que hablo. Nunca faltará quien abra un viejo libro y colmado de asombro descubra la fotografía que ha de devolverle su imagen con treinta años menos. Y con ella, quizás y sin quizás, cierta melancolía. Así son las cosas. He leído en algún sitio que la memoria es la facultad intelectual a la cual exigimos más esfuerzo, sin duda porque también es a la que recurrimos con mayor frecuencia, pero en este momento no sabría decir si estos objetos reencontrados han de servir para aliviar en algo tal esfuerzo o si por el contrario nos obligan a una pugna por territorios más profundos y oscuros. En mi caso son un par de hojas de papel cuadriculado en las que aún pueden leerse versos caligrafiados por un poeta amigo que ya no está con nosotros; son billetes de tren que tienen la propiedad de llevarme otra vez hasta Almería o hasta Zaragoza; son antiguos documentos refrendados por un teniente coronel del ejército, cuya firma, acompañada de los pertinentes membretes y sellos, certifican que el mozo Torres Fabero, José, del reemplazo de 1979, pasa a ser Excluido Total; en mi caso es una servilleta de papel que muestra el nombre impreso de una cafetería ya desaparecida de Granada, el lugar donde tal vez leía, en la época tempestuosa de la primera juventud, el texto subrayado que ahora releo: “Se diferencia radicalmente del maestro en que éste aspira a la belleza absoluta, a la perfección absoluta, y la perfección absoluta es tan desconcertante como el caos”. Cualquiera sabe. Tomando a modo de ejemplo lo que sucede en el mencionado gabinete mágico de Emerson, sabemos que todas estos objetos que el tiempo se ha encargado de convertir en pequeñas maravillas, traen en su invocación, y a cada cual lo suyo, voces, gestos y rostros cuyas líneas tienden a difuminarse igual que la tinta impresa se agrisa en las páginas de los viejos libros. Y es fácil así establecer una relación de semejanza entre tantas encuadernaciones baratas, frágiles por consiguiente, y cualquiera que sea la sustancia leve que ha sustentando nuestra existencia durante los días compartidos. En fin. En mi caso, amiga de entonces (no diré tu nombre), aquí estás tú, esperándome en el tomo primero de los poemas de Neruda (Antología, Alianza Editorial, 1981), contenida en esta flor prensada que según se puede comprobar ha querido soportar una muerte enorme: una muerte de cuarenta años.

Chema T. Fabero