Opinión

Un texto de Félix Córdova Iturregui

La poesía arma otro cuerpo

Félix Córdova Iturregui

27/11/2020

(Última actualización: 28/11/2020 14:13)

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Tania Anaid Ramos González, Azula, nos ofrece un poemario, Invisibilidades, dividido en tres partes. La primera parte está dedicada a Idea Vilariño, la segunda a Ángela María Dávila, y la tercera a Lolita Aulet Concepción. En cada parte se reitera la imagen del reloj de arena y en la parte inferior, donde se ha acumulado el tiempo transcurrido, aparece la imagen de la mujer a quien se le dedica esa sección del libro. Una imagen anida en otra, así como el poema se hila y se forma en diálogo con otros poemas. El terreno frágil del encuentro es el tiempo, el presente como un caer persistente sobre la experiencia acumulada. La poeta nos sugiere que la imagen es una realidad dinámica, un ente delicado donde el presente acciona sobre el pasado y le regala una permanencia renovada. La poesía surge, pues, de un vínculo elaborado y sabio entre diferentes temporalidades. Solo encuentra un lugar por donde colarse: hoy. Por las rendijas de la locura, nos dice la poeta, por los declives de la razón, por allí, siempre hoy, siempre desde el presente, se cuela la poesía y propicia el surgimiento de la imagen de aquello que ya no tiene presencia si no es en la tierra movible de la memoria.

La poesía, nos sugiere Tania, echa su flor allí donde logra romper una conformidad, donde consigue quebrar la comodidad de la forma, porque de alguna manera u otra la poesía rompe el ojo, no para dejarlo totalmente ciego, sino para prestarle una ceguera sobre la visualidad de lo común y permitirle la aventura de darle presencia a lo invisible, poniendo en marcha todas las facultades de la imaginación y del cuerpo. El término preciso es presencia, porque solamente desde el presente, desde el fulgor de lo visible, se puede indagar sobre lo ausente y dejar que la luz de la memoria caiga sobre las invisibilidades. La poeta sabe que las invisibilidades no son meras abstracciones, son los espacios ausentes de la vivencia, habitables todavía ante el llamado del recuerdo, son los mundos ausentes que mientras haya vida, se pueden indagar e interrogar. Ellos nos permiten redefinir la humanidad.

La memoria es el tiempo vivido como presencia en las imágenes del recuerdo. Pero la memoria humana es memoria por ser un don del lenguaje. Y el pasado puede presentarse con una enorme fuerza de vida en la poesía, gracias al poder de las palabras. Tania nos dice, con acierto, que la memoria es el pacto entre el cuerpo y el olvido. Por el carácter de ese pacto, lejos de ser estable, la imagen escapa hacia el trazo perdido de los colores, nos indica la poeta. La imagen es lo que puede aparecer y puede perderse, porque el olvido, en lugar de ser enemigo de la memoria, la protege y la deja descansar. El olvido custodia la memoria para evitar su desgaste, para garantizar que aquello que desaparece en la invisibilidad pueda regresar con la fuerza emotiva del encuentro. Y el encuentro es el espacio donde opera el amor, donde el presente no rinde su ser anterior y lo protege con la posibilidad del regreso. La poesía, por ello, no puede vivir sin una conexión fértil con el silencio.

La poesía, podemos entonces inferir, acumula vidas: atesora sus muertos. Presencia y ausencia, visibilidad e invisibilidad, palabra y silencio, forman el entramado de hilos que sostienen las vidas acumuladas. La invisibilidad se teje en el poema, vibra en las palabras, y la mujer evita ser borrada. Deja un rastro en la percepción del lector, la ceniza que permite la reconstrucción del fuego. Porque la poesía arma otro cuerpo, un cuerpo de voz, para darle rostro a lo ya invisible. Pero el batallar poético no es fácil, es un forcejeo desde la sombra. Tania lo expresa con un hermoso verso: cómo una sombra puede seguir pujando tanto. Con toda su corporeidad en acción, oliendo invisibilidades, la poeta trabaja con las palabras de la tribu, con los dolores de la especie, y desde ese fondo común, traza con firmeza el trazo fuerte de su individualidad.

Sobre el autor

Félix Córdova Iturregui es escritor, poeta y profesor universitario puertorriqueño. Es autor de los poemarios Para llenar de días el día (1985), Militancia contra la soledad (1987), y Canto a la desobediencia (1998).También, ha escrito dos libros de cuentos: El rabo de lagartija de aquel famoso señor rector y otros cuentos de orilla (1986) y Sobre esta difícil tierra (1993). En el 2005 publicó El sabor del tiempo y en el 2009, Los hilos de la sombra, ambas novelas.