Opinión

Es un artículo del periodista y escritor puertollanense Manuel Valero

Algo a lo que agarrarse este maldito año

Manuel Valero

17/10/2020

(Última actualización: 18/10/2020 21:49)

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Esta mañana he buscado en el diccionario todo el listado de exabruptos para regalarle los oídos a este año inmisericorde. No lo he encontrado. Y ante tanta noticia brutal que te acuchilla, invisible o por la espalda, me he agarrado a la sedación de mi experiencia en el centro de las personas sin hogar que cerró sus puertas el último día de septiembre. Al menos me servirá, me digo, para respirar un poco y que, como dijo el poeta Hernández, no me duela hasta el aliento. Bastante dolor vamos acumulando en el costado y el corazón. Son muchos los nombres caídos en la pandemia. Algunos conocidos; otros desconocidos por nosotros pero amados por sus familias y sus amigos. En apenas días han sido dos, el obispo emérito de Ciudad Real, Antonio Algora, y la compañera periodista Helena Casado, aunque Helena no fue botín del bicho repugnante. Su muerte fue repentina, pero duele igual. Uno se levanta con el corazón encogido por la secuencia que nos traerá el día naciente, pasa absolutamente del espectáculo político de nuestros representantes y se parapeta en los cálidos círculos de su vida. Las monjitas de La Caridad también se van, como si este año fuera el malecón de un puerto donde atraca el barco de la muerte y el abandono. Y antes, ya lo saben, se cerró el centro de los sin hogar.

Yo pasé por allí y me aferro al recuerdo indeleble que me dejaron las personas que participaron en un taller de lectura que les impartí. Fue una experiencia humana, curativa. Había hecho un curso de voluntariado en Cáritas, ahora que tiene uno más tiempo que dinero para regalar, y entendí como me enseñó el Camino de Santiago, que así como el camino no acaba en la bella plaza compostelana frente a la imponente catedral, tampoco el curso de voluntario acababa en la recepción de la credencial que te acredita. Tanto uno como otro eran el punto de partida.

En la casa de las personas sin hogar conocí a hombres y mujeres sacudidos por la vida. No hablábamos de ello, -aunque ellos se desahogaban de manera natural- porque mi labor era entretenerlos una mañana leyendo, explicando lecturas, redactando y opinando de cuanto estaba pasando ahí afuera antes del bicho. Compusimos poemas colectivos a verso por cabeza, escribí un pequeño relato después de que ellos me dijeran el curso que debería seguir la historia, hicimos dos números de un periodiquillo de uso interno, y escribí un pequeño diálogo teatral que representaron dos de ellos -Eustaquio y Alejandro-, inspirado en el Godot de Samuel Beckett, salvando las distancias cósmicas entre mi texto y el del genial dramaturgo dublinés.

Las mañanas se pasaban como por ensalmo y a medida que transcurría el taller nos fuimos acercando, tranquila, humanamente. Si uno contribuyó a llenarles un poco la vida, ellos me enriquecieron de tal forma que hubiera continuado para llenarme la cartera hasta que hubiera sido menester. Cuando la entonces alcaldesa de Puertollano, Maite Fernández, me encargó dar el Pregón de Feria de 2019 les pedí invitación para los muchachos y las dos muchachas que por entonces había en el centro y también a ellos me dirigí en el protocolario introito de las salutaciones. Fue bonito verlos allí, en un ala del patio de butacas, bajo el mismo techo que las autoridades locales.

Pero comenzaron a llegar las noticias malencaradas. Primero fueron los rumores que ya venían de lejos hasta que a primeros de marzo de este año espinoso, en una reunión de voluntarios a la que fuimos convocados, se nos comunicó el cierre definitivo. La pandemia le dio un respiro, sarcásticamente. El coronavirus ya estaba rondando, tanto, que uno de los voluntarios, Juan Carlos, fue tomado por el bicho y hospitalizado, con la suerte de no requerir UCI. Fue dado de alta después de semanas encamado. Se dio la circunstancia de que esa tarde, el 3 de marzo, nos reunimos sin ningún tipo de precaución porque marzo apenas había aparecido en el almanaque y no había alarma, no era necesario, según el portavoz sanitario del Gobierno. Yo me vine con Juan Carlos en el autobús charlando amigablemente. No sé si lo he tenido, pero durante cuatro días tuve un leve dolor de cabeza y al atardecer durante media hora me entraban calorás que me ensopaban. No tuve fiebre, ni tos, ni otros síntomas.

Durante el confinamiento llamé un par de veces para ver cómo andaban los chicos y ninguno de los estables había sido contagiado. Uno de ellos se integró en los planes de empleo del Ayuntamiento, otra chica también logró enderezar la deriva y se marchó a su pueblo a trabajar. Lo más sorprendente de todo es que a pesar de la profundidad de la herida que los llevó a derrotar sin rumbo, todos los chicos, cada cual a su modo, tuvieron un comportamiento ejemplar durante el taller. Uno de ellos era muy lector, había estado en prisión y había leído la Biblia de la primera palabra a la última; otro era abogado; otro, un vasco relacionado con el mundo del espectáculo en los años 70 y 80; otro, camarero; otro marinero; otro un rumano que falleció de cáncer… Uno se pregunta si entre la propia organización de la Iglesia, las instituciones civiles y los ciudadanos se pudo haber algo para evitar la clausura del centro

El cierre definitivo me lo recordó ayer la noticia de la marcha fuera de Puertollano de las monjitas de La Caridad. Y como hace tiempo que considero una solemne estupidez mostrar pedigrí de ateísmo para acreditarse de izquierdas pata negra, como la misa diaria para acreditarse de derechas de fina estampa, lo lamenté, como lamenté en la manera que podemos hacerlo, la muerte del emérito Algora. Malhadado sea este año del que solo se puede exprimir lo bueno de haber sobrevivido a la enfermedad y la muerte, y a la ruina, y al cierre de negocios imbuidos todos en esta triste nueva normalidad. Tomo lo poco que nos haya dado para llevarnos a la boca. Por lo demás, qué quieren que les diga. Hay experiencias a las que vale la pena agarrarse para que tu barco no encalle en las rocas asesinas de este número maldito. Suerte.

Manuel Valero