Cultura

Editorial Celya Publica “La sombra iluminada”, Toledo 2019.

María Luisa Mora: “Ella está aquí, la sentimos”

“Me hundo sin saber en qué me hundo”, escribe el poeta salvadoreño Jorge Galán. Y así es, a veces, la vida de los seres humanos envilecidos por el dolor, heridos por sus propias tragedias que ni son, ni deben ser, compartidas

Manuel Quiroga Clérigo

23/05/2020

(Última actualización: 23/05/2020 20:21)

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María Luisa Mora, a su vez, comenta: “Hay cosas terribles en esta vida, pero llevar al hospital a tu hija, después de más de tres años de enfermedad, y que alguien te entregue, dos días más tarde, sus cenizas calientes para que te las lleves, en su urna cineraria, sobre tu regazo en el coche camino de casa, es como para volverse loca. Todavía me pregunto cómo sigo cuerda y en pie”.

El producto de esta tragedia personal no es sólo un libro de versos sino, sobre todo, una manera de encarar, el resto de, la existencia. Y ahora con estas imágenes en la mente María Luisa Mora, autora reconocida, hace de la poesía su lamento, ya lo ha hecho anteriormente, para dejar ese mensaje que también nos afecta a todos nosotros, por esas pérdidas que, según Gamoneda, duelen demasiado y, a veces, no se pueden compartir.

Su libro de hoy es “La sombra iluminada” y se compone de dos partes. “De la sombra” habla de la crueldad de una separación, del dolor de una madre, de las necesarias vivencias después de la gran pérdida, algunas anotadas durante la enfermedad de la hija: “No estabas en la luz”. Aparecen todas las oscuridades (“Pocos días duró el sol que acaricia…”), el silencio: “Cuánto duele la anchura de sus venas,/tu abismo…”), ciertas preteridas venganzas o la fatiga de la soledad:”…al final de todo, qué somos los humanos,/qué trigo cosechamos”).

El profesor Santiago Sastre en un delicado pórtico recuerda que “la poesía de Mª Luisa Mora nos regala una luz emocionante, corpulenta, cosida con el hilo de un brillo especial”. Es Sastre quien nos recuerda que parte del libro está escrito cuando la madre asistía a su hija que “recibía el primer ciclo de quimioterapia” pero el resumen de la mayor parte de los versos es la identificación con el dolor de la enfermedad, la agonía de todos, y el recuerdo de los momentos inciertos. “…es una esquina de la calle,/una vida se extingue en el olvido”. Hay una poema especialmente sentido, el titulado “Derrota”, donde la autora se siente a punto de ser vencida por la calamidad: “Aquí estamos:/ cargados de cadenas, pidiéndole un poco de piedad/al regente de esta tierra poderosa,/sin que nadie atienda nuestras voces”. Hay poemas como “Locura”, “Vejez” y “Muerte” verdaderamente tristes, valerosamente crueles, con recuerdos de los mundos anteriores y el espejo de un presente ingrato. Pero es en “Despedida” donde las lágrimas brotan a raudales: “Te decimos adiós./Tú que te vas de pronto,/hasta la alejada tierra de los ángeles”. Sastre dice “La idea es que las contradicciones están presentes, definen la vida y, asumiendo su presencia, es posible que surja la luz”.

Precisamente “De la luz” es la segunda parte del libro y aquí, sí, la memoria parece concentrarse en una especie de conformidad, en una aspiración a eternidades mantenidas por la emoción de antiguos momentos de gozo. “Entonces qué inocencia,/qué mañana/de inmensos olivares,/de la luz que enciende/los ríos de sangre caudalosa” (“Juventud”). Ya en “Soneto de invierno” (Vitruvio 2016) la autora nos mostraba una abundante dosis de tristeza y ahora podría escribir los versos más tristes, como aquel de Félix Grande “”Entonces para qué he nacido”, ¿para sufrir, para ver el dolor en el rostro de las personas amadas, para contemplar la noche?. O para ver el amanecer y sonreír con las gratas rememoraciones. En “Esperanza” leemos: “Te esperábamos/ante el tren que traía/la luz como un regalo/en el interior de sus vagones”. Es como si las vidas anteriores pudieran borrar el fracaso de la muerte. Es ese “Triunfo” (“Conocimos tu cuerpo./Era tan bello el triunfo/que nos hubiésemos quedado/para siempre/sobre las vibrantes palmas de tus manos”. Y una ilusión nueva tras la “Piedad”. Es el “Deseo”: “Ella está aquí. La sentimos./Y cómo cambia todo./Cómo cambia el color y la vergüenza”.

En versos cortos, diáfanos, etéreos, el dolor se va desmenuzando, haciéndose interior y repleto de dudas, de insoluciones. Es el grito solemne de los desheredados del afecto, de los solitarios sin compañía o sin vitalidad. “Y la muerte/nadie la oía/pero hablaba muy cerca”, escribe Pere Gimferrer. Vivir un dolor profundo, caminar por la esperanza de una salvación con un final feliz y, al término, claudicar ante lo irremediable nos hace intentar demasiados interrogantes, buscar la armonía del pasado y conformarnos con la laxitud del presente.

Un buen libro, triste, pero merecedor de una lectura detenida. Al fin, en el último poema, “Luz” aparece un resto de claudicante esperanza. “Echamos a andar y nada nos detiene./El peso de la sombra no nos sigue/ni tampoco el peso/de las palomas que arrasó la guerra”.

Gracias, María Luisa.

Manuel Quiroga Clérigo

Majadahonda, 29 de Mayo de 2019