Cultura

PASO DE LAS HORAS Fernando Pessoa / Álvaro de Campos

El desenredado enredo de Pessoa con Campos, Reis y Caeiro (vídeo de Chema T. Fabero)

El poeta es un fingidor.

Finge tan completamente

Que hasta finge que es dolor

El dolor que en verdad siente.

Chema T. Fabero

16/05/2020

(Última actualización: 16/05/2020 20:27)

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PASO DE LAS HORAS Fernando Pessoa / Álvaro de Campos

Para empezar, y aunque sólo sea porque todo necesita un inicio, el poeta de los heterónimos nació como Fernando Pessoa el 13 de junio de 1888, en Lisboa, seguramente (o no tanto) sin saber que un años antes, en 1887, él mismo, pero sin llegar a ser él mismo, ya había venido al mundo en la ciudad de Oporto bajo el nombre de Ricardo Reis. Por si fuese poco, en 1889 volvió a ver la luz “por otra primera vez” bajo el nombre de Alberto Caeiro, también en Lisboa, donde moriría en 1915, y así hasta que el 15 de octubre de 1890 se decidió por nacer de nuevo, esta vez en la pequeña ciudad de Tavira y bajo el nombre de Álvaro de Campos. En el curso de ese viaje todos ellos anduvieron a un tiempo lejos y cerca de sí mismos y de los demás. En una esquizofrenia literaria sin precedentes, Campos hacía críticas de la poesía de Reis y a su vez Reis escribía sobre el rentista (y casi analfabeto) Caeiro y sobre el ingeniero naval Álvaro de Campos. ¿Queda claro? Que me aspen si es así. Y eso por no hablar del jovencísimo Alexander Search, que escribía en inglés, y de Bernardo Soares, que nos dejó un maravilloso e inquietante “Livro do Desassossego”. Aparte de la calidad poética, cuya explicación se hallará dentro de cada uno de nosotros, lo único que alcanzamos a ver con claridad suficiente es que todos ellos dedicaron media docena de vidas enteras a escribir miles de páginas que iban ordenando de manera escrupulosa en un baúl, y que ese baúl, que era el mismo para todos, estaba, por supuesto, en la misma casa, en el número 16 de la calle Coelho da Rocha, en el barrio de Campo de Ourique, aguardando que llegase el día en que cada palabra se encontrara finalmente con el lector, pero sin duda presintiendo que casi la totalidad de esa obra sería publicada póstumamente. Aunque también nos queda otra certeza nada desdeñable: la convicción de que el poeta es un fingidor.

El poeta es un fingidor.

Finge tan completamente

Que hasta finge que es dolor

El dolor que en verdad siente.