Cultura

Lecturas para quedarse en casa en tiempos de inusitada crisis

Tierras metálicas, telas de araña (Viajar de noche y otros relatos)

Primer relato del libro “Viajar de noche y otros relatos” escrito por José Rivera Serrano y publicado por Intuición Grupo Editorial en el año 2001 donde se trata la figura del malogrado pintor puertollanense Fernando Gómez Cuadra que triunfó en los primeros años 60 del pasado siglo

Este libro se puede adquirir en nuestra sede de Paseo de San Gregorio, 87, Entreplanta derecha y también a través del teléfono 926 41 26 53 y del correo electrónico administración@lacomarcadepuertollano.com

José Rivero

15/04/2020

(Última actualización: 16/04/2020 12:48)

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Cuando le mostraron a Atenea un paño en el que Aracne había tejido ilustraciones de los amoríos del Olimpo, la diosa no pudo encontrar defecto alguno, y destrozó la tela. La princesa cretense horrrorizada, se colgó de una viga, y Atenea la transformó en araña, el insecto que más odiaba, y la cuerda en una telaraña por la que el insecto/mujer trepó para salvarse. Como Aracne, Gorky se colgó de un granero de su casa en Connecticut, Rothko se atiborró de barbitúricos y se cortó las venas en la bañera de su casa neoyorkina el 25 de febrero de 1970; ambos fueron víctimas de la memoria de los dioses.

I

Con tan sólo cinco meses de diferencia, los que transcurrieron entre octubre de 1960 y marzo de 1961, la prensa provincial daba cuenta del éxito francés de Fernando Gómez Cuadra. Éxito en la galería Marcel Bernheim, como el que se visualiza en la foto del mes de octubre del diario Lanza (¿cuánto tardó en llegar esa foto a la redacción del periódico desde la orilla del Sena?). Foto en la que un ojeroso encorbatado y ya apesadumbrado Gómez Cuadra charla con José María de Areilza, conde de Motrico y embajador de España, asistente a la inauguración junto a otros participantes no identificados. Ambos, Areilza y Gómez Cuadra componen el centro de la foto, se miran, sostienen una copa de vino, pero sólo sonríe Areilza y Gómez Cuadra sigue, silencioso y atento, el relato circular y aéreo del conde de Motrico. A la izquierda del pintor Gómez Cuadra, alguien no identificado participa de esas confidencias circulares y aéreas. También tiene una copa de vino en su mano derecha y la izquierda aparece, incomprensiblemente, plegada sobre la cadera. Éxito, tal vez exagerado, de alguien que cuenta tan sólo con 27 o 28 años, pero que consiente que tales notas lleguen a su pueblo y se publiquen en el periódico de su provincia natal y, luego, al día siguiente se hable de él en Puertollano, su pueblo. Era éste un procedimiento usual de aquellos que quieren ver como crece su estima y su currículo entre sus lares y mandan crónicas de su exposiciones y estrenos para magnificar su regreso triunfal o su retorno complacido. Pero el que se va, ya se ha ido abiertamente y rara vez regresa a su lugar de origen, del que partió a duras penas para trazar una senda desconocida y, tal vez, peligrosa. Hay viajes pictóricos de ida y vuelta, que adquieren su significado al concluir la vuelta, como los de Gregorio Prieto. Y hay también, viajes sólo de ida, como tantos otros: Alberto, García Maroto, Ortega, o tal vez Gómez Cuadra. ¿Éxito? de alguien que se apresta a dejar la vida por una puerta desconocida -como Gorky o como Rothko- y que tal vez ya cuenta con ese horizonte de extinción entre sus proyecto próximos. Por eso su pintura se oscurece y se adensa de significados sombríos. ¿Cómo se pinta la muerte? más allá de la elementalidad de las Vanitas barrocas de Pereda, Holbein o Zurbarán. La segunda de las notas francesas de Gómez Cuadra, firmada por Josita Hernán da cuenta de su muestra en el Hotel Ville D`Yvetot y traza una sucinta biografía del pintor de Puertollano: “Fernando Gómez nació en la tierra de Don Quijote. Allí donde el aire está coloreado y hecho de espejismos sobre la llanura inmensa...Tierras metálicas de Puertollano, de filones carboníferos, sombras azules y violetas de Alcázar de San Juan”. Sombras azules y violetas como las que pueblan la vida del pintor, sombras que se ennegrecen como la bocamina en otoño. Sombras de alguien que se disipa en el silencio y del que no sabemos con exactitud ni el año ni el lugar de su muerte. Toledo, tal vez con interrogantes, dice el Diccionario de Arte del siglo XX de la provincia de Ciudad Real, pero sin fecha; aunque aclara su participación en el Salón de Arte de Puertollano de 1961. De igual forma que cita su suicidio, siendo aún joven. Un suicida en ciernes que triunfa en la pintura o, al menos así lo propalaban en esos años metálicos, que eso fueron los cincuenta, que no se despide del lugar del que partió y que ignora todo sobre su regreso. En 1955 trajo un desnudo que daba pié a su entrevistador a preguntarle ¿dónde te inspiraste Fernando?. Que era tanto como preguntarle, ¿quién es la modelo? Pero esas cosas no se dicen y se sale uno por peteneras ante preguntas insidiosas o ante cuestiones tan estúpidas. Me inspiré en Ticiano que es un mago del color. Antes de su estancia de París, Gómez Cuadra contaba con dos medallas de la VII Exposición de Arte de Puertollano de 1956 y de la IV Exposición de Alcázar de 1957. La primera en un gesto alucinado, la donó a la patrona de su ciudad la Virgen de Gracia. Al tiempo que pinta paisajes muy oscuros como esa vista del Botánico de Madrid que mostró en el Casino de Ciudad Real en el mismo año que regalaba su medalla con fervor mariano. Al año siguiente expone un conjunto enorme -más de un centenar de obras- que merecen una suerte de calificativos elogiosos. La nota crítica, del llamado más joven pintor de la provincia, tuvo la desgracia de acompañar un extraño artículo de San Martín, a propósito de Francoise Sagan, la medio muerta escritora francesa. El título del texto No se puede vivir peligrosamente, era un aviso para el ocupante de la columna de al lado, que mostraba ya cierta desenvoltura y cierto descaro pictórico. Más atrás aún, de todo ello ese premio en 1951 en la Exposición de Educación y Descanso de Puertollano, su ciudad natal, o el premio anual de Paisaje de la Escuela de Madrid. Pero una vez muerto todo se olvida, premios y medallas, canciones y pinturas, miradas tristes y tierras metálicas azules como el plomo y grises como la pizarra. ¿De qué le sirvió pintar lo que la memoria olvida y no recuerda ya? Pintar lo que se extingue y se desvanece, como un presentimiento o como un murmullo inaudible que se disuelve y más tarde desaparece.

II

En 1955 el escritor viajero, Víctor de la Serna pregonó a Puertollano o pregonó en Puertollano en sus ferias de mayo con un texto que mereció la atención de la prensa y su reproducción escrita. La popularidad de Víctor de la Serna era enorme, merced a sus crónicas periodísticas. Por entonces Fernando Gómez Cuadra que contaba 22 años ya era un pintor conocido, que al año siguiente ganaría el premio de la citada VII Exposición Provincial de Arte de Puertollano, y que tal vez supo y conoció la canción entonada por el pregonero de excepción cuyas palabras y cuadros narrados, acabaría ilustrando más tarde. Texto inflado el del pregón, como era usual en el Cantor de Alcudia -así llamado más tarde cuando glosó su muerte en 1958 Seco Hernández- pero lleno de curiosidades.

Años atrás, en 1953, Víctor de la Serna se había curtido como viajero, primero por “La Ruta de los foramontanos” y más tarde, o simultáneamente según parece, por lo que se llamó “Por tierras de la Mancha”, realizando en ambos casos unas crónicas que iba publicando el diario madrileño ABC. El primero de los viajes -más largo en el espacio y en el tiempo- quedó interrumpido por esa incursión más breve al sur de Madrid. El viaje foramontano le costó a de la Serna año y medio de tiempo, desde el abril del 53 de la Venta de Tajahierro, hasta la Pravia de octubre del 54. Mientras que el viaje manchego lo despachó en catorce crónicas y otros tantos días presurosos y, no se, si precipitados del año 53. El 15 de mayo de La Serna está en Madrid según parece y escribe en “La ruta de los foramontanos” una crónica que llama Saldo de retales que da a entender su aplazamiento de este viaje. “Y ahora, compañero, echemos una moneda al aire. Ha salido cara. Toca La Mancha. Tú has oído hablar de las lagunas de Ruidera. Y de los Ojos del Guadiana. ¿Vamos a verle los ojos al Guadiana ese? Cuando nos vayamos acercando a la Oretana echaremos a suertes otra vez por qué puerto le entramos a esa tierra, poblada de tantas cosas y en la que nunca sabe uno con qué ni con quién se va a encontrar. Por cualquier puerto se llega bien a la Mancha”. Parece claro, que de la Serna aplaza su viaje leonés y cántabro, donde pasó su niñez, por unas jornadas del mes de junio en las que cambia de escenario y de referencias. Jornadas en las que traza sus nuevas líneas invisibles al sur de Toledo, jornadas que inicia en Puerto Lápice -ese era el puerto por el que entrar en la Mancha, como escribió días atrás- en los últimos días de un mayo atolondrado y ya perfumado de madreselvas y panginos. Y en donde es posible leer cosas extrañas y sorprendentes, como todo él y como esos mismos viajes que luego eran leídos pausadamente en el ABC, desde una cómoda hamaca del patio umbrío o desde un sillón de orejas del cuarto de estar. Así: Polders sobre los arrozales de Daimiel y Villarrubia. Una Ucrania entre dos Prioratos. El gauchaje del Campo de Calatrava. Los bateleros del Guadiana o el Real Valle de Alcudia. También Agrias y dulces aguas, para hablar de Puertollano. Todo ello en catorce crónicas dispuestas entre finales de mayo y mediados de junio de 1953.

III

Hay unos apuntes inéditos que trazan el encuentro de Víctor de la Serna con Gregorio Prieto en el Gran Hotel de Ciudad Real durante su estancia viajera el 22 de mayo de ese año, con la finalidad de invitar al pintor de Valdepeñas a acometer alguna ilustración para la serie de artículos viajeros. La propuesta del escritor, era la de sumar a Prieto a su aventura para captar, rápidamente y a vuela pluma, unas instantáneas de los paisajes desmenuzados por su espíritu. Parecía lógico que Prieto ,que ya había demostrado en algunos trabajos su capacidad para la ilustración, acompañara con sus lápices, los lápices volanderos de De la Serna. Curiosamente, las ilustraciones de Prieto no fueron para este viaje de 1953 por tierras de La Mancha; sino que quedaron aplazadas para lo que más tarde serían las crónicas de “La vía del calatraveño”. Pero esta ruta no es sino la edición por Prensa Española de lo publicado en 1959 en Ciudad Real por la Delegación de Organizaciones de la Jefatura Provincial del Movimiento. En ese Hotel y en esos años cincuenta se dieron cita, no sé si sin encontrarse, Luis Martín Santos que estuvo de director del Psiquiátrico Provincial tan sólo unos meses; Alberto Oliart que aguantó algunos años como abogado del Estado; Carlos Edmundo de Ory que venía a Ciudad Real a encontrarse con Ángel Crespo, Fernández Molina y Fernando Calatayud; o Carlos López Bustos recién aterrizado como catedrático de Física en el Instituto. Al final de la década, ya en el 1959 y en 1960, podemos anotar dos estancias de Ernest Hemingway acompañando al torero rondeño Antonio Ordoñez como quedó plasmado en The dangerouse summer. Un hervidero de cosmopolitismo en un pacífico Hotel de provincias, un contrapunto de otros aires en una ciudad poseída por un humo rancio y constante, una mixtura de Movimiento y sacristía. Toreros, tratantes de ganado, escritores, fotógrafos, pintores, algunos poetas y profesores de instituto componían el magma matérico del Gran Hotel, que ya había sido afrancesado en los años veinte como Grand Hotel primero, y franquista después como Grande Hotel en los cuarenta. Uno, no porque le hacía la competencia el antiguo Hotel Pizarroso, rebautizado más tarde como Hotel Mi Retiro. Grande, tampoco, aunque era mayor que el Pizarroso no era el Hotel Nacional. Y Libre, según se mire el hospedaje. Las bromas imposibles de cierta resistencia interior que llamó al Bar Ideal, irónicamente, El Moscú a secas, y no porqué sirvieran vodka. De tal forma que El Ideal era el Moscú, de igual forma que el Gran Hotel era el Hotel Libre. El tipo de libertad de los establecimientos hoteleros, estaba regido más por la permisividad sexual de sus pasillos y cuartos que por la entidad moral e intelectual de sus ocupantes. El tufo a prostitución encubierta de coristas, chicas de revista y viajantes estaba más arraigado en Posadas y Fondas, establecimientos menos controlados, que en Hoteles con cierto predicamento; a mano de la Policía y del Gobernador Civil, por si hacía falta, prontamente, una reserva para la Jerarquía que viene de Madrid o para ese ministro cazador inveterado. No sé si Gómez Cuadra conoció aquí a Víctor de la Serna en mayo de 1953 en la tertulia de Prieto , o tuvo que esperar dos años para que éste viajase a Puertollano en 1955 a cantar el valle vaquero y la mina oscura de la tierra metálica.

IV

El Cantor de Alcudia, con hondas fijaciones americanas ya que había nacido en la ciudad chilena de Valparaíso, no sólo se excedía en su pregón de 1955, al comparar el Valle de Alcudia con la pradera tejana o al trazar ese eje imaginario en el que se ubicaba Puertollano y que estaba limitado en un extremo por el castillo de Calatrava y en el otro por el complejo industrial de la Calvo Sotelo; sino que se excedía en esa amalgama de viajes y crónicas que se confundían en el tiempo y en el espacio. Entre 1953 y 1955 de la Serna había rectificado su síntesis puertollanera, evidenciando la dificultad de la captura y la fragilidad de sus visiones. Si entonces definía a Puertollano como tres cosas: la compañía francesa Peñarroya, la empresa Nacional Calvo Sotelo... y Puertollano, propiamente. Ahora en el 55, realizaba una síntesis histórico-industrial para acogotar a la ciudad que trepaba por las sierras y se despertaba a las brumas otoñales del Ojailén, como un eje virtual, sacro y químico. Con tales acelerones y con otras construcciones del lenguaje -como llamar al petróleo aceite de piedra- cerraba sus crónicas que comenzara en Puerto Lápice para acabarlas en otro Puerto ahora Llano y según algunos mentirosos. Haciendo buena su visión de Saldo de retales y el acceso a la Mancha por los puertos. Si por cualquier puerto se llega bien, por cualquier puerto se sale bien o se sale mejor, que eso era Puertollano una salida a Andalucía, como entendieron en 1960 los responsables de la edición de “La vía del calatraveño”, poniendo tras las lindes de Puertollano las puertas de Andalucía. Aunque fuera una Andalucía de relieve más marino que montuno, con la llamada “Marina de Andalucía” en lugar de haberse atropellado con las Sierras de Cazorla o con el Valle de los Pedroches. Quizás por ello, De la Serna traza una ruta hermética que inicia con el tributo obsesivo de los puertos: lo abre con el azoriniano de Puerto Lapice y lo cierra con el tributo industrial de la pizarra bituminosa; en una exaltación de lo literario y lo industrial. Y en una exaltación del agua o de las aguas en una tierra tremendamente seca, y por ello, así llamada Mancha. Aguas del comienzo sobre el Color de los ojos del Guadiana y aguas del final en Puertollano con el pasaje llamado Agrias y dulces aguas. Entre Puertos simétricos y aguas parejas, de la Serna ubica una meseta cobijada por esos dos accesos o puertos y con una enorme panza húmeda que él llama cisterna subterránea. Aplazaba la ruta que comenzara en Fresneda en abril de 1953, por unos saltos manchegos en el fin de la primavera; para proseguir en julio por León y Zamora. Y llegar, incluso, un año más tarde a moverse por Asturias, ahora sí con Puertos y con aguas. Como si una ruta fuera un paréntesis de otra.

Los excesos de las notas del ABC de 1953, ya merecieron algunas acotaciones sarcásticas de Paco García Pavón, que publicó en forma de “Escolios a Don Víctor de la Serna” y “Nuevos escolios”, prontamente, en junio de 1953. Frente al verbo alado de Víctor de la Serna que escarpaba las más altas cimas, en una combinación acelerada de tiempos históricos y de imágenes sorprendentes, García Pavón optaba por la chanza festiva y socarrona. “No hallará el viajero más sombra que su sombrero, ni más agua que la de su botijo”, era la contraposición pavoniana al humedal sombreado de don Víctor de ese boscaje tupido y húmedo. De igual forma, que aquellos pastores a caballo y con bigote tendido que creyó ver don Víctor por los campos de Alba, eran desmentidos por el autor de Tomelloso. Pavón que había precedido a Víctor de la Serna y su pregón puertollanero de mayo de 1955, con un texto publicado algunas semanas antes y que denominó cabalmente “Puertollano la ciudad mestiza”, no captó la estructura hermética y metafórica del viaje de don Víctor y por eso aplicó la chanza del Tomelloso. De la Serna alado y aéreo y Pavón colicorto y terrenal, son las dos caras de la misma moneda de lo escrito. Pero a veces ocurren las cosas al través. Bastaría citar su comienzo para captar el tono ajustado de las descripciones de García Pavón, frente al verbo viajero de don Víctor. “Fui a rever Puertollano y llegué a la anochecida. Llegué en coche camión con luces dentro y la noche fuera. Ya en las estriberas del pueblo, las luces bullían entre los cerros como bolliscas de carbón”. La tesis de Pavón sobre Puertollano es bien visible, consecuencia de la mutación de sus cuatro edades: la protohistórica de la espiga, la media del agua agria, la nueva del carbón y la novísima de la pizarra bituminosa. El mestizaje de la ciudad era analizado a través de sus construcciones y ,más tarde, de sus gentes. Si “junto a la rúa añosa, estrecha y ladeada se dispara de súbito la calle ancha y recta de puro nueva apenas desbastada. Junto al casulín encarbonillado y oprimido de la edad del agua medicinal, la casa nueva lustrosa y prepotente, que se rebulle altiva entre sus costosos vecinos”, componen la visión de una ciudad que se ha transformado en los ojos y en el corazón. Puertollano la otra, la de las aguas dulces y agrias de don Víctor de 1953, seguía siendo, a su parecer, una ciudad americana -otra visión hermética y otra nota metafórica- con los bares más lujosos de La Mancha, con barras de dieciséis metros, con señoritas uniformadas y guapísimas que sirven limonada o naranjada. La fijación americana, es tal que llega a verificar la relación de Puertollano con Almodóvar, similar a la de Nueva York con Washington. Las diferencias de ambos ojos viajeros, son claras: terrenales y aéreas, como una traza que une a Rocinante con Clavileño, lo posible con lo imposible. Pavón habla del pasado desde el presente, mientras que de la Serna habla de un futuro previsible desde un presente incierto de barra americana de formica y fluorescentes cegadores. Esos bares americanos, con barras larguísimas y chicas uniformadas, eran una visión anticipada de un futuro imposible de entender desde el casulín encarbonillado de Pavón. De igual forma que el kilovatio saltarín es un futuro previsible, frente a la terquedad de la bollisca de carbón del presente incierto e imperfecto. La captura falangista de De la Serna que hace Utrera de Molina en el prólogo del viaje manchego en 1959, quizá termine con esas visiones metafóricas y futuristas, para encerrarle en un rancho de la palabra domesticada en lunas blancas e inmensas y en la zozobra de lo que no acaba de llegar.

V

Las ilustraciones de los trabajos de De la Serna tienen, por ello, un matiz distinto, muy distinto, a sus palabras y tonos. Brufau acomete las de los foramontanos, con un trabajo a pluma próximo a la representación de un xilograbado ejecutado por la reciedumbre de un fraile célibe. Pequeñas viñetas al final de cada episodio como colofones; letras orladas capitulares en su comienzo y vistas no identificables con ningún lugar. Lo mismo León que La Bañeza, los Picos de Europa que el Puerto del Amor. Tan es así que la viñeta de la crónica de Astudillo, la termina con un molino inequívocamente manchego. Frente a la visión monástica de un copista que realiza Brufau en 1955, Prieto ilustrador de la “Vía del calatraveño”, opta por una línea pulcra, con su ya conocido dibujo aseado. Bufrau colabora en esta edición de “La vía del calatraveño” de 1960 en los capitulares y en los colofones, dejando a Prieto el grueso ilustrador. Y muchas preguntas plegadas a la letra. ¿Por qué desaparecen las ilustraciones de Gómez Cuadra de 1959 y aparecen las de Prieto un año más tarde? ¿Quién desterró a Gómez Cuadra de su asociación temporal con de la Serna?

El enigma, para mí, es por tanto el de las ilustraciones de Gómez Cuadra para Por tierras de la Mancha. Muerto de la Serna, el proyecto de publicar en forma de libro sus crónicas del ABC de 1953, escapa a su control, y es alguien distinto el que decide verter a la imprenta tales crónicas periodísticas. De igual forma que ignoramos si en la mente de don Víctor estuvo el ser ilustrado por un pintor que estaba recibiendo las heridas del mal francés. En noviembre de 1957, Gómez Cuadra nos anuncia su estancia parisina para el año siguiente. Quiere ello decir, que cuando De la Serna muere en noviembre de 1958, el pintor ha desconectado de algunas cuestiones y se abre a otras distintas: vive en París y muere en ningún sitio. Muerto De la Serna, parece ser que se inicia con prontitud la edición de sus crónicas manchegas. El libro, con depósito legal 20/1959, se termina de imprimir el 27 de junio y sale a la luz en los primeros días de julio, anticipándose a la edición que en Madrid prepara Eugenio Montes para Prensa Española. El tema por dilucidar es si las ilustraciones son anteriores o posteriores a la muerte de De la Serna. Esto es ¿se ajustan los dibujos de Gómez Cuadra a lo cantado por don Víctor? o ¿se escapan a sus visiones de gozo y gloria? Yo me inclino pensar lo segundo; es un proyecto personal elaborado por Gómez Cuadra, merced al encargo que recibe del Gobernador Civil Utrera de Molina a finales de 1958. Fernando, estamos pensado desde la Jefatura Provincial del Movimiento, en sacar este libro. He pensado que podías ilustrarlo. Si te interesa, te envío los textos -caso de que no los conozcas- por si te sirven de referencia. Necesitamos los originales tuyos. Sobre marzo del año próximo.

Si hubieran sido anteriores a la muerte de Víctor de la Serna, el tono representado en las ilustraciones habría sido más próximo al de Brufau o incluso al de Prieto. ¿Pero por qué Gómez Cuadra?, cuando el encargo se podía haber canalizado a otras glorias más notorias: el ya aludido Prieto, que aunque no estaba en la órbita del Movimiento, era difícil que se negara a una petición de Utrera; el más próximo López Villaseñor y el más distante pero más capacitado López Torres. Sorprendentemente, la apuesta recae en un pintor de segundo nivel, de menos audiencia y con menos llegada que los anteriores pero que pronto será olvidado como los hechos demuestran con tozudez. Tan olvidado como la edición que ilustra, que no merece ser tenida en cuenta por el hijo de Víctor, Alfonso, cuando relata las vicisitudes de los “Viajes por España” de su padre. Pudiendo haber optado por la generación de los veinte, se opta -Utrera opta- por la generación de los treinta y quizás se equivoca. Analizando las 10 ilustraciones de Gómez Cuadra, podemos observar diferentes incidentes que no hacen sino prolongar nuestra extrañeza y nuestra creencia de las autonomías de tales ilustraciones. Están concebidas libremente y son ya un testamento de despedida; del que sabe irresoluble la solución a ciertos problemas. Si los capítulos son catorce, lo razonable en el proyecto, habría sido producir otras tantas ilustraciones, es decir catorce, que eso es lo que hace Prieto posteriormente. Pero no, Gómez Cuadra sólo realiza un número exacto y diferente al de las crónicas. Realiza diez estampas de diez crónicas, como si fueran diez mandamientos de una ley personal que empieza en Puerto Lápice y termina en su ciudad, Puertollano. Excluyendo, por tanto, cuatro correlativas que corresponden a las crónicas números 7, 8, 9 y 10. Las otras diez ilustraciones cuentan con su estampa identificable, en todo o en parte. De Ocaña a Puerto Lápice, lo resuelve con una estampa de la Venta de Don Quijote, que aparece en la página 15, con malvas y grises sobre las paredes que debían de haber sido vistas como encaladas de blanco brillante y gozoso. Unos trazos presurosos realizados con punta de fibra, esto es realizados con rotulador en una época en la que éstos eran infrecuentes, y con cierta desgana. Color de los ojos del Guadiana, segunda crónica que De la Serna firma en mayo de 1953 en Ciudad Real, merece una estampa otoñal de árboles sin hojas y muros densos, oscuros y sombríos; con una dificultad para su reconocimiento en la página 25. Es una calle con tres árboles a la derecha y una edificación irreconocible que quiere ser un templo, merced a los pináculos que se levantan por delante de unas tiras de cielo azul, que parece una serpentina de confeti. Al fondo se descubren unos trazos violentos en colores puros: rojos y amarillos, sin aparente explicación. La tercera entrega de Gómez Cuadra, está referida a la crónica llamada La gran cisterna de la Mancha y aparece en la página 35. Ha optado por lo fácil, unos molinos de viento sobre el cerro de Criptana y con un cielo recorrido por multitud de incidencias: colores varios del amarillo al azul y del cárdeno al malva, trazos sueltos como marcas de humo que saltan de cualquier chimenea. Con esta estampa se pierde el ritmo pautado de las páginas acabadas en 5 para saltar a las terminadas en 3: 43, 53, 63 y -largo salto- 103. La primera de ella está referida al canal que atraviesa Argamasilla de Alba y se ubica en la crónica El gauchaje del Campo de Alba. Otra vez el otoño, cuando la crónica está fechada en junio; por ello los árboles se apagan igual que los malvas de las paredes y los tierras de los pisos y caminos. Estas imágenes son posibles concebidas en París en invierno y basadas en la memoria que uno guarda de aquellos lugares. O incluso extraídas de unas fotos en blanco y negro, realizadas entre otras posibles y enviadas como inspiración o fundamento a la ilustración. Pero realizadas, a fin de cuentas, también en el otoño y no en primavera. Sólo, tal vez, la estampa referida a Ruidera deja entrever un atisbo de sol o un átomo de verano. Las siete hijas del Rey, es la crónica serniana de título fácil y facilón, que apunta un aire calmo de primavera madura. Visible en los amarillos, en algunos verdes y en las crestas coronadas de los álamos. Una codorniz que avisa a tiempo, compone las páginas de la crónica centrada en La Solana, donde se ilustra en la página 63 su plaza y sus soportales. Otra vez la cinta amarilla sobre el cielo, los naranjas por el suelo y los morados que quieren ser sombras en los muros blancos. Otra vez la eterna duda, sobre si estamos en primavera o en el otoño frío y francés. Santo Tomás y Quevedo en Infantes, los bateleros del Guadiana, Intermedio gastronómico a medio viaje y el Valle Real de la Alcudia, son las crónicas sin ojos, sin estampas y sin ilustración. ¿Razones para ello? no creo que existan o que sean muy evidentes. Pero finalmente ese es el resultado. Campo de Calatrava se ilustra con el lado de levante de la plaza de Almagro, en donde destacan los malvas continuos de paredes y corredores y unos grises sucios del empedrado. Almagro repite ilustración para el capítulo denominado El morillero de Almagro, que nos presenta la Casa de la Plaza de San Francisco. Gloria de Calatrava la Nueva se ilumina con la visión del rosetón del Convento, en una agitada mezcla de tonos y colores: sepias, amarillos, verdes y azules. El capítulo final con la crónica Agrias y dulces aguas, lo ilustra Gómez Cuadra con una vista longitudinal del Paseo de San Gregorio y la Fuente Agria al fondo, que es ya una despedida. Quizás de todas las estampas trazadas por Gómez Cuadra, sea la que desprende, pese a todo, algo del color del vientre de la primavera: árboles verdes amarillentos y azules profundos para el cielo. Quizás sea el color y el calor de los recuerdos de la infancia y de la juventud. Bastaría comparar las ilustraciones de Gómez Cuadra con las de Prieto para obtener algunas respuestas a todo lo que indagamos. Las imágenes del pintor de Puertollano están desprovistas de vida, o la vida no aparece. En Prieto con catorce dibujos, la figura humana aparece en once ocasiones: como fondo o como protagonista. Pastores, aguadores en Puertollano, encajeras en Moral o en Almagro, vendimiadores con bigote como los soñó don Víctor y hasta frailes en el Convento de los dominicos de la Asunción de Calatrava. En Gómez Cuadra sus once dibujos aparecen vacíos y desolados, como ya era él cuando dibujaba mecánicamente en los atardeceres de un París plata y plomo que le recordaba el color de la mina y el cenagal de la memoria. Desolación y vacío mucho más evidente, al captar espacios amplios o escenarios urbanos en los que es inusual no capturar un trasiego de vidas o un animal que escapa y sale al campo. Plazas vacías, Paseos abandonados, soportales sin inquilinos y campos sin agricultores. Esa frialdad de las composiciones deshumanizadas, se prolonga en la frialdad de los colores arañados. Y constituye un anticipo del olvido que se cierne y se presiente al rayar la hoja blanca del cuaderno con la tinta o el acrílico. Como un barrunto de lo que se marca hoy pero será olvidado mañana, cuando todo se olvide.

Ese recuerdo llamado “una vida” no es sino un relato, tan ficticio como una novela, pero igualmente verosímil.

Félix de Azúa.