Puertollano

Lecturas para quedarse en casa en inusitados tiempos de crisis sanitaria

Molinos de harina en la comarca de Puertollano (y IV)

Cuarta y última parte de un amplísimo estudio escrito por Miguel Fernando Gómez Vozmediano y publicado en el número 1 de la Revista Campo de Calatrava del año 1.999

Siguiendo el hilo de la historia de estos molinos vamos descubriendo otros temas transcendentales relacionados con el pasado de Puertollano

Miguel Fernando Gómez Vozmediano

06/04/2020

(Última actualización: 06/04/2020 22:06)

Imprimir

(Enlace a la primera parte del estudio ya publicada)

(Enlace a la segunda parte del estudio ya publicada)

(Enlace a la tercera parte del estudio ya publicada)

4.4. LA CRISIS DEFINITIVA DE UNA FORMA DE VIDA (1835-1950)

El reinado de Isabel 11 supuso para España la abolición formal del Antiguo Régimen y la consolidación de la Edad Contemporánea atisbada en la Constitución de Cádiz y su obra legislativa. Hacia 1834-35 puede darse por concluida una prolongada etapa multisecular en la que Monarquía autoritaria, estamentos, linaje, privilegios y orden señorial deja paso a un Estado Liberal salpicado de nuevos términos como clases, unificación jurisdiccional, reordenamiento judicial y caciquismo.

Los nuevos tiempos supusieron la suplantación (que no superación) de las estructuras socioeconómicas heredadas del pasado por una compleja ideología mezcla de elementos añejos (catolicismo inmovilista, mantenimiento de las diferencias sociales, perpetuación de formas de vida en el medio rural, alianza entre antiguas familias con sagas de negociantes), con innovaciones trascendentales (eclosión de la burguesía como grupo hegemónico, concepción del dinero como fin en lugar de como medio, desamortización eclesiástica de Mendizábal y civil de Madoz, adopción de ideales liberales por la burguesía provincial, etc.).

En este sentido, es significativo el trasiego obligado de títulos de propiedad propiciados por la venta forzosa de bienes amortizados en beneficio de las arcas del Tesoro Público. Como muestra un botón. En 1838 don Diego Felipe Fernán del Campo, presbítero poseedor del vínculo fundado por don Diego y don José Fernán del Campo, vende un molino harinero de 2 piedras y obra denominado el Molinillo (sito en el río Montoro) a Nicolás Fernández y Antonio Morena, moradores en la todavía aldea de Hinojosas, por el precio de 17.800 reales.

Para Puertollano, la España Liberal significó su vinculación judicial a Almodóvar del Campo y administrativa a Ciudad Real, en sustitución de la antigua capital calatrava, Almagro. Son suprimidos prioratos y encomiendas, exclaustrándose algunos de los franciscanos alcantarinos del convento de San Gil. El general Narváez toma las aguas en el balneario local durante el verano, lo que alienta la construcción de una carretera entre Ciudad Real y Puertollano (1850).

La desamortización afecta a los bienes del clero y a los baldíos municipales, requisados y vendidos de forma masiva al mejor postor a toda prisa, siendo comprados por los burgueses y clases medias tanto madrileñas como locales. Se segregan de su término las aldeas de Cabezarrubias (1842) e Hinojosas (1844). En 1865 llega el ferrocarril a la localidad y por fin, en 1873 se descubre por casualidad la riqueza hullera de la cuenca del Ojailén.

Cambios tan notables, sin duda hubieron de redundar en la decadencia de la industria molinera local. Mediado el siglo XIX, el Diccionario de Madoz alude escuetamente a la existencia de 2 molinos harineros en el Ojailén y 3 de aceite. Aunque hay que tener en cuenta que los datos pertenecientes a sus antiguas aldeas se consignan por separado, lo cierto es que, por primera vez en la historia de nuestra localidad, la molienda de trigo había sido desbancada por las cada vez más valoradas almazaras de aceituna.

Este fenómeno era extrapolable al resto de la provincia, donde se estima que por entonces había unos 139 molinos de agua y 35 de viento, en tanto que las prensas aceiteras ascendían a 164 almazaras. Las reducidas inversiones practicadas, su dispersión, estructura de la propiedad y régimen de explotación demuestran que se trata de labores artesanales que apenas bastan para cubrir la demanda de los mercados locales más inmediatos. Con todo, el sector harinero manchego ocupaba la segunda plaza en cuanto a capital absorbido, volumen de producción y mano de obra industrial, siendo sólo superado por la industria de transformación aceitera y a considerable distancia del resto de actividades terciarias coetáneas.

Poco antes del hallazgo del carbón en las inmediaciones de Puertollano y del definitivo cambio de medio natural circundante, una monumental obra sobre la España de Isabel describe nuestro entorno en los siguientes términos: "esta plantado de encinas, carrascos, robles y fresnos a las margenes de los ríos, alcornoques de que se sacan mucho corcho, chaparros, maraña, acebuches y durillos, de los cuales se hacen excelentes bastones y baquetas para escopetas, creciendo tambien en ellos mucha adelfa, llamada en el país baladre, muy perjudicial a los ganados"

Por lo que atañe a los cursos fluviales comarcanos, recapitula que "ni los ríos ni los arroyos tiene fuente alguna y el curso de casi todos ellos suele interrumpirse en los veranos de gran calor, en los quales solo quedan algunas charcas llamadas tablas, en las cuales se crian ricos peces, siendo el mas permanente el Fresnedas; pero sus aguas en invierno impulsan muchos molinos harineros por medio de canales de madera, no aprovechándolos para el riego mas que en algunas huertas".

La explotación de la cuenca minera desde el último tercio del siglo XIX supuso el abandono casi total de los molinos harineros en el cauce del Ojailén. Sus inmediaciones se poblaron de castilletes metálicos y escombreras, aprovechándose sus aguas para lavar el negro mineral. La contaminación de su curso es un hecho a inicios del siglo XX. Sólo en la cabecera de arroyos como el de La Higuera era factible la explotación de los rodeznos.

No obstante, la red fluvial del Valle de Alcudia escapó a esta dinámica, permaneciendo en pie muchos de sus molinos harineros para abastecer a la población de aluvión del Puertollano minero. La villa se torna ciudad por privilegio de Alfonso XIII (1925) y la dedicación campesina se reconvierte a las labores extractivas. Los peones y jornaleros agrícolas se han trasformado en obreros y operarios de las explotaciones hullera. El urbanismo de Puertollano sufre importantes cambios a los largo de este tiempo, surgiendo barrios mineros en los extrarradios, como fueron Asdrúbal o el muelle de María Isabel, muy cercanos al río Ojailén.

Los molinos del Montoro escaparon a esta dinámica hasta que, mediado el presente siglo se construyera el pantano del Montoro, con lo que se desviaba al abastecimiento del complejo industrial y al consumo humano el agua antes usada como fuerza motriz para sus molinos riberiegos.

En las primeras décadas del siglo XX entran en funcionamiento la primera empresa generadora de electricidad en Almodóvar de Campo (no lo olvidemos, cabeza de Partido de la comarca). La fuerza motriz hidráulica queda reservada únicamente a un par de molinos comarcanos, como el emplazado en el Arroyo de la Higuera (conocido popularmente como molino de Delio, en funcionamiento aproximadamente hasta 1950). Igualmente gozó de una larga vida tuvo el de Flor de Ribera, ubicado en el curso alto del Montoro; popularmente conocido en su última etapa como "la Molinilla". Tras la Guerra Civil, la cercana Hoz de las Navas fue el escenario de una de las últimas escaramuzas entre los maquis y la guardia civil. La partida de "el Cano", "el Vidrio" y "el Petaca" fueron abatidos por la brigadilla en una cueva, tras mil peripecias y la complicidad de los lugareños que alimentan a los guerrilleros. Pues bien, ambos molinos, aunque maltrechos sus edificios y carentes de la mayor parte de su maquinaria, todavía quedan en pie, mudos testigos de otros tiempos. Perfectamente integrados en el paisaje, parecen invitarnos a desvelar sus secretos, a rescatar su recuerdo del olvido en que se hayan sumidos.

Con la radicación de una Central Eléctrica, en el término de Puertollano financiada por la Sociedad Minero Metalúrgica de Peñarroya (1926) se abre el camino para la introducción de nuevas térmicas (ENCASO, 1953, Sevillana de Electricidad, 1972), se termina con la adaptación generalizada de la energía eléctrica a la molienda del trigo, surgiendo las panificadoras en el casco urbano. El tiempo de los molinos había pasado al recuerdo.

5. MEMORIA DE UNA ARQUITECTURA RURAL PERDIDA Y DE UNA FORMA DE VIDA OLVIDADA

Los edificios levantados como molinos hidráulicos tienen una estructura sencilla, esencialmente utilitaria y desprovista de concesiones a la estética. De planta cuadrada o rectangular, sus cimientos y el arranque de sus muros suelen ser de piedra unida con argamasa. Sus paredes son de tapia (barro y paja prensada, secada al sol) o mampostería (ya en el siglo XIX). Contaban con pocos vanos o ventanos, los imprescindibles para airear el interior, con la finalidad de aislar la sala del exterior y evitar corrientes aire que dispersaran el grano o la harina.

El suelo, de tierra prensada o solería de barro, tenían una ligera pendiente irregular. Eventualmente unos escalones que salvan el desnivel. Los paramentos estaban encalados por dentro y por fuera, no siendo extraño que se enlodarán de estiercol supuestamente para prevenir enfermedades (la viruela) y evitar las plagas (piojos, reznos y otras sabandijas), además se evitaba enyesar la pared y facilitaba su posterior encalado.

La techumbre, en el mejor de los casos de teja árabe a dos aguas y vertiente suave, normalmente vertía a un agua y se sostenía sobre un armazón de madera compuesto de vigas y tirantes cubierto de un espeso entramado de retama o juncos que pueden estar trabados con barro para impermeabilizar el interior. En todo caso, se intenta garantizar que la sala de molienda quede a salvo de las lluvias para evitar la pobredumbre del cereal.

En un cuarto anejo a la sala de la maquinaria se encontraban los aposentos del molinero. Un cuarto desnudo, de ventanucos altos, chimenea embutida en una de las paredes más lejanas a los rodeznos (eventualmente separado por una rústica tapia) y poyos adosados a las paredes que servían de burdos asientos de obra y por la noche se convertían en camas elevadas, para escapar de la humedad del suelo y de los roedores que pululaban por las cercanías.

Por su importancia y carácter emblemático, sería conveniente analizar las piedras de molino y estudiar sus estrías. Existen dos tipos de incisiones, idénticas en ambas caras, de unos milímetros de profundidad, encargadas de triturar la materia que penetraba por el centro de la piedra. Otras marcas, los "rayones", son más profundas, largas y anchas que las anteriores, siendo cortadas de forma oblicua sobre la superficie pétrea, para expulsar fuera el producto transformado.

Además, algunas piedras pueden tener en su diámetro externo unos orificios opuestos para facilitar su transporte o cambio de caras, introduciéndoles dos barras de hierro preparadas a tal efecto. Las piedras solían ser trabajadas con picotas, piquetas, rudimentarios cortafríos y una maza (con mango de madera y cabeza metálica). Las piedras eran en su mayoría calizas, arrancadas a la tierra en las pedreras manchegas, siendo encargadas a tratantes itinerantes o compradas a pie de cantera al molero o fabricante. En ambos supuestos, su traslado al molino era realizado en carros, hasta que le mejora de las carreteras y la ampliación de la red caminera local en carriles rurales permitió el paso de vehículos de motor.

Los campesinos llevaban el cereal de madrugada y volvían al anochecer ya mixturado. El cosechero esperaba pacientemente en las inmediaciones del molino a que se moliera la carga llevada, departiendo con sus vecinos, hablando del tiempo con los encargados de la aceña, jugando a las cartas bajo el porche exterior que solían tener adosados estos complejos industriales o bien aprovechaban para pescar en el río. El tiempo aproximado de moler una carga de grano (75-80 ks.), que era lo que podía trasportar una bestia de carga, era de unas 2 horas. En todo caso, dependía de si el molinero debía esperar a que se colmatase la presa molinera o del tumo que había de aguardar hasta que se molía lo acarreado por el cosechero.

El difícil trato cotidiano, la obligación de los labradores a recurrir a sus servicios y de someterse a sus exigencias, junto a la mala fama granjeada por algunos de estos molineros, no pueden hacemos desvirtuar su imagen real, llena de sinsabores y consagrada a un trabajo tan lleno de imprevistos y de precariedades como las de sus paisanos.

Al menos desde fines del siglo XIX y a lo largo de todo el siglo XX, el molinero es un personaje procedente del pueblo llano y que comparte el mismo duro destino que sus congéneres. Ya no es el antiguo ricohombre ni el señorito burgués, sino un pequeño propietario que ha de trabajar duro para llevar a buen puerto un negocio familiar y ganarse de forma honrada su sustento y el de su prole, a menudo alternando dicho oficio con el laboreo en los campos.

La introducción de la electricidad acabó con esta industria riberiega. Motores y maquinaria industriales hacían obsoleto un trabajo pesado y laborioso que ahora podía hacerse en el propio casco urbano, sin depender de las corrientes de los arroyos y sin la necesidad de mantener una estructura arquitectónica y una forma de trabajo tan dependiente del medio rural. Por si fuese poco, las crecientes necesidades impuestas por el embrión de lo que llegaría a convertirse en el complejo petroquímico de Puertollano y las recurrentes riadas del Ojailén (como la de 1957), contribuyeron a que las autoridades tomasen conciencia de la necesidad de encauzar su ribera. Dichas obras de ingeniería empezarían años después, acometiéndose en varias fases. Supusieron importantes labores de drenaje en el lecho del río, desviando parte de su cauce y canalizando amplios tramos de su recorrido. Aunque beneficiosas para las barriadas de Asdrúbal y Muelle María Isabel, y sobre todo para la marcha de la industria local, tales trabajos hidráulicos terminaron con el poco encanto que todavía conservaba su ribera.

Lo que empezó siendo una explotación privilegiada de las riquezas naturales de los ríos en el marco de un sistema de trabajo feudal, a estas alturas de la historia se había convertido en una modesta fuente residual de ingresos, prescindible y marginal.

6. EPÍLOGO

La temprana explotación de la fuerza motriz de las aguas fluviales en nuestro entorno se remonta como mínimo a la Edad Media, estando documentada de forma más o menos precisa desde fines el siglo XIV hasta el último tercio del siglo XX.

Durante estas casi seis centurias, las transformaciones técnicas no fueron demasiado espectaculares, desarrollándose en torno a la molienda del cereal para el consumo animal o humano una filosofía de trabajo y unas pautas de vida rural que permanecieron más o menos incólumes hasta fechas muy recientes. Sólo en pleno siglo XVIII comienzan a adoptarse innovaciones técnicas respecto de siglos anteriores, alternándose las paradas de rodezno con los molinos de cubo.

La propiedad molinera estuvo siempre en manos de la élite económica y social de las comunidades campesinas. En el caso concreto de Puertollano, su oligarquía estuvo integrada primero por los grandes propietarios agrícolas (siglos XIV-XV), para luego ser barridos por los negociantes laneros y a los tratantes en paños (siglo XVI). Estos a su vez claudicaron ante los hidalgos terratenientes (siglos XVII-XVIII), luego reconvertidos en caciques (siglo XIX), quienes a la sazón dejaron paso por los medianos campesinos, terminando por ser la molienda de grano en el medio rural un negocio doméstico marginal (siglo XX).

La vida en estos complejos industriales rurales era dura, estando sometida a las inclemencias del tiempo y a una existencia en el descampado cuajada de peligros (asaltos de bandoleros, ataques de alimañas, siempre preocupados por

las eventuales riadas o pendientes de las temibles sequías). Además, solía verse salpicado de miserias (malas condiciones higiénicas, ocupación de infraviviendas, trabajo a destajo, explotación de mujeres y niños, poco sueldo y menor consideración social). Por todo ello, sus operarios solían ser asalariados cualificados o bien criados de los poderosos dueños de tales explotaciones fluviales.

Pícaras molineras, penosas faenas agrícolas y cadencioso ritmo de vida campesino han quedado en la memoria colectiva arrinconados en la memoria de nuestros mayores. Tales ingredientes conforman un pasado que estamos empeñados en reconstruir y acercarlo a los ciudadanos de hoy como postrero homenaje a nuestros antepasados que con el sudor de su frente alimentaron a su familia, supieron mantener durante siglos un innato equilibrio ecológico entre la naturaleza y el ser humano e intentaron ofrecer un mejor porvenir a sus descendientes.

La naturaleza parece tomarse su tributo y, en la actualidad, los cauces abandonados de los ríos de nuestro término empiezan a volver a estar cuajados de membrillares, arboledas y una rica fauna compuesta por peces, anfibios y aves acuáticas que reclaman su espacio vital, su derecho a sobrevivir en medio de tanta contaminación y atentados contra el medio ambiente de la civilización industrial. En la actualidad, se están acometiendo trabajos de limpieza y recuperación de parte del tramo más degradado del río Ojailén, financiado por los fondos MINER de ayuda a las depresivas comarcas mineras.

La trayectoria histórica y raíces culturales de los molinos harineros fluviales forman parte de nuestra tradición, de nuestros orígenes, de un tiempo pasado no necesariamente mejor ni tan remoto como pudiéramos creer, aunque sí definitivamente perdido en el umbral del Tercer Milenio. Confiemos en que las generaciones futuras sepan valorar en su justa medida su legado y honrar como se debe su entrañable recuerdo.

LITERATURA POPULAR Y TRABAJOS FRUMENTARIOS

Siiglo XIX (?)

Pliego de cordel. Propiedad particular.

"Martirio que pasa el trigo desde el día que se siembra

Dice el trigo lamentando

su vida triste y austera

que nadie se acuerda de él

hasta que no está en la mesa.

Atención pido lectores

si lo quieren escuchar

las aventuras del trigo

ahora las voy a explicar.

Apenas llega el otoño

con piedra lipe me quedan

y con una pala de hierro

me dan millones de vueltas.

Después me hacen un montón

me echan en un costal

y me llevan de la hoja

y me entierran sin piedad.

Apenas que voy naciendo

de nuevo otra vez me tapan

y no tengo más amigos

que el aire, el sol y la escarcha.

Así me paso el invierno,

siempre estoy a flor de tierra

y luego en el mes de marzo

y viene la primavera.

Luego pasa abril y mayo

y voy echando la espiga

y todos los pasajeros

al pasar ellos me miran.

Aquí viene el mes de julio

que es el mes de los tormentos

y me llevan para casa,

me cortan con una hoz

y me tiran por el suelo.

Y todos me van pisando,

desde el niño hasta el viejo

y me hacen un montón

con el sol como cerebro.

Luego cuando les parece

se presentan con un carro

y con una horca de hierro

arriba me van echando.

Y luego todos me pisan

y con una soga atado

me llevan para la era

me tiran de arriba abajo.

Luego, cuando les parece

me desparraman en la era

y me ponen una trilla

que corta como una sierra.

Después me hacen un montón

y me limpian como un liendre

y me apartan de la paja,

quedo yo solito y en cueros.

Me recogen en costales,

me llevan a la panera,

cuando a ellos les parece

me muelen entre dos piedras.

Así de bien estrujado.

magullado y maquilado

se quedan con una parte

molinero, amo y criado.

Después me llevan a casa,

me echan en una artesa

y con agua bien caliente

por encima me la echan.

Luego me hacen un pan

y me llevan sobre el hombro

y sin la menor compasión

me meten dentro del horno.

Después me sacan de allí

y cuando estoy en la mesa

todos tiran de navaja.

Aquí termina señores

las aventuras del trigo

para que sirva de ejemplo

a las niñas y a los niños.

Enterrado y resucitado,

sufriendo penas de infierno

la vida de un pecador

es la del trigo, recuerdo.