Cultura

Lecturas para quedarse en casa en inusitados tiempos de crisis sanitaria

Molinos de harina en la comarca de Puertollano (III)

Tercera parte de un amplísimo estudio escrito por Miguel Fernando Gómez Vozmediano y publicado en el número 1 de la Revista Campo de Calatrava del año 1.999

Miguel Fer

05/04/2020

(Última actualización: 05/04/2020 21:38)

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(Enlace a la primera parte del estudio ya publicada)

(Enlace a la segunda parte del estudio ya publicada)

4.2.4. ESQUEMAS DE TRABAJO, FORMAS DE NEGOCIO Y CONDUCTAS VITALES

Los trabajos que se desarrollaban en torno a los molinos harineros de la comarca de Puertollano están marcados por tres grandes períodos estacionales. Un máximo de actividad en los meses otoñales, inmediatamente posteriores a la siega de las cosechas de grano a lo largo del verano (cebada en junio, trigo en julio, centeno en agosto), y tras el periodo de fiesta marcado por los hitos de Nuestra Señora de Agosto y la festividad de la Virgen de Gracia (primer domingo de septiembre). Durante el invierno ríos y arroyos solían llevar caudal suficiente para que sus aguas movieran ruedas y rodeznos y las dos piedras de molino que solían tener los rodeznos comarcanos. En primavera, se aprovecharían las postreras lluvias para moler las últimas cargas de grano, acercadas por cosecheros y acarreadores en carros, o bien a lomos de mulos y asnos. En verano, los molinos de la zona estaban deshabitados; nada se podía hacer en ellos (salvo acometer reformas o emprender reparos). Además, la siega ocupaba a la mayor parte de la población.

Las Relaciones Topográficas de Felipe II recogen de manera fidedigna el régimen hidrológico en los cauces del término:

"cerca de la dicha villa, un cuarto de legua della, a la parte del mediodía pasa un arroyo o río que le nombran Hojailen que lleva agua en invierno y cuando llueve mucho y corre hacia oriente y a cinco leguas desta villa se junta con otro río que se dice el río Fresnedas, el cual corre por Sierra Morena hasta entrar en el río Guadalquivir, y por el valle de Alcudia dos leguas desta villa pasa otro río que tampoco es caudaloso que se dice Guadaenex (Tablillas) que lleva agua de invierno cuando llueve y es un poco mas corriente que (el) Hojailen por tener mayores acogidas de agua y corrientes de las sierras y también mas adelante, cuatro leguas desta villa, sale de Sierra Morena otro río que se dice Montara, (tiene) un poco mas de corriente que los otros dos que estan dichos aunque también corre con las lluvias del invierno y ambos a dos tienen la corriente hacia oriente y estan a mediodía y se juntan todos tres y van a parar al dicho río Guadalquivir y que en ellos se pescan peces."

Asimismo, se consignan las características técnicas y la ubicación de los ingenios hidráulicos del término municipal "en el dicho río de Hojailen, que pasa un cuarto de legua desta villa hay catorce molinos de a dos piedras de rodeznos y que esto no muelen sino es cuando hay grande abundancia de pluvías y el tiempo que ellas duran y no mas y son de vecinos desta villa, que no se arriendan y valen poco porque no ganan casi nada, y que el río Guadahenex (Tablillas) que pasa por Alcudia hay tres molinos de vecinos desta villa como los de suso declarados; y en el río de Montara hay seis molinos de vecinos desta villa que son como los que estan dichos, aunque muelen algo mas que los de su uso por correr un poco mas el dicho río y que algunos dellos se han arrendado a veinte y cuatro fanegas de trigo por cada año. "

A continuación, según testimonios locales, se consigna que "van a moler desta villa a los molinos que de suso estan dichos cuando muelen y traen agua los dichos ríos en que estan y a falta desto especialmente todos los agostos, van a moler a los molinos del río Guadiana, que pasa cuatro leguas de la dicha villa."

Así pues, sabemos que, cuando con motivo del estiaje estaban paradas las ruedas del Ojailén y Valle de Alcudia, los cosecheros del vecindario se desplazaban a la ribera del Guadiana, donde ya hemos visto que algunos vecinos arrendaban el usufructo o poseían en propiedad algún molino. Todavía hoy se recuerda el refrán popular que reza así: "el camino del Guadiana, el que lo anda lo gana".

A esta cadencia anual, debemos añadir el ritmo semanal. A lo largo de todo el año, domingos y festivos estaba prohibido trabajar para los católicos, imponiéndose penas espirituales y pequeñas multas a los infractores. Si descendiendo al día a día, las labores tradicionales de los molinos comenzaban al amanecer, cuando se ponía a punto el utillaje y la maquinaria, el molinero o sus criados pesaba el trigo acarreado por los trajinantes desde el alba. Una tupida red vecinal de caminos, veredas y trochas conducían al molino desde todos los puntos de los alrededores. Los sacos de arpillera y los costales de tejido burdo se apilaban a un lado de la sala de molienda, en espera de ser convenientemente preparados para ser transformados en harina.

Aunque las ordenanzas preveían que el ingenio se cerrase al anochecer y se abriera con los primeros rayos de sol, la realidad era que, cuando se podía y a hurtadillas, se molía incluso de noche. Bien es cierto que existen prejuicios para que pernoctasen en el campo mujeres y niños. La doctrina jurídica y los moralistas preveían posibles sisas, hurtos y deshonestidades. Y, a decir verdad, no faltan tales quimeras en la vida cotidiana de estos complejos riberiegos.

Para evitar en lo posible los fraudes, durante el reinado de los Austrias se levantaron Casa del Peso y de la Harina en la plaza mayor de la villa. Quienes conducían el grano a las paradas lo pesaban primero en tales establecimientos públicos. El fiel pesador, usando medidas-patrón contrastadas (cahiz, fanega, media fanega, celemín, medio celemín, cuartillo, medio cuartillo, etc), apuntaba en un libro el nombre o apodo del dueño del grano, su peso exacto, identificaba a su transportista y el día en que se sacaba de la villa. Una vez molido el grano, se volvía el costal a la Casa del Peso para cotejar los datos y comprobar que no había mengua alguna.

En la década de 1560, en el caso urbano de Puertollano, el ayuntamiento compró en plena plaza mayor una antigua tienda a la cofradía de la Caridad para instalar la Casa del Peso (destinada en principio a pesar aceite, pescado y mercancías varias). Junto a ella se ubicó la Casa de la Harina, que en 1564 nos consta se hallaba en buen estado, pero era imperioso trastejar su techumbre "muy maltratado y tiene muchas tejas quebradas y desbaratadas de causa de subir gentes y muchachos en los tejados de las dichas casas del Peso y de la Harina quando se corren toros en esta villa (es decir, el día del Voto)".

Normalmente, los molineros se abastecían de leña y madera en el monte circundante, si bien sus movimientos en este sentido estaban limitados a determinadas pautas no tanto de respeto al medio natural como a la salvaguarda de los derechos del comendador y del común de su paisanos.

El fundamental rendimiento del ingenio harinero procedía de la maquila. Se llamaba maquila a la medida o porción de grano, harina o aceite que correspondía al molinero en razón de la molienda. Por lo general, esta medida de áridos contenía medio celemín. Como ocurría en otros ámbitos de la vida económica rural, esta renta no estaba libre de impuestos ya que el diezmo de lo que se maquilaba pertenecía a la Mesa Maestral (en el caso de los molinos viejos) o al comendador (si se trataba de nuevas explotaciones).

La picaresca siempre estaba presente. Los campesinos mojaban excesivamente el trigo para aumentar artificiosamente su peso y poder demostrar una mengua culposa contra el molinero; los operarios de los rodeznos manipulaban las pesas y medidas de sus establecimientos para tomar una mayor porción de maquila; los propietarios de los ingenios, defraudaban a los recaudadores, declarando menores beneficios de los realmente obtenidos...

En ocasiones, la justicia hubo de atender las demandas de los lugareños, girando sorpresivas visitas a dichas aceñas para controlar la corrección de sus juegos de medidas al patrón de Ávila establecido desde antaño en La Mancha ciudarrealeña. Sin embargo, en ocasiones, ni siquiera los periódicos controles realizados en este sentido garantizaban la corrección de las medidas. Así, en la residencia (juicio a oficiales de justicia al término de su cargo) efectuada por el bachiller Castellanos, alcalde mayor de Almodóvar en 1555, se castiga el cohecho de un alguacil del distrito por aceptar el soborno del puertollanero Martín Hernández Corredor, quien mediante la entrega unas monedas le persuade para que no denunciase a su superior un celemín fraudulento.

Dejando por el momento a un lado tan escabrosas cuestiones, creemos que ha llegado el momento de incidir en la profesionalidad, el talante moral y el peso específico de estos propietarios inmobiliarios en la villa, sus inquietudes y sus temores vitales. Prestemos atención, por un instante, a un aspecto tan importante en la época como eran las estrategias matrimoniales y familiares. Está comúnmente aceptado que, en la época que nos ocupa, consideraciones tales como el amor o la mera atracción sexual entre nuestros antepasados quedaban en un segundo plano ante otras razones menos sentimentales, pero tanto más personales, como eran las alianzas entre familias, la unión de herencias afines o la consolidación de patrimonios rurales.

Fijémonos en un caso-tipo. La familia Yáñez es una de las familias más antiguas de la localidad. Un Yañes Gomes aparece consignado como testigo en el documento particular más antiguo que se conserva de la villa, en el que un escribano o clérigo local copia la donación de unos bienes a un mudéjar de Jaén. Este traslado autorizado fue cumplimentado en Puertollano el 31 de agosto de1332. Es decir, data de lustros antes de que la Peste Negra golpeara el lugar, desencadenando el Santo Voto que todavía hoy recordamos con su aniversario.

A caballo entre los siglos XV y XVI, Rodrigo Yáñez había acumulado una importante fortuna para la época y el medio en el que se desenvolvían su vida y negocios. Profesional encumbrado, pertenecía a una saga de traperos entroncada por vía matrimonial con las principales sagas artesanas del pueblo. Su propio hermano, Juan, participaba de cuantos negocios de envergadura se cerraban en la villa.

Además, al menos una de sus hijas, se casó con un tal Juan de Zezillano, cardador de Chillón afincado en la villa, seguramente huyendo de la severa represión inquitorial orquestada contra los judaizantes en este lugar de señorío laico. De pasado judeoconverso, cuando, mediado el siglo XVI, su hermano y sobrino Juan caigan en las redes del Santo Oficio reconocerán su ascendencia confesa y que un pariente suyo fue condenado por bígamo (casado dos veces, estando su primera esposa viva).

Envueltos en mil y un conflicto con sus paisanos, envidiados por sus vecinos y atribulados por ambiciones personales; algunos miembros de la saga son llevados ante la Inquisición o ante la justicia regia. He aquí una de estas enojosas causas y sus precedentes inmediatos. En navidades de 1538 estalla un escándalo en la ermita de San Sebastián cuando, con motivo de la Misa del Gallo, surge una disputa entre el regimiento de la villa y el clero local. Indignado por su actitud, el cabildo municipal de Puertollano que plantó cara al rector estaba integrado, entre otros, por propietarios molineros como Alonso González (hijo de Teresa López), Alonso Sánchez y Gabriel Yáñez. El párroco lugareño será demandado por el ayuntamiento en pleno, respaldado por el testimonio de personajes de la entidad de Rodrigo Yáñez, Juan Fernández Quintanar, Juan Recuero, Pedro de Arriba, Juan Bemaldo y otros oligarcas rurales.

Sin embargo, con actitudes compartidas e intereses aparentemente monolíticos, con poco que se rasque afloran hábitos violentos y disensiones irreconciliables. En febrero de 1539 el juez del Partido condena a Juan Yáñez a pagar 5.600 maravedís, sufrir un año de destierro del municipio y a ser privado del oficio de regidor. Además, cuando desempeñó el oficio de alcalde ordinario hacia 1532, parece que había exigido derechos indebidos, siendo considerado por algunos "hombre que usa mal de su oficio... e ser hombre inquieto incorregible e que pone escándalo entre vecinos".

A pesar de su talante, volvió a desempeñar este cargo en 1539-40, enfrentándose con el molinero Juan Beraldo por malgastar el dinero del concejo que se le había confiado para ir a la Corte a solicitar la roturación de la dehesa de Garcicostilla. Por si fuese poco y mientras tanto, Beraldo acusaba ante la Inquisición de Toledo, por blasfemo, a su pariente Gabriel Yáñez, quien parece que exclamó en público "¡Por vida de Dios!"136. El pleito se arrastró hasta 1542137, durando nada menos que una década su enfrentamiento frontal en los tribunales laicos y eclesiásticos.

Vidas cruzadas y enemistades profesionales, no consideramos que fuese ninguna casualidad que por entonces fuesen alcaldes de Puertollano Alonso Sánchez y Alonso González Ollero, con intereses directos en la molienda de la localidad y el comercio de granos comarcano.

Presionados por las circunstancias, los Yáñez abandonaron por esas fechas el negocio harinero, fueron dejando cada vez a un lado sus pretensiones de acceder al control de la vida municipal y se volcaron en la manufactura pañera que tanto esplendor dio a la villa durante el reinado de Felipe II. Puede que su relación con el Santo Oficio les desautorizó como cabezas de bando rural, refugiándose en el dinero como medio de mantener su notoriedad.

Aunque representativa esta familia de una forma de vida y unas normas de comportamiento colectivo, no debemos perder de vista la trayectoria de otros colegas de profesión o negocio de origen cristianoviejo, que constituían mayoría. En efecto, el protagonismo socioeconómico e influencia política de la mayor parte de propietarios de rodeznos durante el reinado de los Austrias Mayores es indudable. Los datos que podríamos aducir son irrefutables por lo que respecta a su patrimonio agropecuario, su participación en tratos textiles o su proximidad a los beneficios derivados de arriendos municipales y rentas de las encomiendas.

Por ejemplo, mientras en 1552-53 Martín Hernández Corredor disfrutaba de los pastos estivales en la dehesa de la Talaverana; el batanero Alonso Martín, Alonso Hernández Quintanar, Juan de Menasalvas y Alonso Prieto se lucraban especulando con el precio de la lana. A inicios de 1554, sabemos que Andrés Martín de Montoro tenía uno de los pocos garañones del lugar, posesión vital para el futuro del laboreo de los campos. Posteriormente, entre 1585-87, Alonso Martín "Botas" arrendaba la huerta de la Orden por 12 ducados, Francisco Hernández de la Corredera tenía 2.100 cabezas de ganado herbajeando en la dehesa del Ochuelo y Pascual Domingo gestionaba el diezmo de las Sernas (lo que le reportaba en torno a 41.000 maravedís anuales).

Lustros después, la estructura de débitos de Juan de Agudo, vecino de Puertollano, vinculado familiar y personalmente al negocio harinero, demuestra de manera nítida el abanico de intereses y la dinámica de los negocios complementarios emprendidos.

Trapicheos y negocios turbios, sobre los cuales durante mucho tiempo se había echado tierra encima por convenir al vecindario o haber tejido una tupida red de intereses que acallaban fraudes y transgresiones de normas dictadas desde la Corte, planearon en los momentos de crisis sobre nuestros paisanos, saliendo a la luz cuando se hallaba en entredicho la defensa de la comunidad.

Para demostrar este axioma, nada mejor de acercarnos a un período de escasez de grano concreto: el bienio 1594-95. En junio de 1594 la justicia ordinaria encausaba desterraba a Cristóbal López, el mozo, junto a otros tres de sus paisanos, por vender trigo a precios elevados142. El fraude a sus parroquianos era tanto más grave cuanto era de ínfima calidad la harina procedente del trigo almacenado en el pósito (silo de trigo municipal) entregado para el consumo humano, tan "mal cozido e moreno e de tal manera que dezian ser dañoso".

El pósito local estaba ubicado en la casa de la viuda de Montoro. Se achacaba su mal encamaraje a la existencia de una ventana abierta a la calle por la que se colaban humedades y animales (gatos, palomas y otras aves). No obstante, esta institución municipal era el último recurso para alimentarse en caso de necesidad. Algunos beneficiarios de la caridad pública aseguran que "el pan (de trigo del pósito) se vendía a 8 maravedís, y esta que declara a comprado harina de cebada en casa de Contreras a medio real (17 maravedís) el celemín de harina e a 20 maravedís y esto lo cozia para comer ella e su familia e casa".

Mientras tanto la harina se aterronaba en el molino del Guadiana, echándose a perder.

Si esto acontecía en verano de 1594, el invierno siguiente fue particularmente penoso para la inmensa mayoría de la población, cundiendo el hambre y la desesperación en la comarca. A río revuelto, ganancia de pescadores. Esto debió pensar Andrés Martín Recuero, mayordomo y gestor del pósito de Puertollano entre 1593-94, cuando al final de su mandato se halla que faltan 400 fanegas del trigo encamarado. Abierta "la caza de brujas", se le acusa de vender buena parte del grano (otras 200 fanegas, sobre un total de 988) que le había sido confiado por el concejo, enajenándolo por encima de la tasa.

Agobiado por la escasez, el ayuntamiento decide registrar los graneros privados para sacar al mercado el grano atrojado. Se hallan importantes cantidades de trigo en las cámaras de Pascual Domingo Pastor, Pedro Gómez, Juan Rodríguez y María López (viuda de Juan García Pascual). Mientras estas diligencias tenían lugar, se embargan las posesiones del molinero procesado. Entre la espada y la pared, para escapar de las habladurías ante la justicia, Recuero declara enemigos capitales a Juan Ruiz y a su yerno Francisco Buitrago, cómo no, pertenecientes a una antigua saga de propietarios de ingenios harineros.

Tras realizar las pertinentes indagaciones, el juez mayor de Almodóvar del Campo llega a la conclusión que se habían hurtado del pósito más de 500 fanegas de trigo, defraudando 924 reales al común. Con este baldón sobre sus espaldas, sospechamos que la credibilidad profesional y la fama entre sus paisanos sufrirían un serie golpe. A partir de entonces, su aceña sólo molería el cereal cosechado en sus tierras o en las de sus parientes y amigos. Mal negocio para este especulador desaprensivo.

Su imbricación en la sociedad campesina les hacen compartir penalidades y alegrías, grandezas y miserias con sus paisanos. Participaron de regocijos, festejos y romerías, celebraron bodas y lloraron a sus difuntos. La decadencia o la pujanza de la localidad redundaría de una u otra forma en sus negocios, de la misma forma que observarían con preocupación el cielo en momentos de incertidumbre, al igual que pastores y labradores.

Desde su atalaya como élite local incluso se vieron envueltos en escándalos sexuales, como fue el protagonizado por Francisco de Uclés. Hijo de Juan López de Uclés, enamoradizo y rico, quien parece que, fruto de sus relaciones con una doncella de la localidad, tuvo un hijo bastardo que fue abandonado a su suerte. Sin embargo en la partida sacramental del niño el padre Alfonso de Soria consignó el 12 de mayo de 1596 el bautismo de Juan "no se sabe quien( es) fue( ron) sus padres", estando tachado "hijo de Francisco de Uclés". Igualmente significativo es la identidad de su padrino: Antón Fernández Palomo, un ricachón del lugar.

Dejemos a un lado estas consideraciones mundanas y pasemos a un dimensión más evocadora, pero casi desconocida, de nuestro pasado: la mentalidad religiosa y los sentimientos trascendentales de nuestros antepasados, en este caso, de aquellos vinculados al trabajo en los molinos. La historiografía nacional y extranjera147 ha prestado atención sobre este particular con singular acierto. No pretendemos aquí alcanzar tan altas cotas, sino profundizar un poco en esta vertiente trascendental de la historia local.

Por dar tan sólo unas pinceladas sobre la compleja religiosidad popular en nuestro entorno hemos de señalar que la fe rústica se caracterizaba por una mezcla de sentimientos heterogéneos en que había dosis diferentes de elementos tales como supersticiones, errores de dogma, devoción a los santos, fe ciega en la mediación divina para solventar problemas terrenales, fanatismo católico y piedad barroca.

Sólo de este modo puede explicarse la omnipresencia de la Iglesia y de la religión local en la vida diaria, la eclosión de cofradías las rogativas populares para tajar plagar o invocar el buen tiempo, las creencias heterodoxas, el arraigo de la flagelación pública como medio de penitencia externa o los frecuentes donativos a parroquias, ermitas u hospitales.

En un primer nivel de aproximación hemos de diferenciar entre los propietarios de paradas y los simples trabajadores en la molienda. Los primeros formaban el grupo preeminente de la comunidad y manejan los hilos de las redes de influencia local, viviendo de las rentas en el casco urbano de la villa; los segundos eran meros asalariados, criados o deudos, de los dueños, vivían en el campo y se limitan a ejercer su profesión para alimentar a su familia.

Los unos se rodeaban de la flor y nata comarcana cuando bautizan a sus hijos, casan a sus hijas o entierran a sus mayores, haciendo ostentación de su caridad para con sus paisanos. Los otros, bautizaban a sus vástagos cuando el tiempo les permite vadear los ríos, se casaban con campesinas de los alrededores y, a veces, morían en la indigencia en un cortijo o, si tienen suerte, eran atendidos hasta el fin de sus días en alguno de los dos hospitales de la villa.

Dirigentes locales, se valen de las cofradías para reafirmar su ascendiente económico y hegemonía social. Refiriéndonos a un año concreto (1577), Juan Quintanar aparece como mayordomo de la Virgen de Gracia; Juan Sánchez es el gestor de la hermandad de San Sebastián; Juan Ruiz Palomo maneja las rentas de la ermita de San Mateo; Martín Alonso controla la congregación de San Gabriel (Cabezarrubias); MiguelSánchez domina a su antojo los caudales de la pasionaria Vera Cruz, etc. Pues bien, todos eran, fueron o serían propietarios de rodeznos de cubo en el término de Puertollano.

Particularmente bien documentados están sus últimas voluntades, reflejadas en la fundación en vida de memorias pías o en sus testamentos y codicilos, cuando ven próxima su muerte. De este modo, encargan su sepelio solemne en iglesias o ermitas y su enterramiento en el suelo sacro parroquial, amortajados bien con el hábito de San Francisco bien con la túnica de la cofradía o cofradías a las que pertenecían, rodeados de clérigos o insignias cofradieras. A menudo, crean patronatos de huérfanas, aniversarios de misas o dotación de capellanías que garantizaban el oficio de un elevado número de misas por sus almas y por la salvación de sus seres queridos.

Aparentemente pudiera parecer como si, impulsados por su profunda devoción cristiana, su compasión hacia sus semejantes o espoleados por la contricción en el fin de sus regaladas vidas, quisieran devolver a la comunidad lo que de ella habían tomado. No podemos descartar que albergaran tales sentimientos, pero también es fácil percatarse que intenciones tan piadosas albergaban motivaciones menos espirituales.

En las mandas de misas subyace una general creencia en los oficios divinos como manera de redimir los pecados y acortar la estancia de los pecadores en el Purgatorio. En las fundaciones piadosas para vestir indigentes por Pascuas, dotar huérfanas o alimentar a pobres de solemnidad se introducen cláusulas que anteponen a sus propios descendientes o a los avecindados en la villa frente a terceros. Por último, en la fundación de capellanías (entrega de unas rentas perpetuas para que un presbítero oficiara misas en su memoria) era normal que se creasen en calidad de colativas (reservadas a sus familiares y descendientes que tomasen el hábito), pudiéndose apreciar en algún caso concreto los deseos de crear un mayorazgo encubierto, al sacar del mercado inmobiliario determinados bienes o rentas más o menos saneadas.

Interés, fe, afán de emulación y deseos de ser recordados por sus congéneres marcan el paso de la vida terrena a la otra vida, la eterna. Los mismos anhelos que habían jalonado la existencia transcendían a ultratumba.

4.3. AUTARQUÍA COMARCANA Y SOCIEDAD ILUSTRADA (1601-1834)

El período de tiempo que abarcan los últimos compases de las dinastías Austriaca y primeros de la Borbónica suponen para Puertollano, como para toda Europa Occidental, el tránsito entre el Antiguo Régimen y la Edad Contemporánea. Es decir, el paso de las formas de vida barroca a la liquidación de todo el entramado mental e institucional heredado en buena parte del Medievo.

Tan dilatada etapa cronológica asiste a la readecuación de los lugareños a las labores agropecuarias. La vuelta a la agricultura y a la ganadería eran tablas de salvación en momentos de crisis. Sin embargo, las transformaciones socioeconómicas no supusieron de manera automática cambios significativos en la mentalidad y las costumbres, sometidas a una dinámica evolutiva mucho más ralentizada. De hecho, en el medio rural pocos fueron los cambios obrados, muchos menos los visibles y escasos los palpables, durante estos casi dos siglos y medio.

4.3.1. LA RURALIZACION DE PUERTOLLANO EN EL SIGLO XVII (1601-1700)

El Barroco comenzó en la comarca de Puertollano con una serie de crisis de subsistencias, ciclos de plagas-malas cosechas-hambrunas, que hicieron me lla en una población en retroceso (emigración económica, expulsión de los moriscos, descenso vegetativo), a la sazón empobrecida por la caída del trato pañero rural y la sangría financiera que supuso la recuperación de la compra del privilegio de villazgo.

En este contexto crítico, las diferencias sociales se profundizaron. Los ricos se hicieron más ricos y los pobres más pobres. El concejo pierde de una vez por todas su carácter abierto para dejar paso a una plutocracia, el gobierno de una minoría de hacendados, ennoblecidos en algún caso, que imponen el sistema de mitad de oficios municipales (en virtud del cual hidalgos y pecheros tenían una representación paritaria en los oficios renovables) y copan los títulos u oficios honoríficos (regimientos, alferezazgo mayor. De hecho un puñado de familias emparentadas conseguirán controlar honores, cargos y rentas públicas, expoliarán las arcas concejiles, usurparán tierras comunes, impondrán los precios de los abastos, autorizarán los avecindamientos de forasteros y limitarán los salarios de peones o artesanos. Una muestra evidente del desgobierno municipal es que, entre 1606-11, todos los capitulares (alcaldes ordinarios y regidores perpetuos), depositarios del almacén de trigo local y mayordomos de Propios (bienes inmuebles municipales) serán sancionados por sus superiores por su gestión desarreglada, defraudar al común o manejar los caudales públicos en beneficio privado.

La ruralización del Puertollano barroco no fue fulminante, sino la culminación de un proceso progresivo, ya esbozado a fines del Quinientos. Todavía en el primer cuarto del siglo XVII, las noticias que llegan hasta nosotros son, en apariencia, contradictorias. Así, mientras que en el verano de 1616 se solicita carta general de espera para demorar por un año el pago de las deudas de los vecinos de Puertollano, aduciendo "la gran esterilidad del tiempo y falta de agua, que no se coge pan, por lo que los vecinos deben muchas sumas de la compra de bueyes, ganado de cerda, lana, cabezas de cabrío, paños y tocinos perdidos y gran cantidad por terradgos, patronazgos y capellanias, deudas a clerigos y otros"

Pocos años después el ayuntamiento otorgaba carta de vecindad al batanero y pelaire Tartán Caballero (oriundo de Ciudad Real) y examinaba de dichos oficios a Baltasar Sánchez Serrano.

Tales datos nos inducen a creer que, en el marco global de una profunda depresión económica, Puertollano mantenía todavía, aunque maltrecho, parte de su tejido protoindustrial textil. La puesta en explotación de baldíos comunales era la salida lógica a la quiebra de la recordada prosperidad pañera, sólo que esa intensificación de las labores agrícolas no redundaba tanto en el bien común como en las arcas de los poderosos.

La situación existente en el Campo de Calatrava es tal que el propio Sacro Convento intenta desprenderse de los molinos de Balbuena (Corral de Calatrava), Vicario (Ciudad Real), Parrilla (Daimiel), así como de los ingenios textiles de Elvirabraba o Batanes Nuevos (Ciudad Real) y de las aceñas de Pero Sancho (Almagro), todos emplazados en la ribera del Guadiana.

A lo largo del siglo XVII tiene lugar un triple proceso: acaparación de los principales molinos harineros por los grandes propietarios de tierras afincados en la villa, que a la sazón compraron cuantos títulos honoríficos pudieron (oficios perpetuos, cartas de hidalguías ... ) para adornar sus linajes y proteger sus riquezas; l~ paulatina salida del mercado inmobiliario de los molinos fluviales; y, por último, la marginación económica de las pequeñas paradas que permanecían en poder de modestos profesionales y eran explotadas en régimen de trabajo doméstico.

La patrimonialización de los bienes raíces garantizaba una cierta estabilidad en el presente y una mínima seguridad de futuro, lo que condujo a que inmuebles extraordinariamente apreciados, a menudo se vincularan a mayorazgos o instituciones. De este manera, no podían enajenarse por ley, permaneciendo fuera de la circulación mercantil. Fue decisivo para esto que las rentas recaudadas se pagaran en especie, escapando a inflaciones económicas, manipulaciones monetarias y mudanzas en la tendencia de los precios. Por todo ello, es difícil rastrear su presencia en cuadernos particionales y protocolos notariales de compra-venta.

La contracción de la demanda (Puertollano y sus aldeas perdieron un tercio de su población)159 no favorecía la fundación de nuevos rodeznos, como tampoco una oligarquización del concejo y un encastamiento social que atajaría de raíz cualquier intento de aumentar la competencia en unas cuencas fluviales por otra parte saturada de molinos. Sin embargo, esto no quiere decir que faltasen visionarios que intentasen levantar ingenios hidráulicos en parajes tan variopintos como las lagunas comarcanas16º o la mismísima Fuente Agria. Veamos este último caso. Al escribir acerca del emblemático manantial ferruginoso puertollanero, el doctor Limón nos informa, en su conocida obra Espejo Cristalino de las Aguas de España, que "vino un estrangero, y considerando el ímpetu con que el agua brotava, afirmo que avía suficiente cantidad de agua de pie en aquel sitio para molinos y batanes, y que él la sacaria, pusose por obra, y no se pudo conseguir por causa de aver en el suelo un risco muy duro y tan grande que no fueron poderoso para romperle".

A los ojos de sus coetáneos, la idea no era tan descabellada como cabría pensarse. En Almagro, un tal Francisco Martín Menchero elevó a la Corte la propuesta de edificar un batán junto a su casa de la calle Granada, concretamente en un solar suyo sito en el ejido de la Magdalena, también extramuros del casco urbano.

Por lo que atañe a la vida material en los molinos poco había cambiado. Tal vez el fenómeno más evidente es la mala fama de que se hacen acreedores los operarios de estos complejos fluviales. Una fama ganada a pulso, si consideramos casos como el acontecido en la villa hacia 1693, cuando una conocida mujer de vida licenciosa y desterrada de media provincia, apodada "la Melona", conduce a una muchacha de la localidad a las aceñas del Guadiana para que perdiera su virginidad entre los desalmados molineros.

Aparte de dramas como éste, más productos de la miseria y de la marginalidad que de las malas entrañas de unos desaprensivos, era evidente que el oficio de molinero estaba desprestigiado. ¿Las razones? La primera y principal era que, en una coyuntura de pauperización general, la picaresca afloraba a la menor ocasión y el contacto continuo con clientes rústicos que poco sabían de cuentas pero sí de pesos y medidas suscitaban pendencias por cualquier minucia. La segunda, que los habitantes habituales del despoblado poco a poco comienzan a ser considerados por los habitantes de ciudades y grandes poblachones como personas que no guardaban rey ni ley, elementos ajenos a la "civilización" urbana. La tercera, que pese a los esfuerzos para revitalizar los oficios manuales, todo aquel que trabajaba en profesiones tales como la molinería eran tratados como inferiores por aquellos que eran hidalgos, por quienes se creían superiores en razón de su sangre o bolsa y por aquellos que intentaban demostrar su posición privilegiada al resto sus paisanos.

4.3.2. LA REVITALIZACIÓN DE LA VIDA LOCAL (1701-1734)

Debemos esperar a las primeras décadas del siglo XVIII para volver a toparnos con información seriada fidedigna relativa al estado de la molienda en Puertollano. Así, la Visita General de la Orden en 1719 pone de manifiesto la siguiente estructura de propiedad de las paradas de rodezno.

En el curso del Ojailén estaban en explotación los ingenios pertenecientes a Juan Rodríguez de Alcalá (entre la aldea del Villar y Arroyo de la Higuera); a Isabel Cisneros, viuda de Rafael Malagón (curso arriba del anterior); a Alfonso Delgado (aguas abajo); dos del bachiller Sebastián de Mora (en el puente del río y un poco más abajo); el de don Raimundo Delgado (molino de San Muñoz); y el de su pariente don Pedro Delgado (comúnmente llamado de la Raya). En el río Montoro sólo quedaban dos edificios fluviales. Uno pertenecía a don Blas de Quesada Terán (en la encomienda de Clavería) y otro al mestanceño don Diego de Torres (emplazado en Las Tiñosas). Además, un tenue rayo de esperanza se apuntaba en el horizonte con la construcción en el cauce del Tablillas de dos molinos nuevos, levantados por fr. Cristóbal Solís pero luego donados a la poderosa Hermandad de las Ánimas del Purgatorio.

Es decir, el proceso de "selección natural" había dejado en pie 6 rodeznos en el Ojailén y 2 en el Montoro, alzándose 2 nuevas edificaciones en el Tablillas. No quedaba ni rastro de los antiguos batanes del Montoro. Comparando este panorama con la situación existente en 1652, no era sólo que el resto de los ingenios estaban arruinados, sino que de la mayoría se desconocían sus dueños y hasta el lugar de su primitiva ubicación. Constatamos que los apellidos Delgado, Mora, Malagón y Terán forman parte del estamento dirigente, abundando el apelativo de "don" que antes apenas hacía acto de presencia entre estos propietarios rurales. El único forastero con inmuebles fluviales de los contornos era un acaudalado mestanceño con intereses en las inmediaciones del Valle de Alcudia.

El pertenecer a la élite rural no les eximía, ni mucho menos, de hacer gala de una conducta libertina. Así, según los informes que llegaban al Arzobispado de Toledo, hacia 1723, tanto de don Raimundo como de don Sebastián Delgado denuncian que ambos estaban amancebados con mujeres casadas, escandalizando al pueblo y dando mal ejemplo a sus paisanos.

La novedad más sobresaliente es el desmedido protagonismo del estamento clerical en la estructura de propietarios de rodeznos (40%). En efecto, 2 molinos pertenecían a un clérigo, el bachiller Sebastián de Mora, y otros tantos habían sido fundados por un religioso regular (fr. Cristóbal de Solís), aunque cedidos a una cofradía piadosa consagrada a financiar los sufragios por las almas de los difuntos lugareños.

La presencia de aforados eclesiásticos entre los dueños de tales ingenios nos hace recapacitar sobre su personalidad y la de la familia que los sustentaba, así como sus verdaderas intenciones económicas o espirituales. Sebastián de Mora era el vástago menor de una familia local con ramificaciones eclesiásticas, pero cuya predisposición a la vida mundana nos hace dudar seriamente de su auténtica vocación. Por ejemplo, su pariente, el licenciado Diego de Mora contaba 50 años de edad y 20 sacerdocio cuando un Visitador Pastoral, en 1707, le califica como "de muí corta inteligencia y por lo remoto que estaba de las zeremonias de la misa y no pronunciar lo suspendí todo el tiempo que duro la visita y deje ... al licenciado Juan Liman para que le intruiese y me diese cuenta lo qua! ejecuto por el mes de junio diciendome todavía no lo hallaba capaz de poderle dar licencia para que zelebrase" .

En 1723 todavía se denuncia la excesiva familiaridad del maduro presbítero con el, mal llamado, sexo débil. Pero volvamos a Sebastián de Mora. Formado en la escuela de primeras letras de la localidad, a la sazón a cargo de su tío José de Mora, logró el grado de bachiller en la cercana Universidad dominica de Almagro y se dispuso a disfrutar de una capellanía colativa familiar. Medianamente formado en materia religiosa y algo más versado en escritura, lectura y aritmética básica, ofrecía a su parentela su educación esmerada, una experiencia en la administración de bienes domésticos y el paraguas protector de un fuero que le hacía depender únicamente de los condescendientes tribunales clericales.

De la vida y andanzas de este aventajado capellán ¿qué decir? En 1716 administraba algunas de las fundaciones pías más envidiadas, como eran las vinculadas por María del Castillo (colativa o de sangre, con cargo de rezar 82 misas al año y con una dotación de 500 ducados); la creada por el doctor Fernando Muñoz (adjudicativa, para decir 3 misas semanales y con 100 ducados de renta); la dotada por Benito Sánchez (no colativa, encargada de rezar la misa del alba todos los jueves del año y con un censo a su favor de 4.688 maravedís de capital) y la instituida por don Matías Ladrón (adjuticativa, preveía oficiar 100 misas anuales, siendo sufragada con el producto de 56 fanegas de secano diseminadas en 18 parcelas) . Sin pasar las penalidades de sus convecinos campesinos, este avispado siervo de Dios vivía con desahogo de las rentas vinculadas, granjeándose una suculenta hacienda, y de actuar como intermediario de sus paisanos entre el Cielo y la Tierra.

Por lo que atañe a la cofradía de las Ánimas, seguramente es la hermandad con mayor solera de Puertollano, o por lo menos de la que conocemos su existencia desde más antiguo, siendo citada ya a fines del siglo XV. A la altura del siglo XVIII seguía costeando la mayoría de las misas rezadas en la villa por todos los vecinos difuntos. Entre sus administradores o patrones nos hallamos a personajes de la importancia de José de Mora (1702). No sólo absorbía las limosnas y mandas piadosas de casi toda la población, sino que, además de los molinos dejados por el fraile, disponía de los beneficios derivados por la explotación del Mesón de las Animas, sito en la plaza mayor.

Aunque la situación del campesino lugareño fue de una relativa prosperidad a lo largo de toda la centuria, no es menos cierto que se siguieron viviendo situaciones difíciles, sucediéndose los manejos arbitrarios de caudales públicos,, llegándose a producir tumultos de subsistencias tan graves como los acaecidos en 1734, sin faltar las usurpaciones de tierras y las ocupaciones de baldíos.

En esta línea, el retroceso del bosque mediterráneo, la roturación salvaje de pastos y dehesas, junto al palpable esquilme del arbolado por la presión demográfica y el "hambre de tierras" imperante conduce a la masa campesina a situaciones límite, acelerándose el proceso de integración del medio natural.

Hacia 1743, el Clavero de Calatrava tiene que recordar a los puertollaneros la letra y el espíritu de las Ordenanzas de Montes locales, en donde se establecía: "Que para maderas de casa y molinos y arados y edificaciones necesarias para los vecinos de la ... villa, los ... vecinos puedan cortar en el terminas de los ... rios Guadahenez (Tablillas) y Montara, en lo que parte del Rosalexo que esta en el dicho limite, sin pena ni achaque alguno y sin guardar orden alguna de la Carta Real que trata de los Montes ... en montes bravos y espesos ... y Juera del límite que ba dicho no se pueda cortar sino fuere conforme a la Carta Real y en otras partes de los terminas no se corten las enzinas".

Por entonces, el administrador de la encomienda de la Clavería decide plantar cara a los excesos acumulados durante años, impidiendo el tránsito por sus posesiones a los vecinos de Puertollano y los moradores de sus aldeas que cortaban leña para confeccionar aperos o simplemente se dirigían a sus tierras, casas de labor o molinos. Motejado por muchos como "persona soberbia", parece que ordenaba a sus guardas de campo quebrantar los sacrosantos derechos de paso e incumplir las servidumbres adquiridas desde antaño por los lugareños.

En pleno siglo XVIII, se ponen en cuestión algunas rentas feudales de la zona, como eran los diezmos sobre las moliendas de los rodeznos del Ojailén que correspondían al comendador de Puertollano. Aun más problemático era su cobro de los emplazados en el Valle de Alcudia. Así Blas de Quesada se negó a satisfacer al arrendador de la dignidad calatrava el porcentaje sobre la maquila devengado por su explotación en el Montoro, obligando al Consejo de Ordenes tomó cartas en el asunto.

Precisamente por entonces, mediado el siglo de las Luces, el Catastro del marqués de la Ensenada nos ofrece una imagen fidedigna de la molienda de nuestro término. Sorprende la falta de referencias a los rodeznos del Tablillas, edificados apenas 50 antes, si bien poco después aparecen un tal Mateo Ramón, vecino de Brazatortas, y el almodoveño Manuel Aragón como dueños de sendos ingenios en su curso. En 1755, la hinojoseña Catalina Villar legó en su testamento a su cónyuge la mitad de un molino harinero emplazado en el Montoro.

Asimismo es evidente que la propietarios de los edificios fluviales lugareños continúan perteneciendo a la flor y nata de la alta sociedad local y que ya no hay forasteros entre este privilegiado colectivo. Por comparar con pueblos de nuestro entorno, en Almodóvar del Campo, la inmensa mayoría de los ingenios hidráulicos de su término se hallaban por entonces en manos de potentados andaluces, jiennenses o cordobeses en su mayoría.

Frente a esta concentración de la propiedad inmobiliaria molinera, las propiedades vinculadas a la encomienda puertollanense sufrían tal grado de atomización y relajación en el cobro de sus rentas que, hacia 1778, su gestor informa a la Corte en los siguientes términos: "se advierte haverse dividido en tan pequeñas porciones y en tan crezido numero de poseedores que se padeze una ignorancia muy perjudicial de las lindes y sitios de las tierras y de quienes sean los que las poseen, resultando de aquí la perdida de los tributos y pensiones debidos" .

En este sentido, a tenor de la información recabada por el Arzobispo de Toledo en el último cuarto del siglo XVIII, el número de molinos harineros decrecía sin parar, pues expresamente se consignaba que "tiene dicho Ojailén quatro molinos corrientes tales que en sus temporadas de imbierno y por lo comun hasta el mes de mayo, surten al pueblo de arinas y aun otros de la comarca".

Asimismo, nos llama poderosamente la atención la cosecha de cereales testimoniada por esas fechas, casi 80.000 fanegas de trigo en el quinquenio 1779-84, cuando en 1575 se declaraba 30.000 fanegas de pan de media anual (seguramente estimada a la baja, por tratarse esta última de una fuente de intención fiscal).

Envidiados por la mayoría de sus paisanos y en el punto de mira de las críticas del vecindario, seguramente estos ricos propietarios contemplaron la vida desde su atalaya privilegiada con otra óptica diferente a la de la inmensa mayoría de campesinos, sin apenas tierras en propiedad, que habían de arrendar tierras ajenas o bien ofrecerse como peones a los caciques locales, dedicándose a ocupaciones artesanas marginales y a una ganadería de subsistencia para poder sobrevivir.

De las maquinaciones y calaña de algunos de los molineros contratados para atender sus negocios fluviales es buena muestra el proceso incoado a Esteban Hidalgo y Antonio Ávila, puertollanenses establecidos en la parada de los Rodeznos, entre 1787-97 fueron acusados de hurtar parte del grano que les era confiado por sus clientes .Clientes que, por otra parte, no escapaban a picarescas tales como mojar los costales para aumentar el peso del cereal o mezclar granos de calidad dispar para escamotear un puñado más de harina cuando se confundían los sacos de varios labradores.

En todo caso, tampoco hay que magnificar sus comportamientos licenciosos, pues es cierto que sólo ha trascendido la información referida a sus despropósitos o pequeños timos y apenas se guarda recuerdo alguno de los honrados trabajadores que faenaron en las riberas de nuestros cursos fluviales, que sin duda fueron la inmensa mayoría.